Si no cambiamos la antigua normalidad capitalista, más pronto de lo pensado estaremos de nuevo confinados por otra pandemia, tal vez más peligrosa que la actual. Foto: Visar Kryeziu, AP.

En medio de un tiempo flexible, que en ocasiones se nos vuelve eterno y en otras muy acelerado, llegamos al año uno del confinamiento provocado por la COVID-19, decretado justo en marzo de 2020 como una pandemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Su impacto en la vida cotidiana de la humanidad ha sido de tal magnitud que, por primera vez, de manera simultanea el planeta entero paró sus actividades productivas, económicas y recreativas para obligar a miles de millones de personas a confinarse y evitar contagiarse del virus SARS-CoV-2​.

Detectado apenas a fines de diciembre de 2019 en China, el coronavirus se expandió por Europa occidental y Estados Unidos en febrero y por el resto de América a partir de marzo. Hasta el sábado 14 de marzo, en el mundo se contabilizaban 120 millones de contagiados y 2 millones 659 mil 102 de decesos, según el sitio del adolescente Avi Schiffmann que actualiza las cifras incluso más pronto que el sitio de la Universidad Johns Hopkins. En México había 2 millones 163 mil 875 contagios y 194 mil 490 personas fallecidas, alcanzando el tercer lugar mundial por debajo de Estados Unidos y Brasil y superando incluso a la India, el segundo país más poblado.

En la primera parte de la pandemia parecía que la emergencia sanitaria cambió la perspectiva de la vida al manifestarnos que lo esencial era la vida, tener salud y tener un lugar donde resguardarse. Nos obligó a no dar por sentado las actividades cotidianas y a extrañar los encuentros postergados, los saludos y abrazos cancelados a familiares y amistades.

En términos del funcionamiento general de la sociedad, se manifestó que ver jugar a Lionel Messi o un estreno en el cine no era esencial, pero sí el sistema de salud, de alimentación y el surtido de las provisiones con todos los oficios que hacen posible que esas actividades básicas se mantengan: enfermeras, médicos, trabajadores de sanidad, repartidores de comida y mercancías, cocineros, recolectores de basura y comerciantes de la primera línea.

En este año uno de la emergencia sanitaria, además, se mostró la fragilidad de la sociedad actual y la pandemia como una suma de todas las crisis que arrastra la moderna sociedad capitalista: la crisis ambiental, la crisis del sistema de producción agroalimentaria, la crisis de la deforestación, la crisis de la violencia machista y las crisis de los sistemas públicos, especialmente de salud, provocadas por las políticas de capitalismo depredador que llevó al desmantelamiento de lo público y la privatización de áreas esenciales para toda la sociedad.

Y en esta crisis, se develaron y manifestaron con contundencia las nocividades a la vida natural que acarrea el actual modelo de producción y consumo: el capitalismo depredador con sus procesos de industrialización acelerada, la explotación y el extractivismo que depreda tierras y bosques y que crea los ecosistemas de donde surgen las zoonosis que se trasmiten mediante peligrosos y mortales virus como el SARS-CoV-2.

Pareciera que de esta situación de severa crisis sanitaria y de un trastrocamiento radical de la vida cotidiana provocada por el obligado confinamiento, nos llevaría a tener claras las prioridades en beneficio de toda la sociedad y no de minorías que controlan el poder y la riqueza.

Y en esta lista de prioridades que benefician a toda la sociedad debería estar por delante la creación de sistemas de salud públicos universales con personal y recursos materiales suficientes; sistema agroalimentario saludable que evite las prácticas que crean la proliferación de virus; y sistemas sociales y cooperativos que eviten que millones se queden sin nada en situaciones de crisis; el acceso universal e irrestricto a vacunas y medicamentos como bienes comunes y no cómo patentes propiedad de una corporación privada.

Pero a pesar de la magnitud de los cambios sociales y económicos que ha provocado la pandemia, no se están imponiendo estas prioridades en beneficio de toda la sociedad. No ha sido así. La mayoría de gobiernos del mundo impulsan medidas de vuelta a la normalidad que dan prioridad al restablecimiento de las actividades económicas y productivas por encima de garantizar lo esencial para no volver a caer en una emergencia sanitaria como la provocada por la COVID-19

La pandemia aplicó un botón de emergencia casi generalizado y los gobernantes y los capitalistas impulsan la vuelta a la antigua normalidad productiva sin considerar que la vuelta al mismo sistema de producción y de consumo volverá a crear las condiciones para la producción de las siguientes epidemias y pandemias y de los nuevos confinamientos que volverán a provocar.

Como advirtió el biólogo evolutivo en su gran libro Grandes granjas, grandes gripes, (editorial Capitán Swing, 2020): “la anterior economía natural ha sido transformada en una agricultura industrial, un proceso en el cual los alimentos son considerados como cualquier otro insumo y los animales son tratados antes como mercancías que como animales. El problema es que, en el curso de esta industrialización de la producción de alimentos, también se industrializaron los patógenos que circulan alrededor de ellos, por lo que se volvieron más peligrosos, más mortíferos, más contagiosos y capaces de transmitirse rápidamente de una punta a la otra del planeta”.

Se pensaría que la pandemia nos obligaría a aprender de la lección y apostar por lo necesario para preservar la vida y no el mismo sistema social y productivo que nos trajo el año uno de la pandemia. Si no cambiamos la antigua normalidad capitalista, más pronto de lo pensado estaremos de nuevo confinados por otra pandemia, tal vez más peligrosa que la actual. El problema no es el virus, el problema es el capitalismo.