Casa Caracol, Xilitla, S.L.P. Foto Tomás Calvillo Unna. Foto: Especial

LXIV
observas como intentan
anidar en tus días
esos deseos que se arremolinan
e irrumpen
tus párpados cerrados los contienen
incrustados
en esa masa encefálica

se proyectan dominantes
sus raíces alcanzan
las entrañas de la carne

suelen cegar
y volverse hoguera
demencial crispación

observas ese universo
el cielo que no deja
de estar ahí
creciente dicen
interminable expandiéndose
cuesta trabajo imaginarlo así
sin números ni fórmulas
más trabajo saber
que está en ti
rezagado y ajeno
ante la densidad de tu cuerpo
que se anuda a sus instintos
su inmemorial apetito
te ausenta del inmenso palpitar
ese clamor del origen
que nos orienta

 

Una verdad
No hay un dolor,
hay dolores y muchos,
pequeños, medianos y grandes
y unos de verdad inmensos
que nos rebasan y necesitamos
a otros para que no se derrumbe todo

los que leímos la vida de Siddhartha,
en una de sus versiones, nos vemos
de pronto en ese espejo:
pobreza,
enfermedad, vejez, muerte

nos congela el alma y tritura el cuerpo,
reconocer esa verdad contundente,
que no está a discusión,
que no pertenece a ideología alguna
y es la misma
en todos los idiomas de la tierra

unos la ven en el Cristo crucificado
pronunciando sus últimas palabras
“Oh Padre por qué me has abandonado”

ese divagar en la vida,
en la encarnación
cuyo último aliento
es la soledad, el fin
la orfandad

otros piden clemencia en los muros
y dejan sus mensajes en los intersticios
de las piedras;
con su inteligencia buscan descifrar el olvido
y dominar la tierra
aunque pretendan el cielo

unos más posan su frente en el piso
y el fuego de sus corazones los incendia
todos buscan en la palabra la respuesta,
una salida, aunque sea de emergencia,
al dolor
de saberse criaturas sin sentido.