Obra de Gabriel Rico. Foto: Especial

La existencia del ser humano es la suma de experiencias vividas en las que intervienen una cantidad ilimitada de factores y circunstancias. Somos seres múltiples, posibles. Sentir, pensar y querer nos hacen trascendentes, actuales. Pero difícilmente llevamos a cabo acciones de una forma aislada. Por lo general funcionamos en un sistema de conexiones con los otros. Los demás nos influyen y terminan por ser parte de nosotros mismos. Como si se tratara de obras de arte, cada experiencia, los objetos, los accidentes, modelan lo que realmente somos: entes individuales en consonancia con el mundo; realidad de “afuera” al mismo tiempo que carga de significados del inconsciente. Así es como nos completamos.

Esta y muchas otras pueden ser las lecturas de Nimble and sinister tricks (algo así como Trucos ágiles y siniestros), nombre de una de las recientes piezas del artista jalisciense Gabriel Rico que quedó hecha añicos por la imprudencia de una, no crítica sino criticona del arte contemporáneo. Como casi toda la obra del artista, esta trata acerca de qué somos y cuáles son los elementos simbólicos que nos definen. La interconexión o yuxtaposición de los objetos que aparecen en la narrativa de Rico, representan organismos que pueden ser el tuyo, el mío, el de cualquiera. Si entendemos el trabajo del artista así, podemos valorar el esfuerzo mental, físico, psicológico, sobre todo visual que implica conseguir que una pieza logre el equilibrio perfecto y se sostenga por sí sola. Metáfora de nuestra existencia, sus instalaciones cargadas de objetos son fuertes y frágiles, poderosas y vulnerables, sólidas y a la vez cargadas de energía, de una materia invisible, líquida, que las dota de contenido. ¿Acaso nuestra línea vital no es un poco eso? Rico ha tomado como soporte de su obra las infinitas variantes que cada ser humano contiene. Su trabajo es, por lo menos, complejo, extenuante y muy costoso. Nos guste o no su obra, el artista ha invertido años en visualizar, coleccionar objetos, madurar sus ideas y darles un sustento convincente. No es fortuito que su obra haya trascendido. El joven talento artístico de la influyente galería OMR (impulsora del cambio en el arte de nuestro país desde finales de los años ochenta), hoy está representado por la galería internacional Perrotin, es de los pocos mexicanos que participaron en la Bienal de Venecia 2017 y los contenidos de su trabajo llaman la atención en foros de discusión que se suman al intento de aprehender el mundo, lo que somos en conexión con los otros.

Si pensamos el arte de esta forma, lo veremos como una herramienta que nos abre puertas, permite la elaboración de nuevos pensamientos, funge como un ordenador de los acontecimientos de la historia, de las inquietudes del ser humano y genera la reflexión que, a su vez, resultará en nuevas obras. Este mecanismo inserto en el mercado, el gran regulador del arte hoy, requiere una cadena de personas que actúan como vehículos: además del artista, el comerciante, el consultor, el historiador y especialmente el crítico.

La crítica del arte inició hace muchos años como un rabioso ataque en contra de la visionaria manera de manifestarse del artista. Con los años, críticos y artistas han continuado enfrentados. Pero, quienes ejercen su opinión sobre el arte, se han preocupado por dejar atrás sus gustos y preferencias para cultivar un pensamiento y profesionalizarlo. Los verdaderos críticos argumentan, no desde la rabia y la pasión, aunque esta le pone carácter personal. Su labor consiste en hacer a un lado los juicios de valor, entrar al mundo del artista y de su trabajo, conocerlo profundamente y analizarlo para extraer conclusiones que, desde luego, nunca serán definitivas. ¿Es trascendente? ¿ofrece una nueva plataforma de discusión e ideas? ¿hace un aporte significativo o solo es una provocación banal?

Como cualquier profesional, no es posible hablar de un tema sin que se conozca a cabalidad. El cuidadoso estudio de una obra evita los arranques inmediatos y relativistas y nos hace llegar al fondo de las cosas. Desde luego, el verdadero crítico jamás se preguntará si se ve “bonito” un cuadro en una pared, o si el color “le gusta”, o por lo menos no utilizará esto como una determinante en la valoración de una obra. Quien sostiene que el arte contemporáneo está lleno de trampas, abusos y engaños está mostrando la superficialidad de su pensamiento. Como siempre, generalizar es banalizar. Como hay artistas enormes, hay chapuceros, en todos los temas pasa lo mismo. Abundan los charlatanes, los improvisados y los vividores pero esos difícilmente trascienden en el verdadero circuito del arte contemporáneo.

Un crítico serio sabe que muchos de los trabajos de artistas contemporáneos no buscan la belleza como valor exclusivo. Están inmersos en los eventos que ocurren en el mundo, son parte de la discusión (visual), acerca de muchos temas (feminismo, economía, ecología, ciencia, filosofía, derechos humanos, migración, activismo, justicia, etcétera). A esa forma de hacer arte la llamamos Crítica Institucional. Atrae los reflectores a temas de la condición humana, nos muestra tal y como somos, es nuestro espejo. Difícil decir que son tomadas de pelo, a menos que aceptemos que el mundo, todo, es una verdadera tomada de pelo. Pero es bueno recordar que pertenecemos a la sociedad del espectáculo; en cualquier momento nos convertimos en una masa que se deja llevar por las notas de escándalo y la falta de información para generar un criterio inmediato y por desgracia desinformado.

Pero volvamos al verdadero artista, a Gabriel Orozco, a Gabriel de la Mora, a Yoshua Okón, a Mario García Torres, y a la enorme lista de agentes mexicanos que permiten que el arte siga vivo. Especialmente consideremos a las nuevas generaciones, jóvenes que apenas y pueden sobrevivir con su trabajo. El artista (consolidado o no), ejerce todos los días, no piensa más que en su obra nos agrade o no, la valoremos o no, la adquiramos o no. Cada objeto es un dar a luz, arrojar una idea, es tener un hijo y ese hijo tiene un valor. Como con nuestros hijos, el valor no es el mismo para los demás que para nosotros, está claro. La obra es materia viva, no un producto para comercializar solamente. Se vende para poder costear lo que sigue (además de pagar la renta, la luz y comer). Un artista verdadero entrega su vida y no ve al arte como entretenimiento o hobby. Ardua tarea llena de dudas, de inseguridades, de ensayos y errores, de accidentes, de frustración y también de milagros y conquistas.

Tristemente hoy llama la atención algo que fue más allá del escándalo y la provocación (intrínsecos al arte). Sucedió en Maco, la feria de arte recién terminada. Se originó por la falta de respeto de una supuesta crítica de arte y su ridículo proceder. Al parecer no entiende la naturaleza del proceso creativo descrito líneas arriba y usa los medios para exhibirse. Justicia inmanente, karma dicen los hipsters, cayó en su propia trampa: denostar sin saber y quedar evidenciada frente al mundo del arte. Se destruye una obra, se derrota un pensamiento. Se clausura la posibilidad de un tiempo dedicado a entender el mundo a través del arte. Al final queda la sensación de que hubo una pérdida de algo único, irremplazable, irrepetible. Por supuesto, Gabriel Rico seguirá produciendo obras de gran valor, pero nadie le quitará la sensación de que ha perdido un hijo.

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