Los niños menores de 12 años estuvieron encerrados 19 horas, -de la una de la tarde a las 8 de la mañana del día siguiente- en una cisterna de agua de la iglesia del pueblo. Cuando comenzó la balacera recibían sus lecciones de catecismo. El trabajador del hospital y el clérigo impidieron que salieran corriendo del templo para evitar que una bala les pegara en medio del nutrido tiroteo.

Los 16 niños forman parte de los desplazados que aún se encuentran en el auditorio municipal de Chichihualco. Ahí, los padres y madres externaron que es “urgente” que las autoridades de educación y del gobierno del estado solucionen el problema de la inseguridad, porque sus hijos no reciben educación ni atención médica.

–Con información de Zacarías Cervantes y María Avilez Rodríguez

Chilpancingo, Guerrero, 13 de diciembre (ElSur/SinEmbargo).- Un trabajador del Hospital Básico Comunitario de Filo de Caballos y un sacerdote salvaron la vida a 16 niños el 11 de noviembre, cuando irrumpieron los policías comunitarios de Heliodoro Castillo en ese municipio de la sierra de Guerrero.

Los niños menores de 12 años estuvieron encerrados 19 horas, -de la una de la tarde a las 8 de la mañana del día siguiente- en una cisterna de agua de la iglesia del pueblo. Cuando comenzó la balacera recibían sus lecciones de catecismo.

El trabajador del hospital y el clérigo impidieron que salieran corriendo del templo para evitar que una bala les pegara en medio del nutrido tiroteo. Un mes después el empleado de salud recuerda que los niños, aterrorizados, gritaban: “nos van a matar, nos van a matar”.

El trabajador del hospital dijo ue los comunitarios no respetaban porque hasta las torres de la iglesia recibieron disparos, y que eso les dio más miedo. Foto: Lenin Ocampo, El Sur

Los 16 niños forman parte de los desplazados que aún se encuentran en el auditorio municipal de Chichihualco.

Los que asistieron a su doctrina para su confirmación son de 7 a 12 años, con ellos había dos religiosas, un sacerdote y el trabajador del hospital de Filo de Caballos.

El empleado cuenta que no había relatado la historia porque el sacerdote todavía estaba en Filo de Caballos y lo pondría en riesgo, pero la semana pasada supo que ya salió del pueblo.

Contó que el 11 de noviembre vivió una “tristeza muy grande” porque los niños lloraban y pedían a gritos que los sacaran de la iglesia, “nos van a matar aquí”, decían.

Explicó que entonces el sacerdote y él decidieron meterlos en una cisterna vacía que se encuentra atrás de la iglesia, “allí les salvamos la vida a esos niños”.

Dijo que los comunitarios no respetaban porque hasta las torres de la iglesia recibieron disparos, y que eso les dio más miedo.

Contó que permanecieron encerrados desde la una de la tarde que comenzó la balacera hasta las 8 de la mañana del día siguiente.

“Estaban todos entumidos, unos decían que tenían hambre pero qué les dábamos de comer, otros pedían ir al baño y se hacían ahí mismo, fue de verdad triste”.

Aseguró que en la noche casi no durmieron porque estaban todos apretados y no podía acostarse en el piso, sin cobija y con frío.

Declaró que al día siguiente cuando los sacaron, él ya no regresó a su casa, “me traje a los niños caminando por el cerro pero gracias a Dios no nos pasó nada, imagínese eran muchísimas balas las que estaban disparando, si los hubiéramos dejado salir los matan”.

Dijo que el sacerdote y las religiosas estaban muy asustados y no sabían qué hacer, “y a mí me dio una tristeza, por eso le digo al gobernador que nos ponga un poquito de atención, no le cuesta nada a él venir aquí al auditorio y que platique con nosotros y vea si es cierto o es mentira lo que estamos viviendo”.

Pidió que vaya también a Filo de Caballos para que vea como quedó el pueblo, “él conoce allá, ha subido, es nuestro amigo, lo hicimos diputado y lo subimos al puesto que ahorita tiene, y con esto nos está pagando. No es justo”.

