La Edad de Papel es un canto, y a la vez, una elegía —pero una que está llena de humor—, al papel. Da rienda suelta a la fantasía, invita a reflexionar, a ver varios tipos de papel con nuevos ojos y acaba por encontrar en el papel de piedra una reencarnación del papel tradicional, quizás una criatura mejor facultada para enfrentar los tiempos duros que pudieran avecinarse.

Por Orlando González Esteva

Ciudad de México, 14 de enero (SinEmbargo).- Esta travesía poética guía al lector por una serie de elucubraciones en torno a las posibilidades, ventajas y situaciones inevitables que ocurrirían si las personas empezaran a utilizar el papel de piedra: sería “imposible hacer un origami de papel de piedra por más vocación que se tenga para la estatuaria: la naturaleza de este arte manual, súmmum de la gracia, se rebelará abortando figuras de una tosquedad más propia del hombre de las cavernas que del actual, no menos cavernario en el fondo pero más relamido en la forma”. Incluso, el campo semántico relacionado con el papel se vería trastocado por su naturaleza: “abarcarán el teatro, donde los actores no sabrían qué hacer con sus papeles y, para serles fieles, se verán forzados a adoptar conductas rígidas y formas de andar y modales exclusivos de don Gonzalo de Ulloa”.

La Edad de Papel es un libro poético y humoroso que, mediante una prosa juguetona y repensada, nos revela la creatividad de un autor que con su voz nos acerca a distintos ámbitos de la cultura iberoamericana. Reproducimos aquí uno de los fragmentos de la obra.

Entre los materiales creados por el hombre milagrea el papel, tan útil al anciano que redacta su testamento como al niño que reúne cañas, goma de pegar, cordel y cintas para hacer un cometa. Que lo aguante todo no es indicio de sumisión o indolencia sino de tolerancia, la forma más cumplida de ser fuerte. No amarillea porque mengüe, sino porque aspira a integrarse a la luz.

El papel de piedra, también conocido como papel mineral, fue creado en Taiwán a finales del siglo xx y goza de patente y aprobación en numerosos países. Encarna la tragedia de la criatura destinada a ser toda levedad y hallarse incapacitada, por causa de su propia constitución, para actuar de acuerdo consigo misma.

Una edad de papel. Fotografía de Abelardo Morel. Foto: RAM

Una edad de papel. Fotografía de Abelardo Morel. Foto: RAM

El viento no se lleva los papeles, son ellos los que cargan con él. No es raro que haga falta una bandada para impedir que el holgazán se tumbe y duerma en un banco del parque. Los que cubren el Zócalo de México durante el día se incorporan de noche, organizan brigadas y se llevan al viento por las callejuelas aledañas a la Catedral. Algunos reaparecen delante del Museo José Luis Cuevas, antiguo convento de Santa Inés, llamando a las grandes puertas de madera labrada, disputando a los seres humanos la prioridad en la fila y, una vez franqueado el umbral, prefiriendo dar vueltas por el gran patio interior a subir la escalinata que conduce a las exhibiciones.

Los hábitos que vistieron las religiosas de la Orden de la Inmaculada Concepción que una vez habitaron el convento perviven en la blancura maltrecha de estos papeles, más enjundiosa cuanto más se le descubre en lucha a brazo partido con la oscuridad. Y quien dice los hábitos dice las almas de quienes los vistieron y su fe en la vida eterna, a ojos vistas justificada.

Estos papeles callejeros no son producto de la incuria civil, sino de la existencia, en la misma barriada, del local donde estuvo la primera imprenta de América. El papel tiene lugares de peregrinaje, acude a ellos en masa y, como los devotos que visitan La Meca, se postra a orar.

Un ejemplar del Papel Periódico de La Havana fechado el lunes 29 de octubre de 1797 ahonda una vitrina de mi casa. Si alguna vez olvidara cerrarla, el documento no desaparecería porque alguien lo hurtara sino porque él mismo sabría cómo escabullirse y, cruzando el Estrecho de la Florida, repatriarse.

Forro de La edad de papel. Foto: RAM

Forro de La edad de papel. Foto: RAM

La invención del papel de piedra [*] debería provocar asombro, si no por el papel mismo, sí por su nombre, que reconcilia lo más ligero con lo más pesado, lo más delicado con lo más burdo. Pero nadie celebra el hallazgo, ignorando que en el nombre, y no en la presunta utilidad del producto, reside el mayor mérito.

El hallazgo contrasta con las propiedades del material que designa, cuyo éxito pudiera redundar en perjuicio del mundo. Lo advierte un refrán:

“Es raro que las cosas y los hombres se encuentren a la altura de sus nombres”.

Si hubo una Edad de Piedra y tres del metal, hubo una Edad de Papel, la nuestra, que lejos de caducar como sus predecesoras pugna por remontarse a la más antigua, inaugurando, fiel a la naturaleza circular del tiempo, la Edad de Papel de Piedra.

Urge reflexionar.

El libro La Edad de Papel de Orlando González Esteva (Artes de México: 2016), está disponible en esta página. Una sección curada por Artes de México.

[*] El papel de piedra, también conocido como papel mineral, fue creado en Taiwán a finales del siglo xx y goza de patente y aprobación en numerosos países. Encarna la tragedia de la criatura destinada a ser toda levedad y hallarse incapacitada, por causa de su propia constitución, para actuar de acuerdo consigo misma.