La hija única (Anagrama, 2020), la novela más reciente de la autora mexicana, presenta una serie de transgresiones a la norma de la maternidad y explora el grado de hostilidad frente a un hijo o frente a la maternidad misma, a la inseguridad y a los miedos que provoca convertirse en madre.

“Me interesaba hablar de la sensación de aislamiento en la maternidad, sobre todo en esta época. Es trágico, una de las grandes cosas que hemos perdido es la red de solidaridad, de apoyo comunitario. Debemos desacralizar ideas sobre la familia, reconfigurarlas”, opina Nettel en entrevista para Puntos y Comas.

Por América Gutiérrez

Ciudad de México, 12 de diciembre (SinEmbargo).- A distancia, entre enlaces por plataformas virtuales, llamadas telefónicas y de poner en duda nuestra salud mental después de muchos meses de aislamiento, comenzó una conversación en la que Guadalupe Nettel aclara que “si habla de cosas extrañas”, los lectores piensen que tal vez se debe a esto, o tal vez no.

Todos traemos la piel delgada, fluctuamos entre la ansiedad y el desasosiego. Escuela, trabajo en casa; definitivamente no es fácil lidiar con esta abrupta transformación que sufrió nuestra cotidianidad. En ese sentido, la escritura de Nettel es íntima y dirigida a todo tipo de lectores que quieran descubrir su narrativa.

En La hija única (Anagrama, 2020), la novela más reciente de la autora mexicana, hay transgresiones a la norma de la maternidad. Para Puntos y Comas, Nettel compartió más detalles sobre este libro que explora el grado de hostilidad frente a un hijo o frente a la maternidad misma, a la inseguridad y a los miedos que provoca convertirse en madre.

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—Mientras algunos desdeñan la reelaboración del material personal en su narrativa, para esta historia tú lo has convertido en una fortaleza. Cuéntanos de esa posición particular desde la que escribes

—Cuando tenía veintiún años entendí de qué era lo que yo quería escribir. Que ya es una enorme ventaja para un escritor. Si no tienes más o menos claros cuáles son tus intereses, puedes pasar mucho tiempo buscando. Lo que siempre me ha interesado contar es eso de lo que normalmente la gente no quiere hablar. Lo que quisieran esconder a ojos de los demás. Lo que más nos avergüenza, lo que más nos parece intolerable.

Cada una de mis novelas y libros de cuentos hablan un poco de eso, de las supuestas taras que tenemos, nuestros rasgos “anormales”; esta idea de normalidad-anormalidad. Me encanta la figura del monstruo, por ejemplo, entendido como una persona que se sale de todas las normas y las convenciones y que por su sola presencia y con toda fragilidad además las cuestiona. Entonces, mal que bien creo que sí he ido construyendo una pequeña familia de monstruos a lo largo de mi literatura, por más que haga literatura realista últimamente.

La hija única mapea los espacios domésticos, protagonistas durante esta emergencia sanitaria. La importancia del espacio donde vives, los diferentes tipos de hogar, su oposición al espacio exterior, a la ciudad… ¿qué buscabas con este planteamiento de los espacios vitales?

—Esta es una novela muy intimista que habla de personas que viven prácticamente encerradas, así como estamos ahora nosotros. Una de las mujeres, porque está estudiando y haciendo una tesis y entonces no tiene ni siquiera que ir a la universidad, solamente escribir y estudiar en su casa, a veces en la biblioteca. Otra, porque tiene muchísimo miedo de salir, es viuda, tiene un hijo, y tiene miedo de todo lo que pueda pasar en la calle. Sabe que hay mucha violencia y se siente muy vulnerable estando sola con ese niño… Y la tercera porque está embarazada, sobre todo en esa parte no tanto, pero después, cuando pasa lo del parto, se recoge mucho en su casa.

