“Lo más probable es que nunca pueda la humanidad saber qué hay del otro lado”. Foto: Cuartoscuro

Entiendo poco de astronomía y de astrofísica. Aunque la ciencia siempre me ha resultado cautivadora, reconozco mi propias limitaciones cuando se trata de comprender el universo.

No sólo por su grandeza, que bien podría entrar en el plano de lo filosófico, sino porque las matemáticas que se necesitan para comprenderlo son mucho más complejas de lo que puedo acceder. Es preciso decir que soy ingeniero, que mi relación con los números y las fórmulas es amistosa y que hubo un momento en mi vida en que consideré dedicarme a la ciencia. Si no lo hice, lo supe entonces, es porque me faltaba la disciplina y sospechaba que mis capacidades pronto se convertirían en frustración. Además, la literatura se atravesó en mi camino. Pese a ello, nunca he dejado atrás mi fascinación por la ciencia. Una fascinación que se traduce en lecturas cotidianas al respecto.

Hace unos días se publicó una fotografía de un hoyo negro. Recuerdo a un profesor de la prepa que nos aseguró que eso sería imposible tal hazaña pues, si conseguíamos estar lo suficientemente cerca para observar el fenómeno, sería irremediable que nos absorbiera por su poder gravitatorio. Supongo que ahora, como muchos más, está fascinado por lo que ha conseguido hacer la ciencia.

No hablamos sólo de ese anillo de plasma incandescente que bien podría ser otra cosa. Hablamos de que, en efecto, es una fotografía de un agujero negro o, mejor, de lo que lo rodea. No intento explicarme el complejo proceso tecnológico mediante el cual obtuvieron la imagen. Prefiero ocupar mis reflexiones en el objeto en sí mismo. Un agujero negro es uno de los mayores misterios del cosmos. Hay quien lo ha descrito como un portal que conecta con otros universos; como una fuerza inaudita que arrastra todo lo que lo rodea hasta que termina colapsando; como la posibilidad de entender el origen de todo. Da igual, la belleza de su misterio se acerca a la de las mejores producciones artísticas. Lo insondable puede más que lo majestuoso y eso es mucho decir.

Imagino toda la literatura de ciencia ficción sumándose a esta nueva posibilidad. Es cierto, lo más probable es que nunca pueda la humanidad saber qué hay del otro lado (si es qué hay otro lado y no es un mero torbellino que termina colapsando): son muchos los problemas que resolver para conseguir enviar algo a esa distancia, más aún para volver. Así que la duda persistirá pero quién sabe: a mí, incapaz de entender el todo o de aproximarme siquiera a su comprensión, me convence la idea de que, del otro lado, cuando se consigue atravesar ese anillo luminoso, bien pueden estar todas las respuestas. Sé que es sólo ficción pero me refugio en ella pues es la forma por la que he optado para entender lo que se me escapa. Mientras tanto, me dejaré cautivar ya no por la imagen sino por su significado y por el simbolismo con que he decidido cargarlo.

Mi gratitud está pues, con el equipo de científicos que consiguieron la hazaña: me han regalado una nueva forma de la belleza y eso siempre, siempre, es motivo de gratitud.