Cerrarnos, con tozudez, a que sólo la nuestra sea válida, es estar dispuestos a empequeñecernos en nuestra propia opinión. Foto: Cuartoscuro.

Recuerdo la primera vez que fui a un taller de escritura. Era apenas un adolescente que pensaba que no sería mala idea dedicarme a escribir. Me acompañó un amigo. Entramos a la primera sesión con muchas más dudas que certezas. Ni siquiera sabíamos cómo funcionaba. Pronto lo descubrimos. Un miembro del taller leía un cuento (a veces, el capítulo de una novela). En cuanto terminaba, el sujeto que se sentaba a su derecha (era una larga mesa rectangular) hacía comentarios sobre el texto, después el de su derecha, el siguiente y el siguiente… El director del taller hablaba al último. Pasaron algunas semanas antes de animarme a leer. No sé si era inocencia o desparpajo, el asunto es que estaba seguro de que todos se sorprenderían para bien. No fue así. El sujeto de la derecha dijo que mi cuento tenía cuatro problemas: forma, fondo, personajes y lenguaje. Acto seguido, dijo por qué. Cuando tomaron su turno el resto de los miembros del taller no fueron más blandos. El que, extrañamente, no se ensañó, fue el director del taller.

En esa época, leía su cuento quien se apuntara para hacerlo un poco antes de la sesión. El truco era llegar temprano. Eso siempre he podido hacerlo. Así que, durante varias semanas seguidas ejercité mi masoquismo. Escribía diario, corregía, lo reintentaba. Así, cada martes sufrí los embates de la crítica. Fueron duros. Muy duros. Y productivos.

He replicado en algunas ocasiones el modelo de ese primer taller. A veces tengo que acicatear a los participantes porque se limitan a decir cosas lindas de los textos. Les hago ver que eso suele ser poco útil (aunque hay casos). Encontrar las fallas de un texto le sirve a quien las busca pero, sobre todo, a quien incorpora esos señalamientos al arsenal de herramientas que tendrá para desarrollar su próximo texto. “Para aplausos están su mamá y su abuelita”, decía mi primer maestro.

Sé que hoy en día mucho se ha dicho sobre la utilidad de ese tipo de talleres y en torno a la aparente violencia que se genera dentro de ellos. Confieso que yo nunca me sentí agredido, tampoco agresor. Si uno se limita a comentar el texto, a hacer una crítica sincera, no tiene por qué haber víctimas.

De los miembros que pasamos por ese taller a lo largo de los años, hay varios que son escritores profesionales, con novelas publicadas en editoriales importantes y con alguna clase de reconocimiento tanto de la crítica como de sus lectores. ¿Habrían llegado ahí de no ser por el mecanismo del taller? Seguramente. Cuando hay talento los caminos se multiplican. Pese a ello, me queda claro que ese ejercicio de la crítica es útil en muchos sentidos. Menciono sólo dos: muchos lectores tienen muchas miradas y no se debe rechazar la experiencia ajena.

No hay forma, en verdad, de que uno mismo sea consciente de todos los detalles dentro de su obra, por muy raro que suene. Tampoco, de que conozcamos todas las formas narrativas, sus matices y sus efectos. Además, sabemos bien que la literatura se completa con el acto de lectura y el escritor suele ser un pésimo lector de su propia obra. En otras palabras, la crítica de esos talleres sirve para ver lo escrito desde otras perspectivas, iluminaciones y profundidades. Si se consigue eso, se está del otro lado.

No es que me sorprendan las malas reacciones a una crítica. Hay quien responde de forma muy agresiva frente a un comentario desfavorable. Lo entiendo pues, en muchos casos, hay quien siente violentado su ego. Ser incapaz, empero, de reconocer que el otro puede ampliar nuestro rango de visión al aportar una mirada crítica frente a lo que estamos haciendo, suena a estulticia. Asegurar que todo es una conspiración en contra obliga a no invitar de nuevo a ese participante al taller. La crítica suele ser dura, sobre todo la buena, y deja un montón de enseñanzas que no deberían descartarse. Mucho menos, si uno tiene pensado volver público su propio trabajo. No es que, necesariamente, uno esté en contra del otro; simplemente, tenemos distintas visiones del mundo. Cerrarnos, con tozudez, a que sólo la nuestra sea válida, es estar dispuestos a empequeñecernos en nuestra propia opinión.