—La maternidad se puede tornar tremendamente oscura en situaciones límite como las que planteas. Construyes un alto grado de identificación con las que tenemos hijos, que por momentos llegamos a pensar que no somos buenas madres. Escribes cosas que todas hemos sentido pero que no decimos. ¿Era tu plan original esta inclusión de maternidades tan diversas?

—Al principio yo solo quería escribir la historia de Alina, Aurelio, el embarazo, el duelo anticipado y todo eso. Era lo que yo tenía en mente. Conforme fue avanzando la escritura, primero decidí que iba a meter otras historias porque la historia principal era demasiado fuerte o triste. Para que pasaran otras cosas en paralelo, creé los personajes de Doris y Nicolás. Después, poco a poco, fueron entrando otras historias, como la de Daniela y su hija Karina, o como las palomas que aparecen en el libro. A veces pasa que mientras una está escribiendo va incorporando cosas que ve todos los días. Por lo menos esto pasó en esta novela, y al final sí siento que es una especie de conjunto de personajes que están viviendo situaciones semejantes.

Hay muchos colectivos: el colectivo de las madres, el colectivo de las mujeres en México que se organizan políticamente, el colectivo de las amigas. Eso fue ocurriendo, no lo tenía planeado al inicio. Creo que tiene que ver mucho que ver con el momento histórico que estamos pasando en el país, sobre todo estos dos últimos años, durante los cuales escribí la novela. Tienen que ver con las marchas feministas, con estas asambleas que han encontrado un apogeo con toda esta discusión que tenemos en la calle, en las redes sociales, con las amigas, que de alguna manera permeó en la novela y me da mucho gusto que haya pasado esto.

—La relación entre madre e hija es parte fundamental de los temas que atraviesan tu prosa. Laura, la narradora de La hija única, experimenta el cambio en su madre, una mujer perteneciente a otra generación, que logra construir una identidad femenina y feminista distinta ¿Cómo delineaste la ruta de estos personajes?

—Me interesaba mucho hablar de la relación madre-hija porque no es unilateral. No solamente las madres respecto a los hijos, sino que siempre va en muchas direcciones. Cómo somos con nuestros hijos tiene que ver con la manera en que fueron nuestros padres con nosotros, o con nosotras. A mí siempre me ha intrigado la relación madre-hija. Y es verdad que hay una especie de actitud a la defensiva porque somos muy intrusivas unas con otras, madres con hijas e hijas con madres, y existe una especie de juicio permanente de una a otra. Me parecía que era necesario ponerlo.

El hecho de que este personaje haya finalmente abrazado la causa de las mujeres me parecía también una manera de decir que no forzosamente tiene que ver con el ímpetu y el brío de la juventud. Cuando una va a esas marchas, te das cuenta de que confluyen todas las edades. Hay mujeres que van en sillas de ruedas, madres que tienen hasta ochenta años. Yo creo que si mi abuela viviera, estaría yendo. No hay una edad para volverse feminista, y me gustaba que tarde o temprano, no importa cuándo, le “cayera ese veinte” a la mamá de Laura.

—Las palomas, el parasitismo del que nos hablas a lo largo de la novela, ¿crees que podría ser una alternativa? Planteas la crianza en comunidad como una opción en estos tiempos, pero de una forma menos cruel como se da en la naturaleza…

—Bueno, a mí me gusta mucho observar la naturaleza porque siento que es un espejo enorme y todo un curso de diversidad. Cuando creemos que las cosas deben ser así porque así han sido siempre y porque la naturaleza lo manda, te asomas justamente a las diferentes especies que hay y te das cuenta de que todo es natural, que nada es contranatura. Hay miles de casos distintos, desde especies que crían en manada, especies que ponen a los huevos y luego se largan y no vuelven a saber de ellos, especies donde el macho es el que gesta o donde un animal puede cambiar de sexo varias veces durante su vida… incluso hasta eso que consideramos como lo más aberrante: la transexualidad.

