“A los hombres no nos gusta que nos digan cómo llegar a un lugar”, dijo al describir lo que para el género masculino resulta un asunto de “dignidad de género”. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

“A los hombres no nos gusta que nos digan cómo llegar a un lugar”, dijo al describir lo que para el género masculino resulta un asunto de “dignidad de género”. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Ciudad de México, 14 de septiembre (SinEmbargo).- “El día en que te sientas un as al volante de una motocicleta, debes venderla”, advierte el escritor Xavier Velasco.

Fue en el marco de una conferencia dictada en un contexto inusual: la presentación del Seat Ibiza a la que fue convocado el célebre autor de Diablo Guardián, precisamente por poseer un “espíritu joven”, tal como el que busca la marca para promover su producto.

Desopilante como es costumbre, el escritor mexicano hizo un recorrido por lo que significa ser un hombre al volante, estar atado a la tecnología y manejar como si se las supiera todas, aun cuando es fácil comprobar a menudo que eso constituye una verdad a medias, cuando no una falsedad tajante.

“A los hombres no nos gusta que nos digan cómo llegar a un lugar”, dijo al describir lo que para el género masculino resulta un asunto de “dignidad de género”. Aunque no lo sepa, el hombre siempre dirá que sabe llegar a un sitio.

“Y así como sabemos llegar a todas partes, también estamos seguros de que manejamos bien. ¿Cómo que yo no manejo bien? Estoy convencido de que manejo estupendamente. A los 19 años yo ya tenía esta convicción y era muy firme, a pesar de que mis amigos pensaban que yo manejaba como el demonio”, contó.

Para Velasco, el asunto de conducir un automóvil depende mucho de quién te enseñó a hacerlo. En su caso, fueron las películas de James Bond las que le hicieron creer que manejar bien equivalía a correr grandes peligros, conducir en medio de circunstancias adversas.

“¿Por qué me dices que no manejo bien? ¿No me has visto subirme al camellón y rebasarlo? ¿No me has visto cruzar algún parque público con todo y el coche? ¿No me has visto agarrar algún eje vial en contrasentido? Yo manejo como James Bond, lo único que falta”, decía el Velasco de los 20 años, una edad en la que ya había protagonizado cinco accidentes automovilísticos fuertes.

Manejaba bien, pero ya tenía en su haber dos autos con pérdida total, aunque los accidentes nunca le dejaron ni siquiera una tortícolis.

Xavier Velasco y su conferencia sobre los autos. Foto: Lorena Elizabeth Hernández

Xavier Velasco y su conferencia sobre los autos. Foto: Lorena Elizabeth Hernández

Las cosas se aclararon durante un viaje en que vio el espectacular de Wonderbra que protagonizaba la modelo Eva Herzigova que estaba en el cruce de Altavista con Calzada del Desierto.

“El anuncio decía lo siguiente: Si no vas a decir nada, cierra la boca. Cosa que me impresionó mucho. El espectacular me había agarrado con la boca abierta y al leerlo, la cerré inmediatamente. Ahí me di cuenta de que las veces que había chocado fue porque venía papando moscas”, explicó Xavier.

AL POCO TIEMPO, LLEGÓ LA MOTOCICLETA

Luego de sus aventuras veinteañeras al volante de un automóvil como James Bond, Velasco se compró una motocicleta, ese vehículo donde cualquier golpe duele, donde cualquier choque lastima y sabes que vas a terminar en el hospital.

Al comando de una moto, dijo el escritor, sabes que ya no puedes hacer las cosas que hacías en el coche. No puedes manejar una moto mientras te tomas un refresco y el vehículo te obliga a tener “una conciencia paranoica” de tu manejo.

“Cuando manejas una motocicleta no manejas por ti mismo, sino por los demás. No vienes pensando si estás haciendo bien las cosas. Al contrario, te preguntas si los que van adelante lo están haciendo bien. Ese es el juego de manejar una moto: el sobrevivir, el querer llegar entero a tu destino”, afirmó.

“Cuando siente que es muy bueno con la moto, tiene que venderla, porque en realidad uno nunca es muy bueno con nada como para ser más que los imponderables. Cuando vendí la moto y comencé a conducir coches de nuevo, habían cambiado la ciudad y los edificios”, contó, para luego denunciar el mal de la “instructivitis” que consiste en acumular los manuales de nuestros gadgets cotidianos, que nunca tiramos por las dudas los lleguemos a necesitar alguna vez.

Los gadgets, como los juguetes, las computadoras y los teléfonos siempre están por delante de los usuarios para el también autor de La edad de la punzada. No terminas de entender el funcionamiento de un aparato, cuando ya sale otro con más funciones y mejor diseño.

“Esto que llamamos teléfono inteligente, en realidad no entiende nada y exige de nosotros que aprendamos una cantidad de cosas para las que nunca tenemos tiempo. En esta época en que vivimos, basta regresar unos cinco años para volvernos a sentir en la edad de las cavernas”, se lamentó.

“La inteligencia de los teléfonos no consiste en comprendernos, sino en saber de antemano que eres tonto”, precisó.

“La magia de la tecnología se nos acaba cuando se va la luz, así como la magia de andar en moto termina con las primeras gotas de lluvia”, dijo el escritor, para quien el propósito de cualquier ciudadano de cumplir con sus metas diarias, se frustra cuando se olvida el teléfono celular en casa.

“Una de las cosas que más me espeluznan de la muerte es que alguien va a llamar a mi teléfono celular y no voy a poder contestar. Eso es terrible”, admitió el autor, para quien su aparato inteligente es su dueño y al que le pide siempre que se anticipe a sus necesidades.

Sin embargo, todo progreso plausible consiste en fabricar aparatos que funcionen para nosotros y no nosotros para ellos, relativizó el escritor.

“En ese sentido, estamos a la puerta de una nueva era que es aquella en que nuestros aparatos pelearán entre ellos y no nosotros con ellos. No vamos entonces a ofrecer ese triste espectáculo de estar sacando el teléfono a cada rato mientras creemos que manejamos bien”, finalizó.