“Los primeros mensajes empezaron a llegar a las 3:00 pm. Estaba acostada en mi cama cuando el teléfono vibró sin parar. En menos de cinco minutos tuve unos diez mensajes nuevos de números desconocidos. Los comencé a leer e inmediatamente sentí asco”, escribe Sheila Uribe en Números sospechosos, relato incluido en Rostros en la oscuridad: Acoso

Ciudad de México, 14 de junio (SinEmbargo).– Rostros en la oscuridad lleva en el título su antítesis. Las pamboleras, los pacientes de hospitales, los migrantes… todos encuentran un poco de luz en las páginas. En su más reciente libro, son las víctimas de acoso las que hablan.

Entre los relatos de esta nueva edición, se encuentra Números sospechosos, donde habla una mujer que fue acosada cuando tenía 19 años. Su número llegó a un grupo en el que prometían a los hombres fotos de niñas desnudas. Después comenzó a recibir llamadas y mensajes.

“En la paranoia comencé a buscar el origen de esos números antes de bloquearlos, porque todos comenzaban de maneras distintas. Descubrí que algunos tenían lada de Chile, Nicaragua, Argentina, Panamá y otros de estados del país”, relata. Más adelante, en este mismo link, puedes leer la historia completa.

Con el permiso de Ediciones Buuk, SinEmbargo comparte la presentación y el primer capítulo de Rostros en la oscuridad: Acoso.

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APUNTES SOBRE EL TEMA DEL ACOSO

Creo que para dilucidar la situación de la mujer
son ciertas mujeres las que están mejor situadas.

SIMONE DE BEAUVOIR

Todos necesitamos el sentido de culpa,
pero nadie necesita sentirse culpable.

FRIEDRICH NIETZSCHE

El acoso no te deja escapar. Pasa una y otra vez. Si te sucede en una o varias ocasiones hay incertidumbre y miedo; si es constante, aumenta el miedo. Te va quebrando.

No puedes escapar. No sabes cómo hacerlo porque no depende de ti, en tanto el otro te cerca y acecha. Es la dominación. Es el ejercicio del poder. Por ejemplo, en el acoso sexual se somete. Es una acción. Una actitud de poder a través de palabras, gestos o silencio que se transforma en violencia.

El que somete da la pauta y condiciona. Hace que te preguntes quién eres y por qué te encuentras en esa situación. Aparece la incertidumbre y el miedo. Después de vivir experiencias de acoso sexual quizá puedas salir adelante y fortalecida, luego de un proceso, pero muchas otras personas no. Sin duda siempre queda una huella.

El acoso sexual lleva una connotación sobre tu intimidad, sobre tu cuerpo o sobre tus ideas; quien acosa tiene un interés sobre tu persona. Quiere algo de ti: material o inmaterial. Si no das tu consentimiento y provoca incomodidad, es acoso.

Para pensadoras como Rita Segato, el acoso y la violencia sexual no está relacionado con la sexualidad ni con el deseo, sino con el ejercicio de una forma de masculinidad que requiere de la violencia para afirmar su identidad. El acoso no es una expresión de la sexualidad y el erotismo, sino de la violencia de género, como también apunta el investigador Manuel Hernández.

Quien acosa sexualmente, objetualiza a la otra persona, ve en ella un instrumento que le puede servir para realizar un ejercicio de poder violento. Si veo al otro como a mí mismo y le pido su opinión ¿ya no hay poder? ¿Se acabó el acoso? No hay acoso cuando el otro está de acuerdo en las mismas condiciones que las mías.

Hoy, en cualquier espacio el acoso sexual se hace presente. La escuela, el trabajo, el transporte público, el hogar, la calle… Ningún sitio escapa a la violencia. En un ambiente laboral, como víctima de acoso sexual ¿a qué hora te escapas? Y si te escapas: ¿abandonas tu empleo? El espacio se delimita y limita.

Así, el fenómeno del acoso en cualquiera de sus formas, tipologías o manifestaciones: sexual, laboral, escolar o por medio de internet, es una forma de violencia generada por las interacciones humanas estructuradas como relaciones de poder, siguiendo con la tesis de Michel Foucault. El poder es constitutivo de relaciones sociales que, además, están atravesadas por cuestiones de género, edad, clase y grupos económicos. Condiciones para que el acoso se ejerza. Sumemos la impunidad y la fallida impartición de justicia.

Ante el acoso lo difícil es recordar. Y aún más: contarlo. La impotencia, el miedo y la tristeza despiertan en el ser; ya no estas con el acosador, pero sabes que alguien se atrevió a invadir tu intimidad, tu tranquilidad, a ti.

