Actualmente, aproximadamente unos 170 estudios epidemiológicos observacionales han examinado la relación entre la actividad física y la prevención del cáncer. La investigación ha proporcionado evidencia de que la asociación del ejercicio con el riesgo de cáncer es convincente para el cáncer de colon y de mama; probable para el de endometrio; posible para los de próstata, gástrico y de ovario; e insuficiente para todos los otros tipos de cáncer.

Por Marta Chavarrías

Ciudad de México, 15 de enero (ElDiario.es).– Aunque no se pueden controlar ciertos factores de riesgo para el cáncer, como la genética, es posible que podamos hacer algo para reducir las probabilidades. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que aproximadamente el 35 por ciento de las muertes relacionadas con el cáncer se atribuyen a cinco factores de riesgo conductuales y dietéticos:

El interés en la actividad física como una forma de prevención primaria del cáncer está aumentando cada vez más a medida que la evidencia de un posible efecto protector está siendo más sólida. Junto con la ingesta dietética, la inactividad física puede ser uno de los principales factores de riesgo de cáncer que puede modificarse con un giro en el estilo de vida.

Según un informe del American Institute for Cancer Research y el World Cancer Research Fund, los cambios positivos en el estilo de vida, incluida la alimentación adecuada y equilibrada, mantener un peso corporal saludable y hacer ejercicio puede reducir la cantidad de diagnósticos de cáncer en un 50 por ciento.

Estudios epidemiológicos observacionales han examinado la relación entre la actividad física y la prevención del cáncer. Foto: Moisés Pablo/Cuartoscuro/archivo

EL PAPEL DEL EJERCICIO FÍSICO EN LA PREVENCIÓN DEL CÁNCER

Actualmente, aproximadamente unos 170 estudios epidemiológicos observacionales han examinado la relación entre la actividad física y la prevención del cáncer. La investigación ha proporcionado evidencia de que la asociación del ejercicio con el riesgo de cáncer es convincente para el cáncer de colon y de mama; probable para el de endometrio; posible para los de próstata, gástrico y de ovario; e insuficiente para todos los otros tipos de cáncer.

En el cáncer de mama, un metaanálisis de 31 estudios publicados en Breast Cancer Research and Treatment determinó que se reduce en un 12 por ciento el riesgo de cáncer de mama entre las mujeres físicamente activas. Esto ocurre porque el ejercicio reduce los niveles de estrógeno en la sangre (los niveles más altos de estrógeno aumentan el riesgo de cáncer de mama). También se ha demostrado que el riesgo de cáncer de mama posmenopáusico es mayor para las mujeres con sobrepeso y obesidad, y que este riesgo aumenta a medida que lo hace el índice de masa corporal.

Para el cáncer de colon, uno de los cánceres más estudiados en relación con la actividad física, los estudios corroboran que los efectos del ejercicio físico regular son convincentes y consistentes. La investigación revela que la reducción del riesgo es de un 24 por ciento. Esto podría responder a que la actividad física reduce el tiempo de tránsito para los desechos que se mueven a través del intestino grueso, lo que disminuye la cantidad de tiempo que la mucosa (el revestimiento del colon) está expuesta a posibles carcinógenos, como los ácidos biliares.

La actividad física reduce las posibilidades de padecer cáncer de mama y colon. Foto: Galo Cañas/archivo

En el caso del cáncer de endometrio, en un metaanálisis de 33 estudios, la reducción promedio del riesgo de este tipo de cáncer asociada con una actividad física alta frente a una baja es de un 20 por ciento. Para otros tipos de cáncer, la evidencia de una relación con la actividad física es más limitada. Un estudio del Instituto Nacional del Cáncer, publicado en JAMA Internal Medicine, respalda de manera firme la teoría de que el ejercicio regular reduce el riesgo de algunos tipos de cáncer.

Tras registrar 190 mil casos de cáncer, los expertos compararon las tasas de la enfermedad entre las personas con los niveles más altos de actividad física y las personas con los niveles más bajos de ejercicio. Y descubrieron que los de los niveles más altos tenían tasas más bajas de cáncer de esófago, pulmón, riñón, colon, cabeza y cuello, recto, vejiga y mama. Las tasas en las personas más activas fueron de entre un 7 por ciento a un 38 por ciento más bajas que en las personas menos activas.

CUÁNTO EJERCICIO Y CÓMO

Las recomendaciones estiman que es necesario al menos de 30 a 60 minutos de actividad moderada cada día. ¿Qué se entiende por actividad moderada? Se trata de cualquier actividad que aumente de forma leve pero notable de la respiración y la frecuencia cardiaca, como caminar a paso ligero, nadar o ir en bicicleta. Una actividad más elevada se puede definir como aquella que hace aumentar en un 70 por ciento a 85 por ciento la frecuencia cardíaca máxima; incluye actividades como jugar a fútbol, squash, ejercicios aeróbicos, trotar…

Lo que hace el ejercicio es aportar unos efectos biológicos en el cuerpo, algunos de los cuales pueden explicar ciertas asociaciones con determinados cánceres: disminución de los niveles de hormonas como la insulina y el estrógeno; prevención de obesidad; mejorar la función del sistema inmunitario, etc.

Aunque los expertos reconocen que se necesita más investigación que aporte evidencia más sólida sobre este tema. En concreto, sobre el tipo exacto de ejercicio, la dosis y el momento, que parece que siguen sin estar claros. Debe tenerse en cuenta que la mayor parte de la evidencia se basa en estudios observacionales (un estudio que se define por tener un carácter estadístico) realizados en distintas poblaciones.

De lo que no dudan los expertos es que el ejercicio sí se ha convertido en una forma efectiva de prevenir el cáncer porque la adrenalina que se libera durante el entrenamiento puede ayudar a prevenir la propagación y el desarrollo de metástasis en otras partes del cuerpo. El ejercicio, además, puede facilitar el tratamiento.

Por el contrario, y según el Instituto Nacional del Cáncer, el sedentarismo puede convertirse en un factor de riesgo para el desarrollo de afecciones crónicas, entre ellas el cáncer. Es más, se ha demostrado también un aumento de la mortalidad en aquellas personas sedentarias, con poca o ninguna actividad física.

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