Hace 53 años, María Isabel Cárdenas Ruiz, alumna de primer grado de la primaria rural Cuauhtémoc, en el Saucito, San Luis Potosí, recibió el primer libro de texto gratuito.

Se lo entregó el secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, y en la portada venía impresa aquella emblemática mujer indígena, representante de la Patria. En 2009, María Isabel, acudió a Los Pinos, invitada por el presidente Felipe Calderón para conmemorar el cincuentenario de este instrumento educativo, una de las políticas públicas más antiguas y consolidadas de México.

Ella, que sólo estudió la Primaria.

No era la primera vez que visitaba el recinto presidencial. Vicente Fox también la invitó en 2004. En esa ocasión, María Isabel dijo: “No recuerdo cómo fue la entrega. No presté mucha atención, porque no sabía que iba a trascender tanto”.

-¿De qué le sirvieron sus libros?, le preguntaron. “Para salir adelante en mis estudios, en lo que yo estudié, que fue mi primaria nada más”. Luego dijo que no pudo continuar por falta de recursos y porque en esa época no se valoraba la educación de las mujeres.

 

Cincuenta años y seis millones de analfabetas

María Isabel es protagonista de la Historia de México y al tiempo, encarna el rezago educativo que admite el Instituto Nacional de Educación para los Adultos (INEA): 43.2 por ciento de la población de 15 años y más –unos 33.4 millones de mexicanos- no completó la enseñanza indispensable para alcanzar una profesión.

De los 77.2 millones en ese rango de edad, 7.6 por ciento (5.8 millones) son analfabetas; 12.9 por ciento (9.9 millones) desertaron de la primaria, y 22.7 (17.5 millones) no han concluido la secundaria. Seis de cada cien hombres no saben leer ni escribir ni hacer cuentas. El padecimiento es más agudo para las mujeres: ocho de cada cien.

Sin la educación básica –otorgada por los libros de texto gratuitos- estos mexicanos están limitados en el mercado laboral porque sus ingresos sólo pueden ser de seis y ocho pesos, el pago de una hora laborada, reconoce la propia Secretaría de Educación Pública (SEP).

En las últimas dos décadas, este grueso de mexicanos se ha incrementado al pasar de 29.7 millones a 33.4 millones, según el INEA.

El mismo instituto, en la Evaluación de Impacto del Modelo Educación para la Vida y el Trabajo, reconoce que la educación primaria fomenta la inquietud por el panorama político y permite que el individuo se pregunte cómo resolver los problemas del presente.

En 1958 –el año en que fue concebido el libro de texto gratuito- el analfabetismo en México era de 36 por ciento. Hay un descenso considerable de los que no saben leer, pero la tasa de México es una de las más altas de América Latina, de acuerdo con el informe Estado de la Población Mundial del fondo de Población de las Naciones Unidas.

Para expedir la política pública del libro de texto gratuito, el entonces presidente Adolfo López Mateos en 1958, dijo: “Poco puede hacer la escuela por los niños si sus padres no tienen recursos para comprarles los libros de texto”. Entonces nombró por segunda vez a Jaime Torres Bodet como secretario de Educación Pública. Se propuso –coinciden ensayos – cumplir una de las premisas de José Vasconcelos: hacer llegar la educación básica a todos los rincones del país.

Así, María Isabel Cárdenas Ruiz se convirtió en la primer alumna en recibir un libro. Después, muchos años después, diría en Los Pinos que la falta de recursos le impidió consolidar sus estudios.

 

Sobrevive sin evaluación nacional

El libro de texto gratuito es una de las políticas públicas más antiguas y con tendencia a prevalecer no obstante sus contenidos controvertidos, un fraude millonario en su producción en la historia reciente, millones de analfabetas en desventaja en el mercado laboral y la ausencia de una evaluación nacional que de cuenta de su efectividad.

De una sinergia empresarial del gobierno e impresores privados, surge una producción editorial dirigida a los estudiantes de primaria, secundaria, telesecundaria, el sistema Braile y la educación indígena. Por ella, la Secretaría de Educación Pública ha sido reconocida por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) como uno de los grandes vendedores de textos didácticos en el mundo.

¿Necesitamos libros de texto gratuitos después de cinco décadas? El que sean gratuitos y homogéneos refleja el cumplimiento del derecho a la educación, una garantía individual consagrada en la Constitución, pero al mismo tiempo no reconoce la diversidad del país. El libro está planeado por igual para los niños en las ciudades con poder adquisitivo alto y las regiones miserables.