Se quejó de la complicidad de los militares y policías con los civiles armados que los sacaron de su pueblo porque dijo que el día que entraron los militares y los policías estaban allí, junto con los comunitarios, “hasta pensamos que estaban coludidos con ellos, al militar siempre lo hemos respetado, lo hemos querido, pero así no”.

Los desplazados informaron que en el albergue de la comunidad de Filo de Caballos en secundaria hay 12 alumnos, en el jardín de niños 10, en primaria 25 y en el Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos del Estado de Guerrero (Cecyteg) 10, a donde normalmente acuden más de 300 estudiantes. Foto: Jessica Torres, El Sur

ES URGENTE ATENCIÓN MÉDICA Y MAESTROS

En el auditorio de Chichihualco los padres y madres externaron que es “urgente” que las autoridades de educación y del gobierno del estado solucionen el problema de la inseguridad, porque sus hijos no reciben educación ni atención médica.

Los desplazados informaron que en el albergue de la comunidad de Filo de Caballos en secundaria hay 12 alumnos, en el jardín de niños 10, en primaria 25 y en el Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos del Estado de Guerrero (Cecyteg) 10, a donde normalmente acuden más de 300 estudiantes.

En Campo de Aviación en el jardín niños hay 30 alumnos, en la primaria 38, de secundaria 35 y de Cecyteg 20. En total son más de 150 niños y jóvenes que no van al jardín, a la primaria, secundaria y bachillerato.

Antonia, madre de un niño y una niña que van en segundo y cuarto año en la comunidad de Campo de Aviación, recriminó que desde que llegaron al albergue sus hijos no reciben clases o algún curso de regularización, y que las autoridades encargadas de otorgárselas se han olvidado de ellos.

 

Desde que inició el ciclo escolar 2018-2019 los niños y jóvenes no han tenido clases regulares, “por las balaceras que han ocurrido en la zona”. Los maestros subían y por el problema de la inseguridad se regresaron y las aulas quedaron abandonadas.

En el auditorio, en el cual hay gradas y una cancha, los niños juegan, brincan, corren y gritan, mientras que Antonia continúa: “la suspensión de clases afecta a los niños, sólo estamos pensando cómo van a recuperar el tiempo perdido”.

Pidió a las autoridades que ayuden a los niños que están en el refugio dándoles clases por lo menos tres veces por semana, para que su aprendizaje no se vea afectado.

“Ya que estamos aquí que las autoridades de educación nos manden aunque sea dos maestros para el bien de la educación de los niños y de los jóvenes”, solicitó Antonia.

Un día para los desplazados, contó, es levantarse, les dan de almorzar, lavan sus platos y vasos, juegan con sus hijos y es todo lo que hacen sólo esperar, porque no pueden hacer más actividades.

De las comunidades de Los Morros, Filo de Caballos, Corralitos y La Laguna salieron al menos mil 600 personas, la mayoría con sus niños y jóvenes que cursan un nivel de educación básica o media superior, por lo que suman más de 2 mil alumnos sin clases.

“MI HIJA ESTÁ OLVIDANDO CÓMO LEER”

Otra madre de la comunidad Los Morros informó que tiene una niña que cursa el segundo año quien tiene una discapacidad en sus piernas, y desde mayo de 2018 tras los enfrentamientos, los maestros suspendieron labores, y en agosto sólo dieron clases dos semanas en la zona no hubo clausura ni entrega de papeles.

“Los niños no tienen clases, incluso mi niña desde primer año ya empezaba a leer y ya se le está olvidando, porque no es lo mismo que los papás le enseñen a que un maestro le dé clases, por lo que ahora mi niña no sabe leer”, dijo.

La mujer de unos 45 años aseguró que las personas critican a los desplazados y los califican de pertenecer a algún grupo de la delincuencia, pero “es mentira, todos nos salimos por la seguridad de los niños, porque cuando empiezan a disparar los maleantes se escucha peor que cohetes”.

