Enrique Serna, autor de “El vendedor de silencio”. Foto: Sandra Sánchez Galdoz, SinEmbargo

Confieso que cuando inicié la lectura de El vendedor de silencio, del escritor mexicano Enrique Serna, me causaron desgano las primeras páginas, pero al avanzar hasta el final, la novela sobre la truculenta vida de Carlos Denegri me atrapó. También, como todo buen libro, me dejó cierta perturbación por los abismos a que puede llegar un hombre que se pone sin condiciones al servicio del poder. Esta biografía alentó también el recuerdo de un par de textos clásicos, como aquel de Balzac (Esplendores y miserias de las cortesanas, de su Comedia Humana) en el que se venga del periodismo y los periodistas, o el de las páginas juveniles de Marx sobre la libertad de prensa y la censura.

Fue hacia el final del libro que Serna, cuando da claves del carácter de “novela histórica” de su obra, menciona a Balzac para recordarnos, por una parte, que la historia dice “así fue”, cuando, por otra, la novela se limita a postular que “así pudo ser”, y a partir de ahí explica una “verdad poliédrica”, abundantemente documentada y tejida pacientemente, para recrear la vida del influyente periodista Denegri. El autor se muestra sumamente hábil para construir el entramado de esa historia, y de paso da muestras de una vitalidad creciente, ya precedida por obras como El seductor de la patria, y, muy de mi gusto, El miedo a los animales, que desnuda a la intelectualidad mexicana.

Por Marx, a su vez, supe que “el Gobierno, aquí, sólo escucha su propia voz, sabe que no oye más que lo que él mismo dice, se deja llevar del engaño de que está escuchando la voz del pueblo y exige que también el pueblo se deje engañar por este fraude”. Desprendo de esto que la calamidad de la que nos habla Serna tiene una historia muy profunda en las sociedades capitalistas, de corte autoritario, o de índole democrática. Por eso para Marx “la censura es la crítica oficial”.

Denegri fue el más influyente periodista de los años dorados del régimen priista. Tiempos en los que la prensa escrita ejercía una hegemonía total sobre la información que, a criterio del Gobierno, debía ponerse a la mano de los ciudadanos lectores, con una muy modesta competencia de la radio y ante la práctica inexistencia de la televisión y todo lo que llegó después con la era digital. De alguna manera estamos en la prehistoria del periodismo, y el Excélsior de entonces, dirigido por Rodrigo De Llano, era mediática e industrialmente similar al Imparcial del porfiriato, fundado por Rafael Reyes Spíndola. La vida de estos directores son convergentes por su función de mantener intacto lo establecido a toda costa, por tanto, enemigos abiertos de las libertades y de la crítica.

Denegri fue un hombre de muchas aristas. De padre desconocido y madre argentina, dispuesta a conseguirle nuevas paternidades, obtuvo para él la figura patriarcal de un hombre instalado en el poder de los años 20, con figuras centrales como Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, que le permitió viajar, cultivarse, aprender idiomas, buscar aventuras de relieve, por ejemplo durante la Guerra Civil española, e incluso aspirar a convertirse en poeta de renombre, suspirando –nunca pensó en lo pequeño– en convertirse en un Lord Byron, de lo que la realidad se encargaría de desengañarlo.

A grandes trancos afirmo que de ahí al ejercicio del periodismo de entonces sólo hubo un paso, y lo buscó a la sombra protectora de Rodrigo De Llano en Excélsior, al que le presentó la idea de un reportaje sobre el cacicazgo del general Maximino Ávila Camacho en Puebla, con cierto apego a la realidad. Sufre los embates del cacique, finalmente concluye su reportaje, lo entrega en la dirección del periódico y se percata de que el silencio es lo que vino a continuación. Rodrigo De Llano había cobrado 10 mil pesos por no publicarlo y, tiempo después, el general lo convierte en su sirviente para sus proyectos, abriéndole una ruta hacia el periodismo más corrupto y deleznable que podamos imaginar.

