En el actual sistema agroalimentario hegemónico cada vez es más difícil que las y los mexicanos podamos tomar la decisión de cómo producir los alimentos y qué comer. Foto: Crisanta Espinosa, Cuartoscuro.

Por Viridiana Lázaro*

Hoy en día y desde tiempos ancestrales la agroecología se vislumbra como una alternativa para alcanzar la autosuficiencia y soberanía alimentaria -capacidad de decidir cómo producir los alimentos y qué tipos de alimentos queremos consumir- en armonía con la naturaleza y la sociedad.

La agricultura ecológica combina la ciencia e innovación modernas con el respeto por la naturaleza y la biodiversidad; asegura una agricultura próspera y alimentos saludables; protege el suelo, el agua y el clima; no contamina el ambiente con sustancias químicas ni utiliza cultivos manipulados genéticamente. Además, la agricultura ecológica tiene una especial consideración por la gente (consumidoras, consumidores, agricultoras y agricultores), más que por las empresas que actualmente controlan los alimentos.

Sin embargo, en la actualidad el modelo imperante para la producción de alimentos es la agricultura industrial, en la cual se prioriza el uso de agroquímicos, y en particular los plaguicidas altamente peligrosos (PAP). Los agroquímicos nos han hecho más dependientes de este modelo agroindustrial que atenta contra la biodiversidad y la salud humana, ya que cada vez se necesitan dosis más altas de estas sustancias químicas dañinas para controlar arvenses o insectos. Además, con este modelo de producción es necesario que las agricultoras y los agricultores compren plaguicidas, fertilizantes y semillas en cada ciclo de siembra, lo que eleva los costos y reduce las ganancias de las y los productores.

Es verdad que los monocultivos utilizados en la agricultura industrial necesitan de los agroquímicos porque no cuentan con esa diversidad de organismos que les permita hacerle frente a las plagas. En el caso de las arvenses, a todas, se les considera como perjudiciales porque absorben nutrientes que se esperaría sean utilizados por la especie sembrada en el monocultivo. Cuando en un cultivo agroecológico, estas arvenses son ocupadas para alimentación (quelites) o inclusive algunas son plantas medicinales.

Al contrario de los cultivos agroindustriales, los cultivos agroecológicos como la milpa, que es un cultivo ancestral, no necesitan del uso de plaguicidas o fertilizantes químicos debido a que combina la tecnología moderna y el conocimiento ancestral de los agricultores y agricultoras para desarrollar diferentes variedades de semillas, y controles biológicos, los cuales ayudan a las y los agricultores a cultivar más alimentos en un clima cambiante, sin afectar la biodiversidad con cultivos genéticamente modificados y sin dañarlos con plaguicidas. Los cultivos agroecológicos son muy diversos y el control de plagas y arvenses se da de manera integrada (combinando varios métodos) y natural, de esta manera el control de arvenses e insectos es más adecuado y no se contamina el agua, el suelo ni daña a otros insectos “benéficos” como las abejas.

Por otro lado, se tiene que tomar en cuenta que la agroecología no es una receta homogénea que puedas aplicar a lo largo y ancho del país de la misma manera, sino que se tienen que respetar las particularidades de cada región, esta característica que pareciera un problema, se vuelve una de las mayores ventajas de la agricultura ecológica cuando hablamos de adaptación y resiliencia. Esta característica permite que los cultivos sean más resilientes y también permiten su adaptación al cambio climático y a las crisis económicas.

En cuanto a la soberanía y autosuficiencia alimentaria es importante mencionar que el uso de los transgénicos y del paquete tecnológico, han estado asociados a la pérdida de soberanía y autosuficiencia alimentaria en México. En el actual sistema agroalimentario hegemónico cada vez es más difícil que las y los mexicanos podamos tomar la decisión de cómo producir los alimentos y qué comer, ya que el mercado de los alimentos está controlado por pocas empresas que son al final las que deciden qué y cómo se producen nuestros alimentos, sin importar las consecuencias ambientales y a la salud que ésto pueda ocasionar. Con la agroecología se le devuelve ese poder de decisión a quien produce y a quien consume.

Como ciudadanas y ciudadanos también podemos contribuir a alcanzar la soberanía y autosuficiencia alimentaria, podemos levantar la voz y exigir a nuestras autoridades un cambio hacia la transición agroecológica y hacia un sistema alimentario y de consumo más saludable y sostenible. Así también, podemos generar cambios eligiendo alimentos agroecológicos que sabemos que no dañan nuestra salud y son más sostenibles; también podemos exigir que se aumente la oferta de alimentos provenientes del comercio justo. Nosotras como consumidoras y consumidores responsables tenemos un gran poder y responsabilidad de elegir un consumo distinto y preferir alimentos locales, agroecológicos, saludables y naturales. De esta manera contribuimos a construir un planeta más verde y justo.

* Viridiana Lázaro es especialista en agricultura y cambio climático en Greenpeace México