Esa vida a la que no se le retoma instantáneamente el gusto, porque uno sabe -esta es la profunda ilustración del viaje- que la vida puede ser de otra manera y esta ponzoña no se disuelve de inmediato. foto: Especial.

Es una frase hecha y una verdad enorme decir que “los viajes ilustran”, porque, en efecto, por más ciego que uno sea se asoma a otros paisajes, conoce otras personas: se tropieza, lo quiera o no, con otra cultura. Qué tanto se atreva uno a probar lo distinto acentúa la distancia del viaje y hace más abundante el repertorio de experiencias que ilustran.

Sin embargo, hay en nosotros una parte muy conservadora que se rehúsa a experimentar y procura quedarse en las fronteras de lo conocido; son pocos quienes se atreven a llevar de viaje a su paladar, a su religión, a su moral y, sobre todo, a sus puntos de vista. Todo esto se mantiene -por muchos kilómetros que medien- como si no se hubiera salido de casa y al regresar se mantienen tan poco ilustrados como antes de partir.

Pero al margen de lo que cada quien aprenda cuando viaja y de que tan corta o extrema haya sido su aventura en todos se presenta un fuerte cambio, pues nadie abandona impunemente el molde de su vida. Hasta el más conservador de los viajeros, aquel que lleva toda su casa a cuestas, pues come lo de siempre, plática lo de siempre con los mismos de siempre y se mantiene refractario a cuanto lo rodea, también en este se presenta un fuerte cambio: comprender que la vida o que su vida bien podría ser de otra manera.

Nadie regresa igual de resignado, de sumiso, de acostumbrado a enfundarse en el guante de su vida luego de vacacionar, aunque hayan sido unas semanas, en otro contexto. Qué estrecha u holgada amanece la vida al volver de un viaje, qué grises o soleados son los días del retorno, qué despintados y desconchados parecen los edificios, qué amontonadas o vacías las calles, qué distantes, porque quien cambia es uno y no el croquis entumido de la vida que se dejó por unos días. Esa vida a la que no se le retoma instantáneamente el gusto, porque uno sabe -esta es la profunda ilustración del viaje- que la vida puede ser de otra manera y esta ponzoña no se disuelve de inmediato: el veneno de lo distinto tarda en ser absorbido, tarda unas horas, unos días, unos años para convertirse en la rutina de antes, en la rutina resignada de antes: es un jet lag no físico, sino moral.

Sin embargo, no quiero pecar de optimista, pues la vida cotidiana es como el agua que literalmente todo lo soluciona o como las arenas movedizas y los pantanos; se estremece un instante, parece que se altera, que la transformación ocasionada por el viaje va a resultar profunda; pero no, con una prontitud esclava absorbe lo nuevo, lo intruso y, de golpe, todo está nuevamente terso: la vida cotidiana es un pantano mustio.

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