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Lo que Marx no dijo

Retrato de Raymond por Amedeo Modigliani y la portada de "El diablo en el cuerpo".

La literatura, como cualquier disciplina artística, se vale de ciertas tramas o argumentos para llevarnos a vivir una experiencia.

COLUMNAS | 4 comentarios
REGRESAR A LA NOTA
  • Susan Crowley, el desarrollo de tu escrito es el indicado para la lectura de la gran mayoría que deseamos apoyo en los libros.
    Me gustó la forma en que nos llevaste para entender tu amor por las letras.
    Un saludo.

  • Me animé a leer tu artículo pensando en la posibilidad de que este se refiriera a Carlos Marx. Muchas gracias por la reseña de Radiguet. Entiendo que es tu chamba señalar la puntada de este güey, del Marx del momento, creo que Groucho se llama.

  • Excelente manera de aprovechar el revuelo sobre una frase no dicha para acercarse a la creación artística. La mejor de las reacciones ante la alharaca levantada.

  • Francamente qué texto tan aleccionador; escrito con valentía y honestidad intelectual. El riesgo cierto para Susan Crowley que de ese modo se expone a ser “devorada” por esa pléyade de plumas alquilonas, mendaces, mezquinas y sin aliento, agrupadas en la que es realmente una Piara de mafiosos de la mal llamada República de las Letras. Debo mencionar que a Marx Arriaga no lo conocía, hasta que la metralla de mafiosos enderezó contra él una cobarde persecución por lo que no dijo; por señalarlo como quien “despidió” a un viejillo pedorro llamado Daniel Goldin —(presumo que mitad judío y mitad ‘presupuestívoro’ favorecedor de privilegios para él y sus validos mientras se desempeñó como director de la Biblioteca José Vasconcelos, y cuya puntual [y creíble descripción] reveló el propio Marx Arriaga en la entrevista que recientemente le hicieron los admirables periodistas Álvaro Delgado y Alejandro Páez Varela)— que utilizó como pretexto el que se sueña incombustible y notoriamente pretencioso Narciso que se mira en el espejo y no se ama, Jorge F. Hernández y, por lo visto, especialista en sudar calenturas ajenas. A ese escenario antropofágico se arriesga Susan Crowley; cuenta en su defensa, con miles de voluntades, entre ellas la mía. Al reconocer su cultura, la lucidez y honestidad de sus textos, siempre será para mí un placer y un privilegio leerla; mujer inteligente y preciosa, alejada de rumores y chismes tan socorridos por esa comunidad de intelectuales públicos de porquería. Amén [FJFA]

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