Homenaje a “La Condición Humana” de René Magritte. Pintura de Tomás Calvillo Unna.

“Todo hombre se parece a su dolor.”

-André Malraux-

La pareja de Manila en San Luis Potosí.

Ella recarga su mejilla
en su espalda;
él atento conduce
la motocicleta.

Llueve, la tarde se retira.
Sus brazos
rodean su cintura:
el cinturón de seguridad
del afecto.

El amor de ella
que lo cuida,
el amor de él
que la lleva.

La luz verde da la señal;
arrancan, se van, se pierden.
Les digo para mis adentros: gracias
por recordarme los destellos
de este anochecer.

También en Malate y la 57.


I

A la deriva los cuerpos
en la proa del bar;
otro naufragio nocturno
hasta encontrar una habitación de arena

es el tiempo que impregna su urgencia
busca aferrarse a los deseos
como única historia

algunos quieren perderse
en los interludios de la carne.
No hay luz en esa tormenta interior
ni habrá calma cuando se retire.

II

Tal vez las palabras ahora
sean un silencio dictado
para describir esta danza incierta
entre las mesas y los licores
a orillas de la carretera.
Oculto tras bambalinas
el administrador de los cuerpos preside,
su sombra alcanza y cubre
los hombros de ébano y marfil
en el zigzagueante
mercado ambulante
de los sentidos.

Un juego sin ganador posible;
la rutina y el fugaz deseo
entre el cúmulo de monedas
y un fajo de billetes nuevos
y desgastados.

El mar no está lejos,
el mar del dolor.

El valet parking recoge
las propinas de la noche.

El paisaje.

El dolor es un océano
que llevamos dentro;
cada vez que intentamos alejarnos,
retorna este oleaje,
esta marea creciente.

Lo que vemos fuera está dentro,
en nuestra misma sangre;
el canijo dolor que nos asalta
en cualquier instante.

No podemos enterrarlo
ni marcar distancia.
Miro a ese niño
llorar sobre el pecho
de su padre muerto.
Cómo no llorar también
ante la ignominia del crimen: uno
de los 72 migrantes asesinados
en su retorno a la patria
que nunca tuvieron.

La ventana está rota,
los vidrios dispersos en el mosaico,
la piedra del río pertenece al niño.