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Sandra Lorenzano

14/11/2021 - 12:00 am

El exilio son los otros

En un taxi perdí la palabra “purgatorio”, les decía. ¿Qué hay entre el Infierno y el Paraíso?  Pero recuperé el limbo de mi exilio.

Dante. Imagen especial.

Anteayer olvidé la palabra “purgatorio”. Ahora que la escribo la siento prendida a mí con alfileres, y tengo que hacer un pequeño truco mnemotécnico para no volver a perderla. Estaba en el taxi, volvía a casa desde el aeropuerto y pensaba en Dante, no por pedantería sino porque dos días después (hoy) escucharía al poeta Raúl Zurita hablar sobre la Comedia, y quería llegar para apuntar la hora de la conferencia en una de las múltiples fichas blancas que cubren mi mesa (fichas llenas de notas, para no olvidar, como los papelitos que ayudaban a los habitantes de Macondo). Zurita, Dante, el Infierno y el Paraíso: por ahí iba el pensamiento más bien deshilvanado y vaporoso, mientras miraba las casas y edificios que bordean el Viaducto. Como siempre, pensaba además (quizás mi problema sea que navego todo el tiempo por las aguas de la imposible simultaneidad) que si me secuestraran tal vez me encerrarían en uno de esos departamentos, uno sórdido y oscuro, y nadie podría encontrarme. Ignoro si pensar en secuestros es resultado de vivir en esta ciudad y en este país, o si es resultado de ser hija del exilio, de escribir sobre violencias, o simplemente es un modo de conjurar el miedo. Los miedos.

Vuelvo al taxi: pensé Infierno, pensé Paraíso (con mayúsculas, claro). ¿Y entre uno y otro? ¿Cómo se llama lo que hay entre uno y otro? Silencio. Vacío. Caí en un pozo como podría haber caído en ese departamento oscuro. Secuestrada por mi propia cabeza. Apareció un frágil salvavidas: “limbo”. Es decir, tenía una idea más o menos aproximada, lo que me faltaba era la palabra. Me rehusé a buscarla en google, tenía que encontrarla dentro de mí. Pero, ¿cómo se busca en el vacío? Me obsesioné. La media hora de recorrido hasta llegar a puerto lo hice en un mar turbulento. No es la primera vez. No necesito que me digan que a todos nos pasa. Suele sucederme con los nombres cuando doy clase. Los escritores que amo, que he leído y trabajado de pronto desaparecen (otra palabra asociada a los secuestros, al país de acá y al país de allá). O son apenas espectros; los menciono con la certeza de que estoy diciendo un nombre equivocado. Pero ayer fue diferente, o eso pensé. Tal vez no sea más que un olvido en una ya larga cadena de olvidos y dudas que algún día me llevará al silencio. “Purgatorio” apareció de pronto, muchas horas después; no con la presencia luminosa de quien vuelve a casa, sino con la fragilidad de quien no recuerda bien dónde está esa casa. La etimología dice purgatorium, purgatorius: que limpia o purifica. A pesar de la purificación posible, “purgatorio” no me parece una palabra bella; mucho más bella es “limbo”. Sé que no significan los mismo, pero permítanme dejar que entre en juego la razón poética. ¿Me quedaré no en silencio sino rodeada sólo de palabras que me gustan, que resuenan en mí con un ritmo peculiar, que me llenan los ojos de paisajes o de rostros queridos? Sería un lindo trastorno, digno de Oliver Sacks. Pero, como soy más psicoanalítica que neurocientífica, pienso en las lagunas freudianas. ¿Qué se esconde en ese purgatorio que desaparece? ¿O quién desaparece entre las letras que me recuerdan más las purgas que la pureza?

Peri Rossi. Imagen especial.

Purgas, Odesa, los gritos de los cosacos y mi abuela bebé. Vuelvo siempre a las mismas imágenes. El espanto tatuado en sus huesitos, y sin embargo la risa, los colores, las ganas de vivir a sus noventa años. Del silencio de los olvidos a las presencias permanentes de unos pocos personajes. Anna Ajmátova escribe “Réquiem” y yo la cito en cada conferencia sobre la memoria para poder pensar en mi abuela. Como cuando digo “limbo” y aparecen Dante, Zurita y los secuestros.

