Nosotros, los nerviosos, no anhelemos ese nebuloso regreso a la nueva normalidad, de la que hemos estado proscritos desde siempre. Las situaciones a las que uno se exponía antes han quedado anuladas, de ahí que el encierro tenga un cierto encanto, una voluptuosidad reservada para las personas proclives al ensimismamiento, cuyo nerviosismo, en apariencia inofensivo, rasguña por dentro, como un animal enjaulado.

Ciudad de México, 13 de junio (SinEmbargo).- No fui un niño raro ni hiperactivo. Tampoco tuve manías ni maltrataba animales: me angustiaba esa afición de otros niños por quemar hormigas colocando el cristal de una lupa bajo los rayos del sol. Pero eso sí: pensaba mucho. A los 10 años me devanaba tanto los sesos que me provoqué un episodio de ansiedad: tenía miedo de dormir y no despertar jamás.

Ese temor venía acompañado de otro más profundo: el miedo a crecer, a convertirme en un adulto sin recuerdos de mi infancia, que llegaría un día a ocupar mi cuerpo de forma violenta, usurpándome. Ese yo del futuro (ese yo de ahora) se me figuraba, entonces, como un impostor. Tenía –quizá– una conciencia prematura de la pérdida. O era sólo una manifestación del miedo a la muerte.

Henning Mankell, el escritor sueco creador del detective Wallander, en su libro de memorias Arenas movedizas, cuenta cómo vivió ese momento en el que la consciencia del ser llega como un relámpago que nos atraviesa: una noche de invierno de 1957, cuenta Mankell, le ocurrió algo que cambió su vida para siempre. Camino a la escuela, en su pueblo natal de Sveg, se detuvo frente a la casa de cultura. Meses atrás un chico de su misma edad se ahogó en el lago al abrirse en el hielo un agujero inesperado. Nunca encontraron el cuerpo. Y, entonces, a la edad de 9 años, tuvo una epifanía: «De repente me sobreviene una certeza inesperada. Como una descarga eléctrica. Las palabras se organizan solas en mi cabeza. ‘Yo soy yo y ningún otro. Yo soy yo’».

Yo nunca tuve esa revelación. Con el paso de los días, de las semanas, de los meses, ese miedo a crecer me abandonó, como la niebla espesa que se disipa poco a poco y despeja una carretera. Pero ese trauma dejó una secuela en mi vida: me volví un hombre nervioso.

***

Y no me refiero a ese tipo de nervios que se manifiestan en ademanes bruscos, sino otro tipo de nerviosismo, en apariencia inofensivo, pero que rasguña por dentro, como un animal enjaulado, enloquecido. A los treinta y tantos, esa “condición” derivó en problemas de salud: padezco principios de hipertensión y hace poco tuve un episodio de insuficiencia renal. Pertenezco, a mi edad, a ese deshonroso grupo de riesgo frente a la Covid–19. Y no a causa del exceso de carbohidratos ni de comida chatarra, sino como consecuencia de esa cadena que se inició con ese episodio de ansiedad que tuve a los 10 años. Mi cardióloga, hace unos meses, tras una revisión exhaustiva, me ahorró años de terapia psicológica con una explicación tan breve como un tuit: “Algunas personas nerviosas pueden desarrollar episodios de hipertensión debido a que liberan adrenalina cada vez que algo los pone en tensión”.

En esencia, una persona normal se pone en tensión por situaciones extraordinarias, como un sismo; los nerviosos, en cambio, algo tan simple como una llamada telefónica nos altera. Somos una contradicción: liberamos adrenalina en estado de reposo. Y tratamos de huir de ciertas situaciones, pero nos quedamos inmóviles, paralizados. A esa sensación la acompaña un síntoma: el hormigueo en las mejillas, que sube por nuestro cuerpo como una bilis negra.

Eso ocurre cuando enfrentamos diversas situaciones: encontrarse con una persona conocida en la calle, a quien no vemos desde hace años; hacer fila en el banco, o angustiarse por no saber cómo saludar a una persona: ese titubeo entre dar la mano, abrazar, dar un beso o preguntarse si basta con un ligero movimiento de cabeza (algo de lo que, aparentemente, nos liberaremos en la “nueva normalidad”). Los nerviosos somos, en esencia, personas sin habilidades sociales, pero con la increíble capacidad de camuflarnos entre los “normales”: somos actores de método que interpretamos el personaje que nos exige cada situación.

«Todos somos criaturas anhelantes, y anhelamos no sólo hacia delante, también hacia atrás. Reconstruimos, por tanto, la curiosa y tambaleante arquitectura del recuerdo en estructuras más habitables», escribe Siri Hustvedt en su novela Recuerdos del futuro.