Más allá de si es o no el creador de la columna política en México, Denegri mantuvo varias que se hicieron proverbialmente famosas y terriblemente peligrosas cuando en la cima del poder político se decidía defenestrar a uno de sus prohombres, que lo mismo podía ser un alto funcionario que un miserable alcalde de un municipio sin importancia. Quizás la más famosa de esta columna fue Fichero Político, que en el nombre llevaba su venenoso propósito; pero también tuvo otros títulos más aterciopelados: Buenos Días, Miscelánea del Jueves, Rack y Rock, que eran la espada con la que golpeaba y extorsionaba, no nada más en lo político, sino también a los nuevos ricos del alemanismo en las páginas de Sociales.

No hay personaje de su época que no se cruzara en los caminos de Denegri, o a la inversa. Encontramos lo mismo al politicastro priista Francisco Galindo Ochoa que al mafioso narcotraficante Miguel Ángel Félix Gallardo; al periodista Manuel Becerra Acosta que al socialista Vicente Lombardo Toledano y al malogrado priista Carlos Madrazo. Hasta mi querido Alfonso Reyes –autor de la original Cartilla Moral que propala la Cuatroté– aparece en una casa non sancta. En cambio, José Vasconcelos simplemente acudía a cenas. En la obra debate con un periodista que sabe poner en su sitio a Denegri. Es Jorge Piñó Sandoval, con origen en el periódico comunista El Machete y director de la revista Presente, desde la que criticó a Miguel Alemán al alto costo de pagar con su destierro. No lo cambió ni un ápice, sus costumbres corruptas eran incorregibles. También están los presidentes Manuel Ávila Camacho, preponderantemente Miguel Alemán Valdez, Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz, hasta el quiebre que llegó a padecer como mortal con el arribo de Luis Echeverría Álvarez, que no fue el político favorito de sus pronósticos en sus columnas, provocándole su más grande desgracia.

Pero hay otros personajes también: los periodistas de la misma ralea, Manuel Mejido, Enrique Louvet Jr., Alfredo Kawage Ramia, y sin faltar el que sería su sucesor en la era tecnológica más avanzada: Jacobo Zabludovsky, quien un día le dijo: “Todo lo que sé lo he aprendido de ti… pero todavía me faltan muchas horas de vuelo para tener tus tablas”, ante cuyas sugestivas palabras Denegri pensó: “No me equivoqué… el nuevo Denegri eres tú”.

En Denegri se condensan muchas de las circunstancias de que adolecieron los políticos de mediados del siglo pasado. La prepotencia llevada a extremos, el cierre de burdeles para disfrutar en exclusiva la fiesta con los amigos, insultar a diestra y siniestra, portar armas y dispararlas en público, exhibir la vida privada con utilidades públicas y monetarias, bacanales a granel, seducción de mujeres bellas, ignorantes o ilustradas, misoginia exponencial, desmesura del elogio que se congela en la inutilidad final, y relaciones con los poderosos en cualquier parte que se encuentren. Y asuntos tan distantes de las facultades públicas como encargar a atrabiliarios jefes policiacos o gobernadores la búsqueda de parejas, novias, esposas o amantes. En la novela se narran los servicios que en ese sentido le prestó el general Práxedes Giner Durán.

Pero también hay otros personajes de la era de la urbanización e industrialización que llegó con el alemanismo: los cabarets, los vehículos deportivos, las colecciones de armas y pinturas, los diamantes, los abrigos de mink y las orquídeas. Quizá estos sean detalles menores en la obra, pero retratan un momento en la vida de México, en los excesos de una Revolución que, a decir del mismo Denegri, “se bajó del caballo y se subió al Cadillac”, reinaugurándose una corrupción que prácticamente llega hasta estos días, y que si bien creció con el neoliberalismo, de ninguna manera encuentra en este su paternidad única. Como Denegri.

Habitualmente, Denegri, para evadir la justicia, tenía su alma gemela en el que fue su asesor jurídico de cabecera: Bernabé Jurado, apodado El Abogánster, también un corrupto y ave de rapiña, depravado como pocos, era el Juan Collado de aquel entonces. A este marrullero el maestro Eugenio Aguirre le hizo su novela, aunque no ha tenido el éxito de la novela que comento, pero vale la pena leerla simultáneamente para comprender mejor el México del PRI de mediados del siglo pasado.

