Recuerde ése momento en el cual, absorto en los complejos de la vida cotidiana –puede ser a medianoche en su departamento mientras oye roncar al vecino o mientras extravía sus pasos en el ancho mundo de las tribulaciones surrealistas del metro de la Ciudad de México-, usted tiene un impulso incontenible e inexplicable por crear. Crear algo distinto. Un objeto, música, algo. Nos sucede todo el tiempo, ¿o no?… Es como una presión en la boca del estómago, una cosquilla extraña parecida al enamoramiento…

Ciudad de México, 13 de mayo (SinEmbargo).- Me refiero al ansia de probar algo diferente en su guitarra que no sea una canción conocida, por ejemplo o el impulso de escribir un pensamiento en su libreta sin previo análisis lógico o teórico o improvisar un dibujo en su cuaderno de estudios o el deseo impulsivo por tomar con su celular una fotografía que exprese, en su color o composición, un sentimiento que lo acosa. Piense, de igual modo, cuando en una galería de arte, una exposición de fotografía, un concierto, obra de teatro, película o danza, nota en las obras un gesto, una seña, una marca extraña o aberrante en aquello que contempla y que lo conmueve por su diferencia, por la poca relación que tiene con todo lo que usted creía conocido.

Ésa sensación tiene algo de ominosa, algo que las palabras no alcanzan a expresar. Freud la llamó oceánica, Kant sublime. Pero no es necesario intelectualizarla mucho, basta con sentir su existencia en nuestra piel. A veces ni siquiera sucede frente a una obra de arte y se presenta al observar el atardecer, el rojo del cielo que cae y tiende hacia la noche. ¿Lo ha sentido?

Las preguntas que J. F. Martel se hace en Vindicación del arte en la era del artificio (Atalanta) son preguntas que en apariencia requieren conceptos técnicos traídos de la filosofía o la historia del arte, y que acechan el borde de la imposibilidad de responderse; pareciera como si se formularan exclusivamente para especialistas y que el lector general quedaría excluido de comprender. “¿Debe hablarse de arte verdadero…?”, “¿Hay una vía del arte que corremos el peligro de perder…?” “¿Qué ganamos con reconocer la fuerza y el poder del arte y permitir que actúe sobre nosotros?” El gran triunfo del libro es que, tras leerlo, podamos conjeturar respuestas a cada una de las preguntas que formula sin necesidad de invocar la jerga académica. El libro hechiza por la precisión de su análisis y estilo de exposición. Escrito para todos, subyace de él una concepción del arte con resonancias místicas, apoyadas en una exposición rigurosa. Su base, la creación.

Recuerde el impulso del que le hablé al principio y ahora, ya identificado, piense seriamente en los caminos que podrían abrirse cuando usted crea algo diferente o queda fascinado por una película, un libro, una canción, etc. En nuestra sociedad es normal desechar dicho impulso por su nula función. La mayoría de las personas diríamos: No, esto que yo estoy haciendo, mi dibujo, canción o danza es una pérdida de tiempo, no tiene valor. Martel nos pide serenidad. Sus más poderosas páginas velan junto a nosotros y dicen no, ése impulso creativo tan maravilloso no puede querer decir nada. Hace que algo se mueva, hace emerger la profundidad que nos rodea: el mundo verdadero. ¿Pero cómo? ¿Dice en serio que es a través del arte que se revela el mundo verdadero? Martel es empírico. Aquello ante lo que nos coloca el arte, dice, aquello verdadero frente a lo que nos hace abrir los ojos, es lo Imaginal.

Las preguntas que J. F. Martel se hace en Vindicación del Arte en la Era del Artificio son preguntas que en apariencia requieren conceptos técnicos traídos de la filosofía o la historia del arte. Foto: Especial

PERO, ¿QUÉ ES LO IMAGINAL?

De un lado, yacen los signos. Del otro, los símbolos. El mundo es una compleja red semiótica expresa en nuestra vida consciente. La mesa es un signo. Gracias a ellos podemos comunicarnos. Al decir la palabra mesa, remito a una mesa, sin ir más allá. Al tiempo que la refiero, damos por hecho aquello para lo que sirve. En cambio, el símbolo pone en operación una serie de relaciones asombrosas. Por usar un ejemplo del libro, “la luna como símbolo puede ser un correlato de la feminidad (mediante su conexión con el ciclo menstrual), de la plata (por su luminiscencia), de la transformación y el cambio (por sus fases), de la oscuridad (por las horas en las que es visible), de los sueños (por su conexión con el sueño fisiológico), del océano (por su influjo sobre las mareas) …”

En ésa grieta abierta en nuestra vida diaria al irrumpir el impulso por crear del que le hablé, cuando en su guitarra, en su cuaderno, o mientras lee, está en el museo o galería, y siente la imperante fuerza de la diferencia, de hacer algo distinto o de haber visto algo aberrante, se abre ahí la puerta a lo imaginal, a ése mundo transhumano al cual todos pertenecemos. Porque el signo, donde se desenvuelve la conciencia y lo útil, queda suspendido, y nuestra experiencia se libera gracias al poder del simbolismo hacia ése mundo más allá de nosotros que todos compartimos. Gracias a ésa fuerza del arte que nos desplaza de los signos hacia los símbolos, el artista puede ser un profeta. Con cierto grado de inconsciencia, aquello que creamos y que observamos en una obra y que nos deja sin aliento, nos hace intuir, sin poderlo referir con las palabras, todo un universo de relaciones simbólicas. Por tanto, los nacientes símbolos en la obra de arte no nos quieren comunicar nada, sino que las artes son expresión. Su única función es ser percibidas. Como lo dice el autor: “…el arte es por esencia emancipador, siendo en sí mismo una afirmación o signo de libertad”.

Vindicación del arte en la era del artificio es un libro que además de abrirnos una luz en el horizonte de lo incomprensible del mundo del arte, nos sumerge en las aguas de una prosa y conjunto de ideas sólidas y brillantemente organizadas.

J.F. Martel es un cineasta y pensador del arte de Canadá. Foto: Twitter

Jean-François Martel (Ottawa, Canadá) es un escritor y galardonado cineasta que trabaja en la industria canadiense de cine y televisión.