Labios del amanecer.

Labios del amanecer. Foto: Tomás Calvillo Unna

Si fijamos bien la mirada,

advertimos que la ausencia nos rodea:

ese no saber, ese anhelo que se dilata y se extravía;

esa inquietud que no encuentra respuesta alguna;

esa pasión que no alcanza a cifrar su instante;

la razón en su laberinto, al abrir puertas y levantar muros;

el camino sin destino que asume la historia;

las palabras que se pierden sin eco alguno;

la visión que no alcanza y se disipa en su fuga perpetua;

la oración que escala y se entierra;

la angustia innata de saberse en el vasto río de la premura;

el cielo que se aleja y proviene de dentro;

las fórmulas del saber,

en la hoguera de un asombro que se ignora;

el tejido de luz de lo concreto,

que en su densidad acumula el dolor;

los rituales encadenados a la erosión de la tierra;

los engranajes de la sobre vivencia en su crujir endémico;

el conocimiento en su insatisfacción atrapado;

la música, pintura, danza, poesía,

aglomeradas,

incineradas en su multiplicación,

dispersas en su sentir;

el arte estrujado de lo total,

una quimera más entre parpadeos;

la conciencia en su intermitencia

débil y cercenada;

la soledad preñada de caprichos

horadada y esquiva;

el humor crispado de soberbia,

su ahogado enojo;

una alquimia fallida en su desproporción.

Convertimos lo sagrado en profano para buscarnos

y perdimos nuestras propias huellas.

La encrucijada de ser dioses,

nos cobra ya muy caro el inhalar y exhalar:

acumulamos nuestros propios despojos;

el perdido paraíso de los deseos,

la basura nuestra de cada día;

el humo negro de los delirios,

sus columnas sembradas en los vientos.

Este paisaje tan antiguo y presente

en su extrañeza impecable y dominante.

Si tan solo pudiéramos enfocar

esta ausencia que llevamos,

retornaría tal vez la pregunta de cada quien

tan necesaria.