Lo de las palomas entró por casualidad porque mientras yo escribía, en mi casa se instaló una pareja de palomas, puso un nido y se puso a criar ahí a sus huevos. Un día, uno de esos huevos apareció destruido. Pensé: esto es demasiado parecido, algo tiene que ver. A lo mejor soy de esas personas que están viendo siempre vínculos extraños entre las cosas, como si me hablara el mundo. Sentí que era necesario incluirlo y que podía formar perfectamente parte de la trama, o de las tramas. Después esta idea, cuando empezaba a mirar paralelamente lo del huevo, las palomas, y Laura, que está ocupándose de un hijo ajeno, pensé: ¿qué especies cuidan a hijos ajenos? Eso debe de existir…

Luego me enteré de lo del cucú, donde la hembra va y pone el huevo en nidos de especies extrañas; los cucús ni siquiera tienen nido, ponen el huevo para que otros los críen. Sí tienen la necesidad biológica, digamos, de reproducirse, pero no de cuidar ni de empollar. No pueden, a lo mejor es una incapacidad natural. Pero al mismo tiempo hay algo extraño ahí, porque a veces tiran los otros huevos, los que ya estaban, para que los pájaros se encarguen de su huevo. Eso ya es querer cuidar de alguna manera, aunque sea en mínima dosis, hay una preocupación por tu propio huevo. Todo eso me parecía fascinante y lo quise incorporar pues me parecía que venía muy bien, muy al caso con la historia de Laura y Nicolás, y Laura y Doris.

—El tarot, los signos del zodiaco, aparecen como una especie de oráculos para darnos más información. Estos símbolos para vislumbrar el futuro o entender las personalidades vuelven flexible la novela, ¿en qué momento decidiste incorporar lo místico?

—A mí el tarot me interesa, me gusta, no lo leo, pero a veces, de vez en cuando, sí voy a que me lo lean o algo así, sobre todo si sé de alguien que lo lee bien. Y tienen un significado estas cartas, un significado que tienen que ver con procesos muy profundos dentro de la psique humana, y con momentos vitales que tarde o temprano reproducimos. El tarot ha inspirado a muchos escritores; ahora pienso en Ítalo Calvino, en su novela El castillo de los destinos cruzados, que fue escrito a partir de una lectura de tarot. Las lecturas del tarot son como el inicio de una novela o el inicio de una historia. Tiene que ver, hay personajes, hay conflictos, hay retos, hay desenlaces posibles.

La historia de Alina me reenviaba al tipo de situaciones de las que hablan estas figuras. Y a otras cosas, como la impermanencia de la que hablan todo el tiempo los budistas; esto de lo que hemos hablado tanto durante la pandemia, que es la idea de que todo cambia constantemente, que nada sigue un curso predestinado. No lo podemos siquiera investigar o conocer y la mejor actitud que podemos tener es pensar que nuestra vida es efímera, que todos los fenómenos son efímeros, y así habitar la incertidumbre. Cuando escribí La hija única no tenía ni idea de que íbamos a estar en una pandemia. Yo creo que cuanto más estamos acostumbrados a nuestra fugacidad, más apreciamos la vida y más podemos encontrar un ancla en el momento presente y no estar pensando en lo que podría haber pasado, en lo que debía haber pasado, en lo que ya pasó y en lo que viene.

—Esta novela no es solo sobre el embarazo o la crianza, abordas nuevas masculinidades. Hay numerosos trayectos emocionales, éticos y hasta políticos. El concepto de familia es muy importante también…

—Quería que la narradora, Laura, que no soporta a los niños, estuviera observando como en un laboratorio la dinámica interna de una familia donde a veces se mezclan la violencia con un amor enorme, con una impotencia enorme, pero con una resiliencia gigante. Todas estas cosas pasan muchas veces dentro de la familia.

