Un niño realiza las tareas de sus clases a distancia por la pandemia.

“Un periodo de clases a distancia y poca convivencia”. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro

“Cada tanto acudo a mi infancia”, dice el protagonista de mi más reciente novela, que aún no se publica. Lo dice como el pretexto que necesita para permitirse el lujo de habitar la memoria. Sabe, como todos nosotros, que es un espacio alterado por nuestras percepciones de entonces, por la distorsión que ha mediado a lo largo de estos años, por limitaciones y conveniencias. Aún así, acudimos al pasado como quienes vamos a un puerto seguro.

Viví en una colonia cerrada durante mi infancia, en lo que entonces era la suburbia de la ciudad. Recuerdo el parque lleno de niños practicando diversos deportes o platicando en medio de juegos varios. Recuerdo esa felicidad consistente en sólo correr o la que se provocaba por ser el autor del último gol, el receptor del pase decisivo, quien golpeó la pelota con la fuerza suficiente para correr de base en base. No importaba que no hubiera guantes que resistieran el cañonazo o que el béisbol se jugara con una pelota de tenis. Recuerdo, años después, a un corro de adolescentes tomando refrescos en bolsa, con popote, después de haber vencido al equipo de la colonia de al lado. Recuerdo, sin duda, a varios niños que buscaban alterar el reglamento para que operara a su favor, ya fuera el que insistía que el alto de la portería tenía la altura reglamentaria (aunque sólo la delimitaran dos piedras), ya el que buscaba obtener más canicas de premio. Recuerdo el sonido seco de la cabeza que se estrelló contra la banqueta del vecino alto y fuerte al que jalaron hacia atrás para taclearlo y recuerdo el alivio de reencontrarlo días más tarde, con la cabeza vendada y el buen humor de siempre.

Crecimos más y llegaron los primeros coches. Con ellos quienes necesitaban instalar bocinas más poderosas y se volvieron expertos en autoestéreos. Al mismo tiempo, los juegos fueron desapareciendo de a poco. Se salía al parque para platicar. Las carcajadas cambiaron de tono, también los temas. La infancia había terminado.

He vuelto a esta misma colonia, a habitar una casa a algunas cuadras de distancia de la primera. Durante algunos años, he descubierto que no soy el único reincidente o, más aún, que varios nunca salieron de aquí y ahora ocupan las casas de sus padres. Reencontrarlos, significó, actualizar sus vidas. Imposible no ver en el corredor inmobiliario al que le pegaba pésimo al balón o en el cirujano a aquel niño con una capacidad increíble para embocar una canica en el hoyo hecho sobre la tierra. Si fuera rencoroso, hasta podría reavivar afrentas caducas.

Salgo al mismo parque de mi infancia, con mis hijos. La pandemia y el confinamiento nos obligan a jugar sólo en familia. De cualquier modo hay menos niños que antaño, la colonia ha envejecido. A lo lejos, un par de hermanos se mandan pases. Imposible jugar un partido. No se junta el quórum necesario y la convivencia está vedada.

Ignoro si dentro de algunas décadas mis hijos volverán a la casa familiar, a recorrer las mismas calles intentando reconstruir algo de su infancia. De hacerlo, me queda claro que habrá huecos, este largo periodo, para no ir más lejos, que ya pronto alcanzará su primer año. Un periodo de clases a distancia y poca convivencia. A ver cómo le hacen para actualizar sus referentes cuando éstos se hallan confinados en su propio mundo, a tan pocos metros de distancia. Ojalá el de ellos, no sea un recuerdo de las ausencias, la memoria de la memoria, maltratada más por la realidad que por el tiempo.