Los restaurantes, no solo en México, sino en todos los países, han demostrado ser una importantísima fuente de contagio Foto: Graciela López, Cuartoscuro.

Días muy trágicos en la Cuidad de México, ni duda cabe. Sin metro, con los hospitales rebasados, la mortalidad en ascenso, los restauranteros desobedeciendo las normas que la autoridad ha determinado para la ciudad, dispuestos a arriesgar la vida de miles de personas, anteponiendo sus intereses gremiales al bienestar general. Sí, es un tiempo muy duro, para todos. Los cierres han asfixiado a los negocios que se han visto obligados a cerrar, la gente se ha quedado sin empleo. Sin ayuda gubernamental, van llegando a la extinción. Naturalmente, y es comprensible, nadie quiere perder su sustento ni ver morir su empresa. Pero eso, por más brutal que sea, no justifica la decisión, del todo irresponsable, de perjudicar a todos los demás, al contribuir activamente a que la misma catástrofe de la que son víctimas, se vuelva aún más terrible y aumente con ello la pérdida de miles de vidas.

Los restaurantes, no solo en México, sino en todos los países, han demostrado ser una importantísima fuente de contagio por una razón muy simple: el coronavirus se propaga por el aire que respiramos. En los restaurantes, la gente no usa cubrebocas porque está comiendo y hablando. No importa si sitúan las mesas con dos metros de distancia: el virus al ser expelido por una persona contagiada, es capaz de viajar a mucha más distancia, donde más personas pueden inhalarlo y contagiarse, en varias mesas lejanas. Si además hay una pobre ventilación o aire acondicionado y se le suma el factor de tiempo de permanencia, se puede comprender la razón por la cual los restaurantes son los espacios ideales para propiciar la expansión de la epidemia. Es una mentira piadosa que el riesgo pueda evitarse con un menor aforo y medidas de higiene. La verdad, terrible sí, es que mientras haya personas respirando el mismo aire sin cubrebocas, en espacios cerrados, el riesgo es inevitable.

En ciudades donde, además, la circulación del virus es muy alta, como la Ciudad de México, es prácticamente suicida permitir que abran. Ya no se diga, ahora mismo, estas semanas, cuando además de la situación crítica en la que estamos, con el sistema de salud ya rebasado, las nuevas variantes del coronavirus, mucho más contagiosas, comienzan su propagación.

Es, indudablemente, el peor momento, en el peor escenario.

Y es que aunque pudiera parecerse, este escenario no es el del año pasado: enfrentamos un peligro mayor, no solo los mexicanos. Las nuevas variantes del virus podrían colapsar los sistemas de salud muy rápidamente y causar una desgracia inédita, mucho más costosa en vidas y sufrimiento, a la que ya padecemos.
Pero no solo eso, según los expertos, en la medida que el virus circule sin control, se replique más veces, mayores son las probabilidades de que surja una mutación capaz de eludir por completo a las vacunas, y a los propios anticuerpos, lo que eliminaría la inmunidad temporal que otorga la propia enfermedad. Ello sería aún más catastrófico, reconfiguraría gravemente la situación mundial. Súmele que nuestro país no tiene ningún control fronterizo, desde que comenzó la epidemia, y que muy lejos de países que se están protegiendo ahora mismo, ha decidido permitir que todas las mutaciones lleguen a nuestro país libremente, si no es que ya están todas por aquí.

Reabrir los restaurantes ahora es, pues, una locura criminal que no debería permitirse si es que las autoridades todavía tienen algo de cordura o de decencia.

Y hay que decirlo: las autoridades de la Ciudad de México y del Estado de México, están obligadas a evitar una catástrofe mucho mayor impidiendo que el virus siga propagándose, son los responsables de la salud pública y de salvaguardar la vida de las personas. No pueden ser omisos ahora, ni con los restaurantes, ni con ningún otro sector de la población que ponga en mayor riesgo a la población y al sistema público de salud.

Es necesario que ambos gobiernos gestionen recursos para evitar un mayor sufrimiento en los sectores de la economía que han sido muy golpeados. Asimismo, que el gobierno federal asuma ya la responsabilidad que no ha querido desde que comenzó la epidemia y otorgue apoyos universales para que la población pueda sobrevivir los meses que aún faltan. Porque contrario a lo que el presidente López Obrador cree, y a pesar de la vacunación en puerta, a la epidemia aún le falta mucho, si no es que lo peor, para poder considerarse, siquiera, “domada”.

Ojalá lo entendiera y evitara el enorme sufrimiento por el que la población atraviesa. Ojalá.