Ninguno de los especialistas en Ciencias Sociales y Humanidades, reunidos en el Colegio de México la noche del 2 de febrero, en la presentación del libro “Entre paradojas: A 50 años de los libros de texto gratuitos” vislumbró su desaparición. Ahí estaban Javier Garciadiego, presidente del Colmex; Elisa Bonilla, directora de la Fundación SM; Alberto Arnaut, también del Colmex; Felipe Martínez Rizo, de la Universidad de Aguascalientes y Rebeca Barriga, coordinadora de la investigación. Todos coincidieron en que el libro gratuito es una conquista irrenunciable en la que no puede darse marcha atrás. Pero el gran faltante, señalaron, es una evaluación que de cuenta de la efectividad de los textos.

Barriga expuso que ese trabajo de análisis nació del optimismo, así como del escepticismo que produce la existencia de una institución tan consolidada. Porque los datos contrastan, en efecto. En 2009 según el reporte “Histórico de producción” de la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito (Conaliteg), se alcanzó la cifra histórica de cinco mil millones, en nueve sexenios -la mayor de América Latina según la OCDE, pero no se encuentra ningún estudio que haya dado cuenta de la efectividad de esta producción.

El observatorio Ciudadano de la Educación, un colectivo de académicos de varias instituciones y ciudadanos, expone en un documento tal carencia. “En la actualidad no hay evaluaciones nacionales sobre los cambios en la concepción pedagógica de los libros de texto gratuitos, su uso en el salón de clases a través del tiempo, ni sobre su importancia como material didáctico y sus resultados en el aprendizaje de los niños. Aunque se han realizado investigaciones sobre los libros en general y también por asignatura, que constituyen una base para conocer su importancia, se ha tratado de estudios pequeños por el universo que pudieron abarcar y por ello sólo son indicativos, pues involucran a pocas escuelas y por tanto sus conclusiones son limitadas”.

 

Sexualidad y la historia, las controversias

En septiembre de 2011 el ciclo escolar arrancó con textos erróneos, según un estudio solicitado por la SEP a la Universidad de Nueva York (UNY). De acuerdo con la institución extranjera, los libros que en estos momentos hojean los educandos merecen enmiendas. Algunas partes tienen faltas de ortografía y los de matemáticas “reflejan un retraso en comparación con el estándar internacional”.

Con estos libros, de acuerdo con la UNY, los alumnos mexicanos están expuestos a una variedad de temas “no prioritarios” en relación con alumnos de países latinoamericanos, con los que se mide nuestro país.

Así, los libros gratuitos de México cumplen 53 años. Sus contenidos y errores tipográficos siempre los han envuelto en controversia. Jamás, en su historia, han logrado satisfacción en todos los sectores. Desde su inicio, fueron debatidas su gratuidad y uniformidad en los contenidos. La Unión Nacional de Padres de Familia ha estado en el centro de todas las discusiones, de todos los debates, de todas las críticas. Se opuso a la política educativa derivada del Plan de Once Años, un programa de Jaime Torres Bodet a través del cual se diagnosticó la problemática de la educación básica y se elaboró un proyecto de mejora. Fue lanzado el 30 de diciembre de 1958 con una comisión mixta. Pretendía la equidad en la educación de los mexicanos. En teoría, nunca más habría analfabetas o rezagados. En los 70, el proyecto de los libros estuvo a punto de explotar. Luis Echeverría Álvarez lanzó una reforma educativa. El rechazo se dirigió al libro de Ciencias Naturales por su contenido de educación sexual. Y al de Ciencias Sociales por considerarlo de orientación pro socialista. Durante los sexenios de Ernesto Zedillo y Vicente Fox, el libro de Ciencias Naturales para quinto año de primaria otra vez fue criticado por el contenido sobre la reproducción humana. La Iglesia Católica no avaló que se incluyeran métodos anticonceptivos.

Hace tres años, justo en el cincuentenario, el libro de texto gratuito quedó envuelto en otra polémica. Bajo la titularidad de Josefina Vázquez Mota y elaborados a partir de la Reforma Integral a la Educación Básica (RIEB), la SEP distribuyó libros en los que ya no aparecía la conquista de México en el XVI ni los 300 años de colonialismo. Los libros de Matemáticas entraron por una fase aún más complicada. Las universidades y la Academia Mexicana de Ciencias protestaron porque encontraron fallas en sus páginas.

