“A sus 68 años seguía jugando futbol, pero lo que más lo absorbía era el cuidado de su parcela, donde criaba marranos”. Foto: Alberto Roa, Cuartoscuro/Imagen ilustrativa

El Higo, Veracruz es una pequeña localidad marcado por altas temperaturas y un entorno árido. La vida del poblado gira en torno al ingenio y la zafra de azúcar. De ahí en fuera todo es aliviar la vida con cerveza y destilados y, sobre todo, jugar y observar futbol. Y es que tal vez la única y mayor virtud de El Higo es ser la tierra natal del gran defensa “Calimán” Guzmán, seleccionado nacional y pilar del Cruz Azul campeón de la década del 70. Por ello, la inmensa mayoría de los higuenses son cruzazulinos, la virtud se convirtió en tragedia.

En medio de esas determinantes se forjó Reyes Ortega Del Angel, quien no se dedicó a la zafra, pero sí a ser profesor de educación básica. Como era de esperarse una de sus pasiones fue el futbol, en el cual destacó mucho más que los otros, llegando al semiprofesionalismo. Era dueño de una volea potente, difícil de ver en los campos llaneros. Cuando marcaba un gol, sobriamente alzaba los brazos al cielo, como si se tomara de las manos con dios, confirmando su vínculo supremo cuando tocaba la pelota.

A sus 68 años seguía jugando futbol, pero lo que más lo absorbía era el cuidado de su parcela, donde criaba marranos. Vivía en su proyecto de retiro. Cuando se jubiló compró un terreno a las afueras de El Higo, como si fuera necesario retirarse aún más de las personas y las cosas. Podía usar la misma ropa por días, un short fundamentalmente; se había desprendido de la práctica de cortarse el cabello y peinarse. El único “lujo” al que fue asiduo era tener un coche de reciente modelo para uso personal, no más.

De esa vida apacible lo fueron a capturar un grupo de hombres, el 7 de febrero de este año. Los secuestros y ejecuciones en la zona no son nuevos. Entre otro de los males de El Higo se encuentra ser una localidad limítrofe con San Luis Potosí y estar a una hora y media de Tamaulipas. La ubicación geográfica perfecta para que los delincuentes salten de una entidad a otra para evitar la persecución de las autoridades locales. No era la primera vez que se metían con los profesores de la región. En diciembre prácticamente eran cazados para sustraer sus aguinaldos.

De inmediato, los delincuentes se comunicaron con la familia y pidieron el rescate, término funesto en la jerga de los secuestros, que da la impresión de plantear que el dinero sí lo puede todo. La cantidad era alcanzable, nada estratosférica para las cifras que se manejan en los raptos. Sabían perfectamente el monto que podían obtener. La familia, no sin los esfuerzos del caso, pagó a los cuatro días aproximadamente y, como en estos casos, los secuestradores los amenazaron para que no denunciaran. Precisamente, por temor no se dio parte a las autoridades. Es difícil saber si hubiera sido mejor acudir a la policía o no; es una de las preguntas que inevitablemente se repiten las familias cuando se ven en estos sucesos y las que por irrespondibles conviene olvidar.

Los días pasaron, las semanas también, se cumplió un mes, murió Alberto Cortés, pero la impaciencia tardó en llegar porque la “costumbre” en los secuestros en la zona es dilatar la entrega por semanas. En la huasteca veracruzana no hay autoridad, es una región hermosa, pero olvidada por las autoridades; el hampa reina y la población lo ha adoptado como parte de su trágica cotidianeidad. Después de dos meses los allegados hablaron a los servicios forenses cercanos, en uno de Ciudad Valles, San Luis Potosí; dijeron que tenían los restos de una persona que coincidían con la descripción que daban. Los hijos acudieron al sitio y encontraron grandes coincidencias con lo que había sido el cuerpo de Reyes. La respuesta de la morgue fue que sólo después de las pruebas de ADN podrían llevarse los restos, en caso de que correspondieran con los del desaparecido. En México ni la muerte libra a nadie de la ofensiva tramitología.

Tuvieron que pasar otros dos meses para que la familia obtuviera la amarga confirmación, pero tranquilizadora como una resignación menor de que habían encontrado a su ser querido. Hecho que visto en perspectiva no es tan menor, en Veracruz hay miles de familias que siguen buscando a sus desaparecidos y algunos quizá nunca los encuentren. Reyes es uno de esos muertos que no son del pasado gobierno porque el asesinato sucedió cuando ya no estaban en el poder, tampoco es de la nueva administración debido a que acaban de llegar y todos los problemas son heredados. Es un muerto exclusivamente de su familia y amigos, quienes tuvieron que despedirlo rápidamente en cuanto fue entregado el cuerpo, por los riesgos que podría conllevar ceremonias de más días. A los deudos de estas tragedias también se les incauta el derecho a una despedida decorosa y justa.

Reyes Ortega Del Angel fue encontrado a la orilla de un camino, según versiones oficiales, junto a los restos de una mujer y un menor, quienes también estaban secuestrados. Según los datos del servicio médico forense, el profesor jubilado fue asesinado en las horas que rondaron la entrega del dinero. Cada vez más, los delincuentes usan el asesinato como la garantía de no ser detenidos. A mi me gusta pensar que Reyes tenía los brazos alzados cuando esperaba de rodillas el tiro que atravesó la parte posterior de su cráneo; que dios lo tenía tomado de las manos y él tenía esa sobriedad elegante de los campos. También me imagino en el entierro un gran coro a voz cortada cantando “Cuando un amigo se va” de Alberto Cortés y que la huasteca volverá a estar libre de la delincuencia organizada para que reine únicamente el futbol y la cerveza.