Aceptar el Estado de Derecho implica entender que más allá de mis intereses individuales es más importante lo que permite que todos podamos vivir. Foto: Oscar de la Borbolla

A Rossana Escalante

Hace muchísimos años, cuando cursaba la preparatoria, leí con enorme entusiasmo un libro de Herbert Spencer, “El individuo contra el Estado”, la tesis central me dio de vueltas por la cabeza durante muchos años: las leyes se inventan para ir en contra de la libertad individual, cada ley estrecha un poco más la libertad del individuo haciendo de él un ser sometido. Y en esa ruta de pensamiento llegó a mis manos otro libro: El único y su propiedad de Max Stiner que acentuaba la misma visión, solo que el enemigo ya no era el Estado, sino los demás, la sociedad y, finalmente, encontré en la pieza teatral A puerta cerrada de Jean Paul Sartre la misma versión; pero con la ventaja de estar sintetizada en una sola y lapidaria frase: “El infierno son los otros”.

Han pasado muchos años y muchas otras lecturas e infinidad de tardes de meditación y hoy —sin dejar de reconocer lo atinado que en muchos aspectos resultan esas ideas— revaloro con mejores ojos lo que se denomina Estado de Derecho: la necesidad (para la vida propiamente humana) de que todos, sin excepción, vivamos bajo el imperio de la Ley. El que exista un marco de reglas que, por supuesto, puedan ser corregidas de acuerdo con los grandes pilares del derecho: la equidad y la justicia, es lo que garantiza la posibilidad de que no nos devoremos los unos a los otros.

Vivir en sociedad es un problema, y vivir fuera de la sociedad es prácticamente una imposibilidad; es un problema porque los intereses individuales están enfrentados, son los intereses de las partes y, como se comprenderá muy fácilmente, cada parte busca su beneficio. De ahí que la única manera de conciliar los intereses individuales sea reglamentándolos, es decir, creando un Estado de Derecho. Pero esto genera otro problema: la necesidad de que alguien garantice que ese Estado de Derecho se respete, ese alguien es el grupo de individuos que tienen el Poder y el poder es en sí mismo un problema, pues en la llanura social se destaca un grupo de individuos que tienen el poder de gobernar a los demás individuos: el individuo y el gobernante no son iguales. Esta desigualdad, que en la práctica es la que permite lo que se llama abuso de poder, se ha intentado contrarrestar mediante un ingenioso mecanismo que en el fondo consiste en dividir el poder, para que él mismo tenga sus contrapesos. No es gratuito que existan tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial); es precisamente para ponerle límites legales al abuso del poder. Y no sólo eso, hacen falta también mecanismos para que el individuo se ponga a salvo del poder y de ahí un ejemplo es el famoso Amparo y, de manera muy destacada, aspectos de la vida individual que no puedan ser suspendidos, salvo en situaciones extremas, lo que antes se llamaban las Garantías Individuales: todos esos derechos inalienables que están entre los primeros artículos de la Constitución: el derecho a la libertad de expresión, el derecho de culto, el derecho a la libre asociación, etc.

Vivir fuera de la sociedad es imposible: nuestra vulnerabilidad incurable, el hecho de que nuestros deseos y necesidades impliquen a los demás y hasta la indispensable división del trabajo hacen que no podamos (desafortunadamente) vivir sin los otros, que no podamos ser más que en la convivencia. Podemos pasarnos una semana en el desierto, pero no podríamos seguir viviendo indefinidamente aislados o, al menos, no sería una vida ni larga ni humana.

De ahí la importancia del Estado de Derecho, ese que Sócrates defiende en el diálogo “El Critón” de Platón, pese a que por esas mismas leyes lo han condenado a muerte. Porque no se trata de estar a favor de la ley sólo cuando nos conviene, sino de reconocer que si es justa y equitativa debemos aceptarla aunque en lo personal pueda perjudicarnos. Aceptar el Estado de Derecho implica entender que más allá de mis intereses individuales es más importante lo que permite que todos podamos vivir. Pues así como en un juego hay reglas sin las cuales no se puede jugar: imaginemos a un futbolista que toma el balón con las manos y sale corriendo con él para anotar un gol y luego cada jugador hace lo que quiere será muy sencillo comprender que no habría juego. Exactamente igual pasa con la ley si no se respeta, pues las leyes son las que posibilitan el juego de la vida. En Mexico desafortunadamente hay muchos que no lo entienden.

Twitter: @oscardelaborbol