¿Cómo despreciar una cena en Palacio Nacional que ofrece la Presidencia de la República? Foto: Presidencia, Cuartoscuro

La cena frugal que AMLO ofrece a los 100 empresarios más poderosos “con dimensión social” para que disfruten de los tamales de chipilín con chocolate -una vianda de la gastronomía popular de Chiapas- tiene varios mensajes para ese mundo del poder económico.

Servir tamales en esa cumbre de la política y la economía suena a broma. Es mover radicalmente las coordenadas que tradicionalmente han marcado este tipo de conclaves donde las grandes gastronomías y cavas del mundo han hecho acto de presencia para más que arreglar el país hacer grandes negocios.

Un gesto singular solo comparable con las convocatorias que hacían Luis Echeverría y su esposa Esther Zuno, quienes deleitaban a sus invitados con lo mejor de la gastronomía mexicana y las infaltables aguas frescas de jamaica, sandía, melón.

Esos aquelarres marcados por la sobriedad eran una verdadera estampa del llamado nacionalismo mexicana que la señora Zuno adornaba con la costura y la música regional.

Es decir, aquellos conclaves eran verdaderos actos simbólicos, de nacionalismo y tercermundismo, que la gente agradecía por reivindicar lo nuestro por encima de otro tipo de ofertas gastronómicas extranjeras.

Nada que ver con lo que vendría después en el periodo neoliberal que descartó ese tipo de menú para reponer al mejor estilo porfirista la gastronomía europea y los mejores caldos de los viñedos de Francia.

Son opciones que siempre estarán compitiendo y si esto es el mundo de las formas, el fondo no puede ser distinto, los nacionalistas siempre defenderán la narrativa de lo “nuestro” mientras los neoliberales en el mejor de los casos algo más heterodoxo, más acorde con los estándares internacionales.

Ahora bien, esto llevado al fondo, lo que está detrás de esos tamales de chipilín y chocolate no es difícil encontrar, hay un acto intencionado de meter en la narrativa del poder político un elemento de subsidiariedad a fuerzas con el proyecto de nación.

Seguramente muchos de los empresarios que asistieron a la cena lo hicieron a disgusto de su interés, sintieron que además de la “manita de cochi”, había algo de humillación al llamarlos a comer tamales.

Pero ¿cómo despreciar una cena en Palacio Nacional que ofrece la Presidencia de la República? Son ese tipo de invitaciones a las que no se quiere ir, pero el compromiso manda, y se tendrá que ir, además con la chequera en mano.

Esa es la otra parte, el Presidente López Obrador, de antemano hizo público el sentido de la cena con olor a Chiapas, para que nadie se llame a engaño, en el conclave los asistentes deberían comprar bloques de boletos de una rifa del avión presidencial, que no será de un avión, sino de veinte millones por 100 veces.

Kafkiano, bien respondió Salvador Dalí, cuándo un periodista le preguntó sobre la razón de que nunca haya estado en México, simple y llano: “Se me agota la imaginación”.

No se sabe de los resultados económicos de la cena del 12 pero es previsible que los empresarios hayan entrado al quite aun cuando no lo desearan, porque se sienten presionados, pero la cultura de la relación poder político y económico manda y había que apechugar.

Tiene una larga historia.

Es una dialéctica con la que ha funcionado el ejercicio de poder, sea por la vía de las compensaciones o los castigos.

Las primeras recordemos durante mucho tiempo funcionaron, hoy por fortuna la ley lo impide, con la cancelación de los llamados “perdones fiscales” que representaron una sangría multimillonaria para el país.

En tanto, la segunda, caer en desgracia ante el poder político significaba prácticamente la persecución fiscal o cualquier triquiñuela legaloide para hacer sentir de qué lado estaba el poder.

AMLO, por supuesto deplora mediáticamente aquellas prácticas, sin embargo, la política tiene varias caras y recursos coercitivos y más cuando se trata de una “rifa” que tiene como fin, que el dinero recogido, sirva para dotar de recursos a los hospitales públicos que bien sabemos sufre del mal del desabasto.

Esto, me recuerda, aquella iniciativa cardenista de recaudar dinero privado para pagar a las empresas extranjeras que fueron expropiadas con motivo de la nacionalización de la industria petrolera y la respuesta fue masiva. Ahí están las imágenes de Casasola donde la gente llevaba lo que tenía con tal de que el Gobierno tuviera para pagar a los acreedores.

No estoy seguro de que vaya a suceder lo mismo con la “rifa”, aquel gran espíritu nacionalista no existe más lo que hay es obradorismo, incluso la propia coacción que se ejerce a los empresarios así parece indicarlo, pues no se puede arriesgar que esto termine en un fracaso económico, de ahí que haya que amarrar la compra de grandes bloques de los boletos.

Seguramente hay desconcierto entre los grandes empresarios pues saben que esta colecta de recursos servirá para un bien público, cómo son los hospitales que hoy pasan por un serio problema de abasto de equipos y medicamentos, pero al final de cuentas lo perciben como parte de una política social del Gobierno que en su lógica no está sosteniendo las finanzas sanas porque simplemente el país está estancado sin crecimiento económico.

Entonces, es probable que perciban, que está puede ser la dinámica en tanto se logra la recuperación económica, y eso terminara mal, sobre todo si sigue la lógica de que todos ellos son parte de la “mafia del poder”.

En definitiva, estos ejercicios del poder si bien resultan para muchos actos de justicia, de una pequeña devolución de los que se han enriquecido gracias a las relaciones con el poder político, en los hechos son antídotos momentáneos, son como las aspirinas para calmar el dolor, pero el problema de fondo sigue y esto de no enderezarse con los recursos del Estado mexicano terminara provocando mayores problemas.

Y el tamal chipilín con chocolate, no servirá ni para mitigar el hambre.

Al tiempo.