El 20 de enero pasado, cuando The Wall Street Journal dio a conocer que el Presidente Enrique Peña Nieto era dueño de una mansión que antes había pertenecido a Roberto San Román Dunne, el PAN abrió apenas la boca; apretando los dientes, pidió un fiscal anticorrupción y dijo que era necesario porque bla, bla, y enseguida cerró la puerta del changarro y puso un letrero de salimos a comer.

El PRI manifestó que “hay grupos interesados en desgastar la figura presidencial”, como era previsible. Y el PRD, casi en simultáneo, pidió que se investigaran las revelaciones sobre la propiedad de Ixtapan de la Sal pero no por la posibilidad de corrupción –San Román es un empresario ampliamente beneficiado con contratos, decía el diario–, sino “porque es importante que se aclare y que se investigue de dónde salen tantas filtraciones de manera recurrente”.

“Eso tiene que ser un foco rojo para el gobierno, para identificar quién está en esa ruta [de ‘soltar filtraciones de manera recurrente’]”, dijo Silvano Aureoles.

En pocas palabras: que el gobierno federal, el aludido por The Wall Street Journal por posible corrupción, debería investigar a los “grupos interesados en desgastar la figura presidencial”.

Lo mismo que el PRI, pues.

Los que votan por el PRD deben estar en un dilema, pensé: ¿Para qué votar por su partido, si tienen al PRI? Dicho de otra manera: es tal la cercanía del PRD al PRI que ya resulta de perdedores votar por esa fuerza de izquierda.

Mejor irse al PRI y listo.

Por lo menos no se quedarán con la sensación de haberle apostado a la copia pirata.

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El resultado del papelón de los partidos opositores mayoritarios es que los ciudadanos nos hemos quedado, como pocas veces en la historia reciente, sin una opción. Lo he dicho antes. También he dicho que por eso, por culpa de esta oposición infumable, el llamado a no votar ha tomado tal fuerza.

Con tantos escándalos de posible corrupción, el silencio de los supuestos opositores hace pensar (o confirmar) que todos son cómplices y se protegen. Que arriba hay, enquistada, una nata de vivales. Esa es la sensación. ¿Y cómo creer en el sistema democrático mexicano si no existe una diferencia entre las fuerzas políticas?

Cuando veo los spots del PAN denunciando corrupción del PRI, pienso, ¿de verdad creen que podrán revertir la idea de sí mismos que, con hechos, han sembrado entre los mexicanos? ¿De verdad lo cree Gustavo Madero?

Entiendo lo importante de ir a las urnas; sé perfectamente que no hacerlo alimenta el acarreo y la compra de votos y, por lo tanto, deja la decisión a los más electores más arrastrados.

Comprendo que no votar le da un valor aún mayor a todos los vicios del sistema pero, ¿por quién votar?

Este verano aplicaré la vieja y desgastante táctica de votar por el menos peor. No me emociona, pero así lo haré para ayudar (con un voto) a repartir el poder en más manos. Insisto: no me gusta ir a las urnas sólo porque debo ir; me siento como cuando le das mordiditas a una manzana podrida, orando para que no te encuentres con el gusano. Pero, ¿qué más hago? ¿Qué más hacemos?

Si México fuera una tienda, diría: cerrémosla y ya. Pinches administradores que tenemos nos han llevado a la ruina y el saqueo es cada vez más descarado. Cerrémosla.

Pero México no es una tienda y no podemos cerrarla y ya. Estamos obligados a encontrar, entre los pasillos y la comida chatarra (porque ya ni manzanas podridas quedan), a alguien que atienda la caja, a otro que barra a diario, a uno más que acomode el almacén y al que surta los anaqueles. No podemos cerrar México y decir: bueno, abrimos cuando haya condiciones.

Eso es lo que me llevará a votar. Eso es lo que me llevará, con ánimos de derrota, a las urnas: que no podemos cerrar México; que no nos podemos rendir porque, de todas maneras, aunque sean cinco los que voten, esos cinco nombrarán al nuevo administrador y a otro para el almacén y la caja. Y el saqueo seguirá.

Arrastrando los pies, dejo claro, iré a votar. No se por quién, pero iré a votar.

Los ladrones en la caja y en el almacén apuestan a que no vaya a las urnas para seguir saqueando el changarro. Mejor voto para llevarles la contra a esos que, por miles, sí votarán porque votando, se reparten entre ellos el changarro.

Aunque no quede claro por quién, votaré. No veo de otra, la verdad. No encuentro otra forma de generar un cambio.

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(Otra vez “por el menos peor”. Puf. He votado por tanto peor-es-nada que con ellos podría llenar el Estadio Azteca. Carretadas y carretadas de peor-es-nada, año con año. Carretadas de desilusión. Carajo).