En Cuba han desaparecido empleos de gobierno y, a cambio, se han creado una serie de oficios. Foto. Efe

En Cuba han desaparecido empleos de gobierno y, a cambio, se han creado una serie de oficios. Foto. Efe

Por Elizabeth Sabartés, especial para SinEmbargo

La Habana, Cuba, 14 de febrero (SinEmbargo/La Vanguardia). La rosa de jamón serrano llega acompañada de queso feta y espárragos. Es un entremés de aires minimalistas, como la decoración del local, uno de los paladares más cotizados de La Habana. Lo frecuentan diplomáticos, figuras del deporte y artistas locales, empresarios forasteros y muchos de los turistas que estos días llegan en masa a Cuba. Todos aquellos que pueden pagar en CUC, la divisa nacional convertible, equivalente a un dólar.

Catalogado en el top 10 de los mejores restaurantes de la ciudad, Starbien propone “un concepto integral de cocina de vanguardia”, inspirado en la tradición criolla. También es punto de encuentro de la nueva generación de la élite socialista, los cachorros de la jet set revolucionaria, que parecen nadar en CUC. Uno de ellos, José Raúl Colomé, está al frente del negocio.

Sonriente y vacilón, enfundado en ropa cara, recibe a la concurrencia o se hace una selfie tomando un trago con amigos. José Raúl es el alma del lugar y su promotor ideal. Todo el mundo sabe que es hijo del general Abelardo Colomé, Furry, Ministro del Interior, héroe de la República y arquitecto del sistema de inteligencia cubano. Uno de los hombres más poderosos y temidos del régimen, que opera en el círculo íntimo del Presidente Raúl Castro y es parte del conglomerado empresarial que los militares han construido en torno al sector turístico, la principal fuente de divisas del país.

Pero José Raúl no sólo es explícito sobre su cuna, también informa con cierto alarde que muchos de los productos que se consumen en su paladar son importados. Para ser más precisos, fletados a propósito desde el extranjero. Tal vez por eso abundan los rumores sobre el trato preferencial que las compañías del Estado conceden a Starbien en sus planes de marketing y promoción.

Pero José Raúl no sólo es explícito sobre su cuna, también informa con cierto alarde que muchos de los productos que se consumen en su paladar son importados. Para ser más precisos, fletados a propósito desde el extranjero. Tal vez por eso abundan los rumores sobre el trato preferencial que las compañías del Estado conceden a Starbien en sus planes de marketing y promoción.

En cualquier caso, los jóvenes de la flor y nata marxista-leninista no saben de penurias alimenticias ni escasez. Mucho menos, de la batalla diaria que libran millones de cubanos para ingerir proteínas y completar la exigua dotación de víveres (arroz, frijoles,

LUJOS REVOLUCIONARIOS

Foto: Efe.

Pocos cubanos pueden costear el nuevo estilo de vida que se impone en la isla. Foto: Efe.

Los cachorros del régimen no esconden su gusto por la cocina ostentosa y los ‘selfies’, azúcar, café, aceite, sal, huevos y leche para los niños menores de siete años) incluidos en la tarjeta de racionamiento.

Los ciudadanos de a pie, sin conexión alguna con las esferas del poder, subsisten a duras penas, comerciando con lo que pueden, en arrabales como San Miguel del Padrón, un suburbio a las afueras de La Habana donde funciona el mercado ilegal de La Cuevita. En las calles laberínticas de esta favela de miseria casi haitiana se ofrecen toda clase de artículos que entran al país en envíos de familiares o en maletas de viajeros. Cualquier mercancía es buena para trapichear o sumar un pellizco al raquítico salario en pesos cubanos que cobran los trabajadores del Estado.

Mercedes era parte de esta mayoría de empleados públicos, una masa laboral que Raúl Castro trata de reducir a toda costa para “actualizar el modelo socialista” y evitar la bancarrota. “Despidieron casi a medio millón, autorizaron unos 200 oficios y le llaman a eso trabajar por cuenta propia. Pero los cosen a impuestos y lo que queda apenas alcanza para sobrevivir”, explica esta mulata rolliza, de 39 años mientras organiza la ropa que ofrece a la entrada de su chabola.