Me interesaba hablar de la sensación de aislamiento que podemos tener las madres, sobre todo en esta época, en el siglo XXI, porque es trágico. A mí me parece que una de las grandes cosas que hemos perdido es esta red de solidaridad o de apoyo que había en las familias extendidas, en los clanes, en las tribus, durante mucho tiempo, milenios, si contamos desde la prehistoria pues no sé ni cuántos son. Cada vez se ha ido volviendo más nuclear, más nuclear, hasta que a veces sólo es una madre con un hijo y es una carga y una responsabilidad enorme.

A propósito de esto, hay un refrán anglosajón que dice: “se necesita a todo un pueblo para criar a un niño”. Es verdad. Antes era la familia biológica, los abuelos. Pero ya no tienen el mismo papel que tenían antes porque ya no viven en la misma casa, ya no están ayudando a las tareas domésticas como en el pasado. Es como una olla exprés en la que estamos metidos. Sí quería hablar de esto porque es algo que me indigna y me parece que urge cambiar. Tenemos que reconfigurar las familias, desacralizar la familia biológica; hace falta inventar nuevas configuraciones que pueden ser de cualquier tipo, el que te convenga más a ti, el que me convenga más a mí, pero incorporarlas dentro de nuestra idea de naturalidad, sin prejuicio, sin juicio. Abrazarlas dentro de lo posible como ocurre en la naturaleza. No juzgamos a los otros animales, ¿por qué nos juzgamos tanto nosotros como especie?

—Tus personajes van a terapia o recomiendan siempre a alguien que los atienda. Cuéntanos si esto es un recurso, si tiene que ver con la verosimilitud, con lo genuino. Es una ficción, pero tienes personajes muy claros. Háblanos de estas terapias, de lo que sienten los personajes.

—Creo que muchas veces cuando estamos en momentos fronterizos como ahora, en que la salud mental y la demencia son tan poco distinguibles, que estamos en una zona realmente nebulosa y no sabemos bien dónde nos movemos, viene bien que un profesional nos ayude a encontrar un suelo, un ancla, un equilibrio. Es algo que yo vi natural desde chica porque mi padre estudió psicoanálisis, y ejerció en algún momento; después dejó de hacerlo, pero tenía amigos psicoanalistas y yo he ido a terapia algunas veces.

Es algo que vale la pena, lo considero tan natural que lo incorporo. En este caso, uno de los personajes principales, Alina, está inspirada en una historia real; cuento muchas cosas de esa historia real, y entre esos elementos reales estaba su terapeuta. Pero no solo hay una terapeuta, también hay médicos, muchos médicos, y cada uno aporta una visión diferente y algunos traen sobrecogimiento y no saben ni cómo lidiar con los pacientes y la psique tan frágil que tienen enfrente y a la que le están diciendo noticias terribles. Hay otros que son mucho más humanos. Me interesaba también esta figura del médico, del profesional de la salud.

—¿Podrías compartirnos tus principales influencias literarias en este momento? ¿Qué leíste durante tu escritura de La hija única?

—Leí tantas cosas que ya ni me acuerdo. Fueron dos años. Para empezar leo muchos artículos para la revista de la Universidad de México que hacemos. Leí a Vivian Gornick con Apegos feroces; Distancia de rescate, de Samanta Schweblin. Siempre leo a Enrique Vila-Matas, Juan Pablo Villalobos, Alejandro Zambra, Andrea Bajani, a una escritora italiana que se llama Chiara Valerio. Mircea Cărtărescu, que fue un gran descubrimiento también, sale un poquito en mi novela; tiene un cameo, como dicen los españoles.

Leí a muchas mujeres durante estos últimos dos años. Creo que no soy la única, mucha gente ha estado en eso. ¡Y qué bueno! Me parece genial.


América Gutiérrez es Coordinadora de contenidos de Librerías El Sótano. Ha trabajado para Discovery Channel LANat GeoA&E, IMER y Penguin Random House. Siempre se pregunta: ¿en qué se parece un cuervo a su escritorio? Actualmente estudia las leyes que rigen las excepciones.