Estoy escribiendo unos poemas con el título (provisorio, como todo) “Modos de desaparecer”. Habla de ganas de desaparecer. De ganas de abandonarlo todo. O casi. No habla de la violencia de acá ni de la de allá. Creo. Pero ahora pienso que habla de las palabras perdidas. Las que dejan un vacío.

Hoy no habrá conferencia de Zurita. Avisan que acaban de internarlo. Las palabras perdidas.

Encuentro esta frase: “El exilio te deja en un limbo del que no puedes volver hacia atrás ni ir hacia delante”[1]. Es de Carlos Beristáin, especialista en mediación de conflictos, miembro de la Comisión de Verdad de Colombia y del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes para el caso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Habla de limbo (la belleza de la palabra), de cuerpos perdidos, de asesinados (el horror más allá de las palabras), de migraciones y exilios.

En un taxi perdí la palabra “purgatorio”, les decía. ¿Qué hay entre el Infierno y el Paraíso?  Pero recuperé el limbo de mi exilio. Volví a María Zambrano, a Gelman, a Said. Volví a Cristina Peri Rossi cuyos poemas yo repetía de memoria cuando caminaba por primera vez por esta ciudad a la que llegué hace cuarenta y cinco años. Hoy que escribo estas líneas ella está cumpliendo ochenta y celebrando el Premio Cervantes. Cuando dicen: “Que pase el extranjero” a / veces no me doy cuenta de que soy yo. / El exilio son los otros (De Estado de exilio).

¿Así que éste era el limbo que me buscaba en el recorrido desde el aeropuerto? No sé si toda la gente cuando vuelve de viaje se pregunta dónde está su hogar. Para mí es un leit motiv del regreso. Cuando entro a casa me asaltan un par de minutos de desconcierto. Aquí es. ¿Aquí es? Después me dejo abrazar por el espacio conocido. Estos metros cuadrados son mi patria. Me resisto a caer en las garras de la nostalgia; por eso Peri Rossi: porque el erotismo y el humor hacen del exilio algo más que derrotas y dolores. Algo más que palabras que caen en el vientre negro del olvido. …de todas las catástrofes, incluida la del exilio, nos salva la libido, escribe.

No conoce el arte de la navegación / quien no ha bogado en el vientre / de una mujer, remado en ella,/ naufragado / y sobrevivido en una de sus playas (“Bitácora”)

Plegaria laica que ignora purgatorios e infiernos, secuestros y ausencias. Celebración de pieles y mares, aunque a veces las palabras se me escondan y me invada la fragilidad del instante (“Detente, eres tan bello”).

¿Cuál es mi casa? / ¿dónde vivo? / Mi casa es la escritura / la habito como el hogar de la hija descarriada / la pródiga / la que siempre vuelve para encontrar los rostros conocidos / el único fuego que no se extingue (De Habitación de hotel).

El único fuego que no se extingue.

Así sea.

 

 

[1] En https://comisiondelaverdad.co/actualidad/noticias/el-exilio-te-deja-en-un-limbo-un-limbo-del-que-no-puedes-volver-hacia-atras-ni-ir-hacia-delante

Sandra Lorenzano
Es “argen-mex” por destino y convicción (nació en Buenos Aires, pero vive en México desde 1976). Narradora, poeta y ensayista, ha sido miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Actualmente se desempeña como Directora de Cultura y Comunicación Social de la Coordinación para la Igualdad de Género (UNAM). Creó y condujo durante seis años el programa de radio “En busca del cuento perdido” (Horizonte/IMER), así como los programas de televisión "Las otras voces" (TV UNAM) y "Pasiones y obsesiones. Secretos del oficio de escribir" (Rompeviento TV). Ha publicado las novelas Saudades (FCE), Fuga en mi menor (Tusquets), La estirpe del silencio (Seix Barral), y El día que no fue (Alfaguara, 2019), así como los poemarios Vestigios (Pre-Textos) y Herencia (Vaso Roto, 2019), y varios libros de ensayo.
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