Mujeres pintan cruces en postes de Ciudad Juárez. Foto: Nacho Ruiz, Cuartoscuro.

Una vez más, Morena me propuso como candidato al Séptimo Distrito de Ciudad Juárez, un distrito que circunda el aeropuerto de la región. Quien ha llegado en avión a Juárez ha visto que la pista está rodeada por casas habitación y grandes construcciones de fábricas maquiladoras; las familias que viven allí son obreras en su mayoría y, como he operado un despacho obrero desde 1974, algunas de ellas han sido mis clientes en casos felices o dramáticos (pues así es la vida de quienes se ven obligados a buscar el auxilio de un abogado), aunque los más me reconocen alegremente.

En su festejo del Día de las Madres, casi todas obreras, me encontré felizmente en una mesa a Claudia, quien había me acompañó como activista en una de las primeras huelgas en coalición que hicimos en Juárez contra ROWE MEX en 1974. Aquellos fueron tiempos heroicos, luchando por la independencia sindical, con una población obrera muy contestataria.

Aunque toda asociación sindical que no fuese solicitada por la CTM o la CROC estaba prohibida en la práctica, habíamos descubierto en la Ley Federal del Trabajo una frase que señalaba que una huelga se emplazaba por una coalición y no utilizaba la palabra sindicato, y con ese argumento nos apoyamos legalmente y presionamos, solicitando al mismo tiempo un registro sindical y preparándonos para ir a la huelga de hecho.

La presión ejercida sobre la Junta de Conciliación y la Asociación Patronal de Maquiladoras, a través de marchas y plantones, los obligó a aceptar por primera vez una huelga no protegida por un sindicato en Ciudad Juárez. Aquella huelga fue contra una fábrica que producía juguetes eléctricos, específicamente ferrocarriles, que se vendían en el mercado norteamericano.

Durante el festejo, charlé en la mesa con Claudia y me contó su vida: sus hijos y nietos siguieron su camino como trabajadores de maquila, a excepción de dos nietos, que se recibieron como ingeniero y administradora. También estaba doña María, quien sufrió por su hijo que, pese a ser inocente, lleva más de 15 años en la cárcel.

Esta fue una de las peores injusticias cometidas por los gobernadores José Reyes Baeza, y César Duarte, y conozco el caso porque yo, como visitador de Derechos Humanos, recibí su queja y vigilé que no torturaran al hombre al internarlo en el país, pues lo deportó el Departamento de Migración norteamericano por ser indocumentado.

A su hijo lo acusaron y condenaron de ser el autor de los asesinatos del Campo Algodonero, señalamiento que se derivó de la falsa declaración de un joven esquizofrénico y mitómano, detenido en el Estado de Illinois y quien contó a sus compañeros de celda del centro de detención migratoria una historia imaginada en la que él había participado en los crímenes del Campo Algodonero, nombrando al hijo de doña María como cómplice.

Con esos datos la autoridad armó toda una narrativa del caso, inventando y acomodando testigos que no vieron nada, salvo indicios sin fortaleza jurídica, que le permitió, bajó la insistencia y presión de los gobernadores y el régimen del momento, a los jueces tener un chivo expiatorio por los feminicidios más conocidos en el mundo. Este es uno de los casos más dolorosos que he conocido porque estoy totalmente seguro de que el joven es inocente.

Doña María tiene poca esperanza en un cambio de régimen, y sinceramente me dijo: “con el dolor que traigo encima, y a dos años de la muerte de mi esposo, ¿qué voy a andar votando?”.

Las madres obreras juarenses enfrentan circunstancias muy difíciles, desde que en los setenta tuvieron que dejar sus hogares para trabajar y llevar el pan a sus casas mientras sus esposos permanecían desempleados, destruyendo el concepto de matrimonio tradicional y obligando al marido, educado con poca inteligencia emocional o vocación por el fortalecimiento del vínculo familiar, a cuidar a los hijos; situación que se agravó cuando aumentó la demanda de mano de obra y los varones también fueron empleados, dejando ahora a los hijos en el abandono.

Las madres juarenses tienen derecho a la felicidad real y a una vida de bienestar, porque han sido explotadas hasta el cansancio desde 1983 hasta 2018, ganando un salario de 5 a 7 dólares diarios (cuando en 1981 ganaban 11 dólares); aunque las mejoras salariales del nuevo régimen han sido de mucha ayuda, falta mucho, mucho, y vamos por ellas.

En los recorridos por ese cinturón de supervivencia que rodea a Juárez, hemos encontrado a personas que viven a espaldas de los cementerios, a niños de 10 u 11 años vagando por la calle sin escuela y grupos de jovencitos que empiezan a organizarse como pandilla; en otro caso estremecedor, una abuela quiere recibir en su casa al nieto de su niña que se embarazó a los 12 años, esta abuela busca ayuda en todos lados, sin posibilidad de recibir un apoyo real ni concreto (al preguntarle por qué no interrumpió el embarazo nos contestó, con ingenuidad alarmante: “es un pecado”).

En esta zona, en donde vive por lo menos el 10 por ciento de la mano de obra industrial de la ciudad, hay un clamor general por pavimento, alumbrado público, seguridad pública, ¡tienen 30 años esperando los servicios básicos de una ciudad que vive de ellos!

Esta es una promesa del candidato a Gobernador Juan Carlos Loera, del candidato a Presidente municipal, Cruz Pérez Cuéllar y mía, el candidato De la Rosa Hickerson: a las madres de Juárez, no sólo les deseamos un feliz Día de las Madres, sino que lucharemos por mejores condiciones de vida para ustedes, ¡es nuestro compromiso!