El sello distintivo de Denegri lo aporta su personalidad fragmentada. En la vida social, el dandy, el bienvestido, los bostonianos por calzado, la cortesía en el trato, la seducción del macho alfa, la presunción intelectual, la charrería y el rancho propio; la ostentación de conocer mundo, la búsqueda de la zona de exclusividad para vivir, y el apostar a ganar a una mujer a toda costa y a cualquier precio. Él sentía que el Estado tenía que resolverle sus necesidades genitales. En estos menesteres es donde más se revelan los complejos que atormentaron de por vida al nefasto periodista, que prometía una y otra vez rehacer un amor bajo la solemne oferta de que todo iba a cambiar en él. En realidad, siempre resultó lo contrario, menudeando humillaciones en público, como desnudar los pechos de su esposa ante las miradas de todos, o prenderle fuego al trasero de una mujer por el simple regocijo de hacerlo y de dejar que fluyera su odio visceral hacia la figura femenina. Todo esto, en una época en la que la política se hacía en el burdel o la cantina, y que convirtió a Denegri en un borracho que con dos whiskys o jaiboles, entre pecho y espalda, se transformaba en un verdadero endemoniado. Después de todas estas crisis recurrentes renacía el hombre benévolo, altruista, dispensador de apoyos a conventos, y la miserable presencia de una Iglesia católica, sus monjas y curas, que lo auxiliaban, vía la confesión o apoyos espirituales, para su salvación eterna.

Encontró su propia “autovenganza” al final de su vida, y es cuando su lacerada esposa le mete un disparo letal en la cabeza, algo que además se lo buscó por su cobardía para no suicidarse. Serna no le deja hueso sano cuando lo retrata así: “El trago era su némesis”.

Cuando un hombre de mi edad recuerda a Denegri, llega a su mente el periodismo de aquellos años, en particular sus faenas contra el Movimiento del 68, que ya empezaban a costarle muy caras al régimen, porque si bien había impunidad prodigada por el Estado, la sociedad empezaba a reaccionar en contra de esto, lo que de alguna manera explica la llegada a la dirección de Excélsior de Julio Scherer García, de quien se recuerda su mote de “Mirlo Blanco”, y quien le buscó hábilmente su caída del periodismo, justo en el momento en que Denegri pensaba que se convertiría en el más influyente vocero del poder, pero ahora desde la televisión, en una época en la que se construía lo que luego resultó el monopolio del “Tigre” Azcárraga y Televisa, hoy en decadencia.

Por esto y mucho más, las que pueden ser las máximas de Denegri, se sintetizan en expresiones como esta: “Con la iguala me pagas los elogios, pero mi silencio te sale gratis”; “Embute que no corrompa, tómalo”; “Los periodistas debemos estar informados de todo, pero no necesariamente divulgarlo… Gana más dinero por lo que calla que por hacer alharaca… Por encima de todo, vendemos silencio”. Y de ahí los corolarios: “Quien ha paladeado el poder de niño ya no se resigna a vivir sin él”; “Bien sabemos tú y yo que en la lucha por el poder y el dinero sólo juegan limpio los perdedores”, y el que quizá nunca entenderán los miembros de nuestra clase política, incluidos los de hoy: “Cuanto más exagerado fuera un elogio, menos credibilidad tenía, pero, ¿cómo explicárselo a los asesores de imagen de Los Pinos, que le exigían panegíricos desorbitados?”

Tanto la vida pública como la privada de Denegri, son la oportunidad que aprovecha Enrique Serna para presentarnos con su narrativa el sello de una era que sólo en apariencia consideramos superada. A él su biógrafo lo llama “el vendedor de silencio”, un silencio a través del cual hablaban los hombres del poder, pero que de ninguna manera era el lenguaje de la realidad que, de tan pesada, comenzó a caerse progresivamente, pero que no ha muerto, porque Denegris hay muchos todavía. Claro está que el periodismo es una labor que se ha de ejercer con dignidad y profesionalismo, esperando la retribución justa por quienes la hacen posible, que de ser así arrojará un producto invaluable para la sociedad, pero no significa que sólo subsistan en la utilitaria finalidad de la ganancia.

La novela de Serna nos deja una inquietante interrogación: en materia de medios, ¿dónde estamos plantados actualmente?

08 octubre 2019