En abril de 2009, Josefina Vázquez Mota, renunció a la SEP porque aceptó una candidatura a una diputación federal por la vía plurinominal del Partido Acción Nacional en las elecciones federales del 5 de julio. A la dependencia llegó Alonso Lujambio y tomó decisiones. Retiró los libros de Matemáticas para sexto de primaria y proporcionó “cuadernos de trabajo” temporales mientras se resolvían las fallas.

De los de Historia, de los que se había borrado la conquista, dijo: “Se trata de un ajuste… sería un despropósito mutilar la historia y dejarle de decir a nuestras niñas y a nuestros niños aspectos absolutamente centrales de nuestra historia, que además definen en gran medida nuestra propia identidad cultural como mexicanos”. Y añadió: “Ningún libro de texto está escrito con sangre, ni está escrito por Dios. Somos los hombres los que discutimos el modo en que nos vamos a educar; y esto, todo el tiempo está sujeto a deliberación y crítica”.

Para el curso que se inició en septiembre pasado, los textos no incluyeron a la Conquista ni la Colonia.

 

Tras un retraso, se alcanza la cifra histórica de producción

Si bien la producción de libros de texto gratuitos alcanzó en el sexenio calderonista el acumulado histórico de cinco mil millones, al inicio de la administración vivió uno de sus retrasos más importantes. En 2006 la producción se redujo en 25 por ciento, y para mayo de 2008 había un letargo de 75 por ciento.

De acuerdo con el reporte “Histórico de Producción” de la Conaliteg, la producción fue recortada. Los libros de texto para preescolar, primaria y secundaria pasó de 502 millones 540 mil 941 a sólo 379 millones 340 mil 571 libros, un 25 por ciento menos de lo que se produjo en el último año de la administración de Vicente Fox.

En los primeros cinco meses de 2008, la Conaliteg informó que sólo se habían producido en sus talleres 25por ciento (96 millones 287 mil 232) de los textos que se hicieron para que los niños de nivel preescolar, primaria y secundaria pudieran asistir a clases. A algunos estudiantes no les llegaron los libros a tiempo.

En 2009 y a través de la RIEB, la producción de libros se disparó. Ascendió a 180 millones 633 mil 975 ejemplares de los cuales sólo 32 millones 634 mil 810 fueron hechos en la planta del organismo (18 por ciento) y 147 millones 999 mil 165 por impresores privados (88 por ciento). Se había fortalecido la producción y para el cincuentenario, Calderón se presentó en Los Pinos con la cifra histórica de cinco mil millones.

La Conaliteg está obligada a producir sólo el 14 por ciento del monto total. El resto es subrogado a impresores privados. Así ha ocurrido desde 1998, por una determinación del entonces presidente Ernesto Zedillo al inaugurar la planta de Querétaro de la Conaliteg. En 1982, el 80 por ciento de la edición le correspondía al organismo y el entonces mandatario admitió que había saturación en la tarea de esta casa impresora del Estado. Hasta ahora, la Conaliteg se convirtió en gestor tanto de la edición como de la distribución. En 2009, realizó apenas 3.7 por ciento del reparto. Los otros libros los llevaron empresas privadas.

Con todo, en el calderonismo se han producido poco más de 600 millones de libros, una cifra similar a la de los gobiernos priistas de Carlos Salinas (casi 610 millones) y Miguel de la Madrid Hurtado (537 millones 400 mil). El primer gobierno de la alternancia, el de Vicente Fox, produjo poco más de mil 104 millones, el doble de lo que arroja hasta ahora el gobierno de Felipe Calderón.


En 2002, en una denuncia ante la Procuraduría General de la República, la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos (Conaliteg) documentó que las empresas Magnograf, Encuadernaciones de Oriente e Impresoras Nacionales de Armando Prida Huerta, así como las impresoras Ultra y Multicolor cobraron sobreprecios en la Conaliteg, en contubernio con funcionarios en las gestiones de Antonio Meza Estrada y Humberto Blanco.

La primer noticia de este fraude fue dada el 9 de agosto de 2002, por un funcionario del organismo. Reveló que Prida Huerta eludió la inhabilitación de su empresa Encuadernaciones de Oriente a través de la  “renta” en 500 mil pesos a una empresa a nombre de sus hijos. A pesar de la inhabilitación, las empresas de Prida Huerta mantuvieron contratos de la Conaliteg, con lo que se violó el artículo 50 fracción VI de la Ley de Adquisiciones. El caso está documentado en más de 200 hojas tamaño oficio y cerca de 11 cajas de archivo presentadas ante la PGR.

En noviembre de 2006 el apoderado legal de la Comisión indicó que el daño patrimonial al Estado había sido de mil 300 millones de pesos.