Bachelet a pesar de la investidura que ha portado desde que era Secretaria de Salud en el primer Gobierno del socialista Ricardo Lagos sigue siendo una más de esas víctimas. Foto: Mario Jasso, Cuartoscuro.

Hay momentos en la vida en que los malos recuerdos asaltan en el momento más inesperado. Brotan desde lo más hondo de las vísceras. Nos recuerdan que estamos hechos de heridas que dejaron cicatrices indelebles y que aun con el paso del tiempo supuran dolor. No cura el haber pasado por múltiples sesiones en el diván del psicoanálisis y tampoco basta la reflexión profunda que ha llevado al perdón sea a otra persona o un sistema político que te ha arrancado un trozo de vida. 

Es el caso de quienes han vivido la persecución, la prisión, la tortura, el exilio, pero también de quienes hoy en día desaparecen violentamente sin más cuándo salían del trabajo, de la escuela o al salir del antro donde esa persona fue a encontrarse con los amigos. Cada una de estas experiencias dolorosas deja su propia huella en la piel como un tatuaje indeleble que todavía duele cuándo lo vemos, lo tocamos, lo sentimos.  

Acaba de sucederle a Michelle Bachelet, la ex Presidenta de la República de Chile y hoy Alta Comisionada para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, quien vino a México en visita oficial para encontrarse con el Presidente Andrés Manuel López Obrador y los familiares de desaparecidos. 

Bachelet es una persona informada en este tipo de dramas humanos que llega alcanzar una relativa inmunidad a ese dolor venida de la ausencia forzada, sin embargo, en está ocasión esa mujer tranquila de trato suave, amable, relajada, de sonrisa dulce, dejó las formalidades de los protocolos diplomáticos y hablo fuerte sobre lo que se había encontrado en esta visita largamente esperada por las familias de las víctimas que buscan justicia y qué de distintas maneras han expresado un ubicuo ¡Nunca más!, quizá solo por eso vale la asesoría y vigilancia que dará el Alto Comisionado a la operación de la Guardia Nacional.  

En su discurso de despedida dijo conmovida que al reunirse con los familiares de desaparecidos se encontró con los mismos “gritos, las mismas peticiones de verdad y justicia, las mismas canciones” que se dan todavía en Chile por las víctimas de la dictadura de Augusto Pinochet. 

Es tan honda la herida que aun cuando está próximo a cumplirse 46 años del golpe de estado que acabó con la vida del Presidente Salvador Allende y el Gobierno de la Unidad Popular, y muchos de los culpables purgan condenas, viven protegidos en Estados Unidos o murieron en medio del repudio colectivo, esta no cierra. Sigue sangrando y los deudos exigiendo justicia cómo un acto de resistencia y de apoyo para la consolidación de las instituciones de la democracia chilena. 

Bachelet a pesar de la investidura que ha portado desde que era Secretaria de Salud en el primer Gobierno del socialista Ricardo Lagos sigue siendo una más de esas víctimas. No puede olvidar que cuando se da el golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973 su padre Alberto Bachelet, un general de la Brigada de la Fuerza Aérea chilena y miembro del gobierno de la Unidad Popular, fue detenido y estuvo preso hasta su muerte en la Academia de Guerra Aérea. 

En ese lugar murió de un infarto al miocardio luego de una sesión de tortura en manos de sus antiguos compañeros y alumnos. Ahí escribió una carta a su hijo Alberto que estaba exiliado en Australia y de la cual extraemos un fragmento:

Querido Alberto:

“Me quebraron por dentro, en un momento, me anduvieron reventando moralmente -nunca supe a nadie- siempre he pensado que el ser humano es lo más maravillo de esta creación y debe ser respetado como tal, pero me encontré con camaradas de la FACH -Fuerzas Armadas Chilenas-a los que he conocido por 20 años, alumnos míos, que me trataron como un delincuente, como un perro”.

En tanto esto sucedía Michelle y su madre Ángela Jeria tuvieron que abandonar su casa y pasar a la clandestinidad hasta cuando fueron detenidas en 1975 y llevadas detenidas a Villa Grimaldi, uno de los principales centros de detención instalado en las faldas de la cordillera de los Andes. En ese lugar fueron encerradas y torturadas hasta salir el largo camino del exilio que cientos de miles de chilenos tuvieron que hacer para salvar sus vidas, muchos de ellos terminaron en México donde rehicieron sus vidas. 

O sea, ella como las familias mexicanas, con las que se encontró en su paso por México, saben del dolor de tener un familiar preso, amenazado o desaparecido. Y seguramente más, cuándo se sabe que las cifras son altas, se sabe de decenas de miles de víctimas muchas de ellas están brotando de las fosas clandestinas gracias al empeño rastreador de sus propias familias. 

Para tener una idea de la dimensión de nuestro drama humanitario basta saber que en Argentina durante toda la época de la llamada “guerra sucia” (1976-1983), es decir, de “un régimen de violencia indiscriminada, persecuciones, represión ilegal, tortura sistematizada, desaparición forzada de personas, manipulación de información y terrorismo de Estado”, hubo alrededor de más de 30 mil detenidos desaparecidos mientras en México se habló esta semana de la existencia de 40 mil desaparecidos bajo gobiernos constitucionales. 

Bachelet dijo ante la audiencia que la despedía: “Para mí es toda una sorpresa que me he encontrado…el número de 40 mil desaparecidos no era algo que tuviera así de claro, o los 26 mil cuerpos sin identificar, o las nueve mujeres asesinadas cada día, yo sabía de la violencia, eso lo sabía muy bien, pero no tenía impresión de la dimensión de estos casos de violaciones de derechos humanos”. 

Y terminó reconociendo que “fue emocionalmente muy fuerte. Fue escuchar un dolor que no era desconocido para mí. Era como volver a una parte de mi historia…”. Seguramente cuando daba su discurso vino a la mente la muerte en prisión de su padre, la clandestinidad que vivió con su madre, su vida en las mazmorras de Villa Grimaldi y el exilio. El doloroso desarraigo de lo querido.

En fin, su propia historia de vida.