Hablarlo, compartirlo, no solo libera y cura el ser, sino también a otros que se encuentran en silencio.

Karla Santamaría

Ciudad Universitaria, mayo de 2019

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NÚMEROS SOSPECHOSOS

Sheila Uribe

No somos histéricas, somos historias.

MARCHA DEL 8 DE MARZO, 2019, CIUDAD DE MÉXICO

Cuando uno piensa en las redes sociales y las facilidades que han traído a nuestras vidas, nunca es consciente del miedo que pueden causar. A los 19 años fui víctima de acoso a través de la aplicación WhatsApp y mi número de teléfono fue publicado en uno de esos grupos en los que prometen a los hombres fotos de jóvenes y niñas desnudas.

He escuchado a personas que dicen que exagero, que no corrí ningún riesgo, pero siempre pienso que ellos nunca podrán sentir el miedo que tuve durante una semana. Porque de verdad lo tuve.

Los primeros mensajes empezaron a llegar a las 3:00 pm. Estaba acostada en mi cama cuando el teléfono vibró sin parar. En menos de cinco minutos tuve unos diez mensajes nuevos de números desconocidos. Los comencé a leer e inmediatamente sentí asco.

“Pasa el pack, mami”. “Hola, guapa ¿de dónde eres?”. Fueron mensajes de hombres que nunca había visto, con números que no reconocí; incluso, no parecían de México. Comencé a contestar para buscar respuestas, pero solo leí cosas obscenas, así que los bloqueé. Pero no cesaron. Durante el resto del día recibí toda clase de mensajes donde exigían fotos de mi cuerpo. Lo peor comenzó cuando las llamadas entraron, las cuales nunca respondí.

Recibí varias fotos de miembros erectos con frases: “Mira cómo me pongo”. Hubo una en específico que de verdad me dio vómito, donde la mano de un hombre sujetaba una pistola junto a su pene. “Pasa las fotos o…”, eso decía el mensaje. Me asusté. Mil ideas me pasaron por la cabeza mientras bloqueé a todos esos hombres, no sin antes mentarles la madre.

Me pregunté: cómo era posible que tuvieran mi número aquellos pervertidos. Pensé que era una broma de muy mal gusto de algún amigo o que alguien podía estar acosándome desde hace tiempo y de alguna manera obtuvo el número de celular. Incluso ahora desconozco cómo fue que aquella página lo consiguió.

Pero los mensajes no pararon, mientras el miedo crecía. En la paranoia comencé a buscar el origen de esos números antes de bloquearlos, porque todos comenzaban de maneras distintas. Descubrí que algunos tenían lada de Chile, Nicaragua, Argentina, Panamá y otros de estados del país.

Un día después le platiqué a mi papá de la situación y comenzó a leer los mensajes que llegaron durante la noche. No pudo hacer nada, solo seguimos con el bloqueo de los números. Ese día el enojo sustituyó al miedo: quería que los mensajes se detuvieran, de lo contrario sabía que tenía que cambiar el número de cel.

Con cansancio y asqueada, terminé por preguntarle a uno de ellos de dónde sacó el número. Me hice pasar por un hombre. A pesar de que respondió tranquilo, nunca pude dejar de pensar que me contactó para pedir fotos y satisfacer sus perversiones. Dijo que el número había sido publicado junto a la foto de una mujer en ropa interior.

Recuerdo que le respondí que los timaron, que yo ni siquiera era mujer; y él dijo que le diría al administrador del grupo para que ya no siguieran llegando mensajes. Después de eso lo bloqueé.

Mientras los días pasaron, los mensajes no se detuvieron, pero disminuyeron. Ya no me ocupé en abrirlos, simplemente los bloqueaba. Dejé de recibir llamadas. Y para mi buena fortuna no tuve la necesidad de cambiar el número.

Sin embargo, a dos años, aún llegan a mi teléfono mensajes de desconocidos, tan vulgares como aquellos. Al menos, desde ese día, he recibido 50 mensajes de ese tipo y unas seis llamadas de números sospechosos.

Me culpé durante mucho tiempo, pensé que había dado el teléfono a personas equivocadas o que tal vez en algún registro de internet, pero no solía dar ni escribir mi número en ninguna página, así que nunca pude entender cómo llegó hasta ahí.

Aprendí que la perversión está en todos lados y descubrí que las redes también están llenas de acoso y pueden traer miedo. Desde entonces, cuando alguien me dice que sufre acoso a través de ellas, sé lo serio y abrumador que suele ser, que no es una exageración y que puede llegar a ser tan traumático como las experiencias físicas.