La vida cotidiana en Ciudad Juárez, Foto: Nacho Ruiz, Cuartoscuro.

En 1957, cuando tenía 11 años, llegué a esta ciudad como uno de los hijos menores de mi familia; todavía recuerdo lo impresionante que fue pasar de vivir en un pueblo comercial en la zona agrícola de Chávez, Coahuila, a una gran ciudad llena de gente y sitios de convivencia. Llegamos al barrio Bellavista, a tres cuadras de la exuberante avenida Juárez que me encandiló como estoy seguro encandila Las Vegas a sus visitantes; durante la noche, la Juárez de entonces se me hacía tan iluminada como si fuera de día, con sus espectaculares de neón.

En el barrio Bellavista vivían muchos trabajadores de la Juárez y sus calles aledañas, como la Mariscal y la Santos Degollado, que representaban el centro de diversión local; también vivían algunos que laboraban en El Paso, Texas, que día a día cruzaban la frontera de ida y vuelta, y una comunidad importante de norteamericanos, muchos de ellos personas de color, que preferían vivir de este lado. Entre los colonos de mayor influencia estaban Ignacia Jasso de González y su familia, que según la leyenda eran quienes controlaban la venta local de mariguana, morfina y heroína.

Ese barrio, con algunas edificaciones en pie desde inicios del Siglo XX, fue envejeciendo y muchos de los hijos o nietos de sus generaciones fundadoras fueron involucrándose poco a poco en los negocios del narcotráfico, orillados por las condiciones socioeconómicas y familiares. Durante la guerra contra el narco, entre 2008 y 2013, la colonia Bellavista sufrió desde la invasión sistemática del Ejército a sus hogares particulares, hasta la guerra de extinción entre cárteles, lo que ocasionó que gran parte de su juventud esté ahora en panteones. Son muchas las madres y padres ancianos que aún viven allí, en el barrio, acompañados por sus nietos huérfanos de padres.

En 1958 nos trasladamos a una zona urbana y agrícola a medio kilómetro de la avenida De las Américas, la última construida en aquel entonces; allí mi padre nos consiguió una gran casa junto a un autocine y otros centros recreativos típicos de los 50 y drive-ins aún recordados por quienes tienen memoria, como El Rogelio, El Kilómetro 4, El Bronco, El Bronquito y El Carrusel, donde dicen que una vez se apareció el diablo.

Esa zona acabó por convertirse en un gran proyecto urbano cuyo objetivo era transformar el desarrollo de la ciudad; recibió el nombre de Pronaf, Programa Nacional Fronterizo, se le dedicó una enorme inversión y se construyeron extraordinarias y extravagantes edificios, como un museo que se asemeja al Sputnik 1 (el primer satélite artificial puesto en órbita por los soviéticos), un centro de arte y cultura que parece una flor de concreto, un espacio escénico al aire libre similar a los teatros de la antigua Grecia, instalaciones dedicadas a promover la venta de artesanías que llegaban por toneladas del sur del país y centro nocturnos y bares que aspiraban a competir con los de la avenida Juárez.

La casa de mi juventud terminó convertida en un gran estacionamiento para hoteles, oficinas, bares y casinos, un icónico periódico local y para el sexto hospital del IMSS, construido al comienzo de los 60. De 1959 a 1963 viví en Anáhuac, al noroeste del Estado y después volví a Juárez; la familia De la Rosa Hickerson transitó por sus barrios más tradicionales y sólo en dos de ellos permanecí por largo plazo.

En 1965 nos instalamos en la calle Bolivia, cerca de la avenida más importante de la ciudad, la 16 de Septiembre; aquel era un barrio ocupado por los hijos de quienes construyeron allí las primeras casas, en la década de los 30 y quienes ahora, ya en 1960, tenían su residencia estadounidense, que usaban como visa de trabajo para laborar en El Paso y vivir en Juárez (al menos la mayoría), y podían tener un buen nivel de vida gracias a sus ingresos en dólares y a los precios reducidos y buen tipo de cambio de entonces, de $12.50 por dólar.

Cuando me casé, yo y mi esposa nos fuimos a vivir al corazón histórico de la ciudad, La Chaveña, que colindaba con Barrio Alto, el primer barrio construido luego de la fundación de la ciudad en 1659; este barrio, donde vivían muchos de los políticos que construyeron la ciudad entre los 40 y los 70, se convirtió en un enorme centro de comercio semiformal, prácticamente el centro comercial más grande de la ciudad, que se conecta con los mercados de la Zona Centro y donde se vende y se compra todo.

Después vivimos 20 años en la zona agrícola del Valle de Juárez hasta que mi esposa remodeló una vieja casa familiar en El Barreal, cercana, nuevamente, al centro histórico de la ciudad, que habitamos desde 2010.

Pero viene lo triste, otra vez el barrio se está acabando y es más difícil su supervivencia; los vecinos más arraigados poco a poco van muriendo y sus hijos y nietos, que viven en fraccionamientos modernos, no tienen la intención de regresar a los hogares familiares. En estos últimos meses han muerto vecinos que eran verdaderos símbolos juarenses, como el doctor Roberto Vázquez Muñoz, un icono de la lucha proletaria que impulsó y apoyó activamente a los obreros juarenses desde mediados de los 60.

Doña Josefina, que se veía muy saludable, también se fue, acompañada por el hijo del doctor Rueda y hace unos días, el mismo doctor se les unió; esta semana, después de cumplir sus 96 años, don Leonardo Dávalos, un hombre duro y correoso como los mismos que construyeron estas casas, fue derrotado por la muerte. Así se van conociendo nuevos casos y las casas van quedando solas, los patriarcas van desapareciendo y el barrio se va acabando.

Aunque todavía quedamos muchos vecinos que juramos resistir y que tratamos de convencer a nuestros hijos de aceptar el compromiso de mantener vivos estos barrios, habitados alguna vez por quienes construyeron esta gran ciudad.