Además reprochó que los niños y adultos mayores son afectados también en cuestión de salud porque no se les han puesto las vacunas que les hacen faltan.

“TENEMOS MIEDO DE PERDER NUESTROS ESTUDIOS”

“Extraño a mi familia y amigos, y estar en mi propia casa”, dijo Danna estudiante de nivel medio superior quien es una de las afectadas por la violencia. Además externó, “temo perder el semestre y que mis sueños de ser médico queden truncados”.

Al platicar con Danna de cómo enfrenta la situación de ser desplazada por la violencia, con una sonrisa y sus ojos llorosos respondió que este año la vida le cambió por completo, tuvo que dejar “todo para poder vivir”.

La joven vive en Filo de Caballos estudia el nivel medio superior y este era su último semestre para concluir sus estudios, pero por la violencia los maestros no han acudido a dar clases.

¿Qué profesión te gustaría tener?, se le preguntó, agachó la cabeza y entre sus piernas jugaba sus manos, “quiero ser médico porque en la zona donde vivo no hay atención de salud, quiero ayudar a la gente”.

Recriminó que la falta de clases afectará su aprendizaje porque perdieron más de medio año, “¿y cómo lo vamos a recuperar?”, se preguntó Danna.

Además si las autoridades de educación implementan un programa de recuperación los demás jóvenes de la ciudad les ganarían, porque no tendrían el mismo conocimiento y habilidades.

Andrea vive en la misma comunidad que Danna, indicó que cursa el segundo año de bachillerato, “yo quiero ser enfermera”, porque donde vivimos sólo te puedes enfermar de 8 de la mañana a 2 de la tarde, después de esa hora ya no hay atención médica.

Además los médicos se niegan acudir a las comunidades por temor a sufrir algún percance, “tal vez por eso coincidimos con mi compañera de estudiar ramas relacionadas con la salud, porque sabemos qué hace falta”.

Dos hermanas, Fátima y Ruth Ramírez informaron que su madre es soltera, tenía una pizzería y su hermano una carnicería, pero un día los delincuentes llegaron y balacearon casi todo el pueblo.

Fátima manifestó que va en segundo año y quiere estudiar medicina, “sé que es una carrera muy cara”, por eso va ahorrando para ayudar a su mamá y continuar sus estudios, pero con la llegada del grupo armado tuvieron que utilizar sus ahorros para salirse del lugar.

Las autoridades de educación implementan un programa de recuperación los demás jóvenes de la ciudad les ganarían, porque no tendrían el mismo conocimiento y habilidades. Foto: Jessica Torres, El Sur

Mientras que su hermana Ruth va en tercer año de bachillerato informó que quiere estudiar para enfermera o químico, pero han perdido muchas clases las cuales consideró que no se podrán recuperar.

“Tenemos miedo a que perdamos el año y nuestros estudios queden truncados, lo perdimos todo”, la joven se detiene un momento y continúa, “los maleantes entraron a nuestra casa se llevaron mi computadora, cosas de valor, todo se llevaron, también hicieron daños en los negocios”.

Ruth con su mirada perdida mirando al fondo del albergue reiteró que, “lo perdimos todo, no tenemos a dónde ir, necesitamos salirnos de este lugar porque son más de 400 familias, todos tienen diferente hábitos, cada familia tiene derecho de ser feliz y hacer su propia vida”.

Fátima dijo hay adultos mayores enfermos que se hacen del baño en sus pañales y algunos no se lavan las manos, por lo que “tenemos miedo de adquirir una enfermedad”.
Las hermanas exhortaron al gobernador Héctor Astudillo Flores a que solucione el conflicto que hay en la sierra, que haya seguridad en sus comunidades, que las familias hagan sus vidas y les permitan continuar con sus sueños.

En el lugar se pueden ver más niños, niñas y jóvenes, unos corren, juegan y otros lloran, son personas desplazadas por la violencia quienes anhelan regresar a sus hogares.

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