Por buena que sea la serie, la literatura impresa seguirá teniendo muchas más posibilidades. Foto: Fernando Carranza García, Cuartoscuro

Mencioné en unos Apuntes literarios anteriores, cómo ser escritor de novelas en este país (y en muchos otros) es un mal negocio debido a la relación de horas de trabajo contra ingresos percibidos. Hablé de las novelas porque, sin duda, son el producto editorial literario más exitoso. De ahí que escribir otros géneros sea un peor negocio.

Durante los años de mi infancia y juventud viví el estigma de que la televisión era mala. Términos como el de “la caja idiota” llegaban a las conversaciones sin empacho. Además, yo no tenía acceso a la televisión de paga como la mayoría de los habitantes de este país. Así que, en efecto, debí resignarme a los pésimos contenidos de la televisión abierta.

Años más tarde, cuando la oferta ha crecido tanto en los sistemas de cable como en los productos bajo demanda, escucho por doquier que existen series buenísimas. Tanto, que la propia industria editorial reconoce que los tiempos de lectura nocturnos se han reducido porque su público cautivo (esos lectores por placer) optan, cada vez más, por consumir productos de ficción provenientes de estos sistemas de contenidos.

Voy a dejar de lado la discusión sobre si una excelente serie de televisión es comparable con un buen libro o no. Para eso se necesitarían demasiadas cuartillas y siempre quedará la subjetividad de los espectadores-lectores como la última palabra. Lo cierto es que, cada vez con mayor frecuencia, reconocemos que muchos escritores de novelas, por ejemplo, han dado el salto hacia los guiones. Esto es natural por muchos motivos pero, sobre todo, por uno: el dinero. Alguien que ocupa un año de su vida en escribir una novela podría ganar menos de cinco mil dólares. En contraparte, existen series producidas nacionalmente que pagan el doble por capítulo escrito.

No sólo me parece lógico el coqueteo de los escritores con los medios audiovisuales, pues de algo se debe vivir. También, considero que es una nueva opción para quienes se han dedicado profesionalmente a la escritura. Incluso para aquéllos que venden los derechos de un determinado libro para que se adapte al cine o a las consabidas series.

Es claro que este salto, esporádico para algunos autores, no ofrece todas las soluciones posibles. De entrada, porque el mercado de las series también está saturado, porque las mayores producciones son extranjeras, porque ser un buen narrador no garantiza que se sea buen guionista. Además, siempre existe la sombra del algoritmo. Las grandes productoras de contenido piden nuevos materiales bajo encargo, toda vez que han analizado su mercado y necesitan determinadas historias o temas, lo que reduce la posibilidad de proponer (para que luego acepten) contenidos originales.

Por otra parte, también es plausible el esfuerzo de ampliar el rango de la escritura. No sólo porque el cobro puede permitir concentrarse en esfuerzos literarios posteriores. También, porque la creatividad encuentra nuevos cauces al enfrentarse a diferentes entornos. No soy de quienes creen que un escritor que se contrata para una serie esté pervirtiendo sus capacidades ni traicionando su talento. Por el contrario, ahora que vemos excelentes series de televisión, podemos concluir que éstas funcionan bien gracias a que, antes que nada, tienen un buen guion que, en muchos casos, es producto del trabajo de un escritor literario. Bienvenidas sean, entonces, esas historias contadas por profesionales.

No lo quise abordar ahora pero no quiero dejar pasar la oportunidad de decirlo: por buena que sea la serie, la literatura impresa seguirá teniendo muchas más posibilidades. Su grandeza radica justo en las letras formando un camino sobre el papel.