Al otro lado del barrio, en un callejón sin asfaltar, Luis observa el trajín del mercado. Es chófer de un camión cisterna en la empresa estatal que suministra agua en La Habana. Cobra 360 pesos cubanos al mes, unos 15 CUC. “Con mi sueldo me muero de hambre, la situación está malísima”, masculla, sin dejar de maldecir al régimen. Emigrar no es una opción para él: “¿Irme a la yuma (Estados Unidos)? ¿Quién me va a dar trabajo? Tengo 63 años… ya estoy muy viejo”.

Las palabras de Luis hacen cortocircuito en el ambiente mundano de Starbien. Risas aquí y allá. Música ligera. Humo de Partagás Lusitanias… En la mesa vecina, un grupo de cubanos de Miami brinda con Chardonnay. ¿Quién osará llamarles gusanos, ahora que el Presidente de Estados Unidos Barack Obama autorizó un incremento del 400 por ciento en el límite de las transferencias para sus familiares en la isla? Las remesas que llegan del otro lado del estrecho de Florida son la segunda fuente de ingresos en el país, después del turismo.

Sufragan la vida a cientos de miles, nutren las arcas del Estado y alimentan la economía sumergida, como la que se practica en La Cuevita. También impulsan el mercado de la información prohibida por la censura oficial. Parte de los dólares que llegan desde Estados Unidos se invierten en contenidos televisivos pirateados de las cadenas internacionales. El DVD, que se vende bajo cuerda a 50 pesos, contiene un menú variado: segmentos de noticias de la BBC, espacios de debate de Televisión Española, documentales de National Geographic, tandas de videoclips o episodios de series estelares como Breaking Bad o Mad Men. Con un paquete tras otro, los cubanos desafían el cerco informativo que imponen los medios oficiales y se conectan al mundo.

Además, se ganan un sobresueldo. Como lo hace a base de propinas en CUC el camarero de Starbien, que se aproxima a servir el plato fuerte: lomo de pargo al cilantro con guarnición crujiente de boniato. El pescado, inasequible para la mayoría de la población, quizá cayó en las redes de Lázaro, que pide llamarse así “para no tener problemas”. Faena con su bote frente a la costa de Guanabo, pueblito de pescadores al este de la capital y zona de esparcimiento para los habaneros. No ha salido al mar porque hay temporal, pero cuenta su brega cotidiana: “De todo lo que saco, el 80 por ciento es para el Gobierno. Me paga a 38 pesos el kilo. El otro 20 por ciento es para mí y puedo venderlo en el mercado libre hasta por 50 CUC el kilo”. Igual que los demás, este oficio también halló la manera de burlar el control oficial. Antes de llegar a puerto, los pescadores esconden la mayor parte de la captura bajo el agua, en sacos marcados con boyas. Así, llegan a la marina con poco que venderle al Estado. Luego, de noche, recuperan la mercancía buceando y la despachan a clientes privados que les pagan en moneda convertible. A pesar de las dificultades, Lázaro espera un futuro mejor, a diferencia de alguno de sus compañeros que beben cerveza en la cantina y no esperan nada del deshielo en las relaciones con Estados Unidos.

DESESPERACIÓN POPULAR

Allí, precisamente, es donde planea ir Miguel, mecánico chapista, que espera fuera del paladar en su taxi, un Chevrolet del 56 restaurado de forma espléndida con el dinero que su familia le mandó desde Nebraska. Llega el momento del postre, flan de caramelo con guinda confitada, y de saldar la cuenta: 26 CUC, casi dos meses de sueldo en pesos cubanos. “Aquí te matas trabajando y nunca tienes nada. La gente no se va por problemas políticos, emigra porque no tiene un porvenir económico. Yo me voy”, anuncia Miguel.

Su hermano mayor, que se lanzó al Caribe en balsa diez veces y a la undécima logró pisar territorio gringo, le reclamará en 2016 por reunificación familiar. Mientras, seguirá trabajando con el coche estupendo que restauró, donde ahora suena el rapéo en disco pirata de “Los Aldeanos”, el grupo de hip-hop más popular de la isla, a pesar de estar vetado: “El abuso no se acaba, crece como un enjambre / Porque ustedes lo que ya quieren es rendirnos por hambre / Juventud a estresarse, no hay balanza que resista / Entre el deseo de graduarse y casarse con un turista…”.