Y los nerviosos anhelamos esa frase no dicha, esas palabras que no nos atrevimos a escupirle en la cara a aquella persona que nos insultó o nos humilló o nos despreció, pues sabemos con toda certeza que esas palabras resarcirían el daño: nos purificarían.

***

El nervioso vive con la impresión, casi un ardor premonitorio, de que –en cualquier momento– algo va a estallar. El mundo exterior, por tanto, está lleno de probables calamidades: accidentes, derrumbes, atropellamientos, asaltos y un largo etcétera. Así que los nerviosos tomamos una decisión simple, como caminar o tomar un taxi, no sin antes sopesar la posibilidad de una tragedia. Los nerviosos sabemos que estamos gobernados por el azar. Y la única forma de sortearlo es confiar en nuestra intuición. Alejandro Zambra lo explica mejor, cuando describe una de las manías de Gonzalo Rojas, protagonista de su novela Poeta chileno: «Siempre imaginaba lo peor, era más o menos experto en conjeturar escenarios horribles, en parte porque sentía que al anticiparse al dolor conseguía evitarlo».

Así, las situaciones a las que uno se exponía en la “vieja normalidad” han quedado anuladas en la cuarentena. De ahí que el encierro tenga un cierto encanto, una voluptuosidad reservada para las personas proclives al ensimismamiento.

La vida, ahora, se resume a inofensivas reuniones virtuales vía Zoom, cuya única posibilidad de ridículo es aparecer en calzones o no apagar el micrófono cuando hacemos escala en el baño. Las oficinas, con sus ambientes tóxicos, con sus guerras intestinas, cruentas y voraces, permanecen cerradas hasta nuevo aviso. Mientras las personas normales se aburren del encierro, los nerviosos –en el fondo, en ese instante en el que somos brutalmente sinceros con nosotros mismos– sentimos alivio, paz, tranquilidad. Por eso, la cuarentena es el porno de los nerviosos. Y aclaro: esto no se trata del Síndrome Bartleby (aquel famoso personaje del cuento de Melville, ahora convertido en el lugar común de la pereza), pues algunos –en el encierro– trabajamos más horas de lo habitual. Es algo más simple: la reducción de las situaciones que nos agobian se han reducido al mínimo. Y sí, lo sé, no tienen que restregármelo: el encierro es un privilegio. Y aclaro: vivo en un departamento de 45 metros cuadrados, de una sola recámara, que comparto con mi esposa desde hace 4 años, así que escribo esto en mi comedor, con las nalgas achatadas en una silla incómoda, de madera dura. Y no importa: los nerviosos preferimos el dolor agudo de coxis a la vida social. El miedo también nos invade, por supuesto. No estamos exentos a los ataques de pánico de madrugada (al contrario, estamos más acostumbrados a ello que los “normales”), no obstante, en este nuestro hábitat: el encierro, pensamos menos y solemos ser más productivos. Hay días en los que leo más, escribo más y hago el amor. Y respiro, respiro tranquilo. Otros días el virus acecha, nos amenaza a mi esposa y a mí: llega por un flanco, luego por el otro, mientras tratamos de cerrarle el paso rociándole alcohol rebajado en agua. Este apocalipsis de baja intensidad que vivimos, con sus tragedias a cuestas, ha sido como una pesadilla sin climax.

***

El mundo de afuera, callado, silencioso, como el estertor de un animal mitológico, me anestesia. En la novela Matate, amor, de Ariana Harwicz, la protagonista, cuando celebran su alta del psiquiátrico, dice: «Yo seguí vendada, me decían que ya podía ver pero yo quería esa oscuridad placentera, hasta que la impaciencia ajena me desvendó». Los nerviosos nos guarecemos bajo las sombras mientras los “normales” anhelan reflectores. Luz y oscuridad.

De ahí que nosotros, los nerviosos, no anhelemos ese nebuloso regreso a la nueva normalidad, de la que hemos estado proscritos desde siempre.

P.D: Hurgo en mi pasado, como quien se adentra en un “territorio incierto, minado”, como escribe Mankell. Extraigo algunas fotografías familiares, maltrechas, desordenadas, de un fólder viejo, como si agarrara con pinzas el cadáver de una rata. Encuentro una imagen en la que poso junto a mi padre y hermanos. Es año nuevo. Acabo de cumplir 11 años. Sonrío tímidamente. Y pienso que, en efecto, algo de ese niño murió al crecer y quedó enterrado en una bruma de recuerdos vaporosos.