SinEmbargo comparte el ensayo Lo que la antropología puede aportar al estudio del plagio, incluido en el libro Plagie copie manipule robe reescriba este libro, de Valeria Mata, antropóloga mexicana.

Por Valeria Mata 

Ciudad de México, 15 de junio (La Cifra Editorial/SinEmbargo).– La copia, el plagio, la apropiación y la intertextualidad son conceptos polémicos. Si bien gradualmente han dejado de ser considerados tabú, siguen siendo cuestiones que suscitan desafíos no solo estéticos, sino filosóficos, económicos y jurídicos. La copia, comúnmente castigada en el ámbito artístico y creativo, suele considerarse una práctica poco ética cargada de repudio social que se presenta como amenaza a la “originalidad”. Sin embargo, es importante decir que las exigencias de autenticidad y las sanciones sociales a la copia tienen variantes en las diferentes culturas y los distintos ámbitos del campo artístico. El acto de copiar o plagiar no es una transgresión universal como normalmente se afirma, y lo prohibido dentro de las prácticas literarias ha ido cambiando a lo largo de los años. Como afirma Gerard Vilar, “en el pasado los artistas se copiaban unos a otros o se inspiraban abiertamente en las obras de los maestros. Era parte del juego de los lenguajes artísticos” (Vilar, 2010:254). En el siglo XVI, Montaigne citaba a Séneca sin comillas y en esa época hubiera sido totalmente insensato denunciarlo como plagiario. Así, tanto las prácticas de copia, plagio, reciclaje, pastiches o imitaciones, como su aceptación y rechazo representan un valioso indicador acerca del estatus de los valores propios de la sociedad y el ámbito en el que suceden.

¿Cómo desmontar la valorización negativa de las copias y los plagios? Uno de los intereses principales de este trabajo es la posibilidad de cuestionar de forma crítica conceptos que se han naturalizado, como la originalidad, la genialidad del autor individual o la propiedad privada de las obras artísticas. Para ello, la antropología social puede aportar reflexiones fértiles al hacer evidente que en la literatura, como en todo campo social, se producen continuamente batallas por los significados. Por tanto, los valores que sustentan el funcionamiento del campo son sumamente volátiles y las categorías que supuestamente determinan su práctica son semánticamente inestables y varían según el contexto. En este sentido, la definición de la práctica etnográfica que Lisa Rofel propone resulta pertinente para estudiar este tema, pues se trata de poner especial atención al “modo contingente en que surgen todas las categorías sociales, se naturalizan, y se interceptan con la concepción de la gente sobre sí misma y sobre el mundo y, más aún, por el modo en que esas categorías se producen a través de la práctica cotidiana” (Rofel, 1994: 703).

Esta investigación parte de que la creatividad puede manifestarse de múltiples maneras y propone que las copias, las apropiaciones y las prácticas intertextuales también tienen un valor estético, social y crítico que merece la pena analizar a detalle. A partir de entrevistas, análisis de casos, ejemplos artísticos y literarios, mi intención es mostrar que estas prácticas no suponen un ataque al funcionamiento del arte ni a los valores éticos, sino que son más bien procedimientos estéticos, transgresiones, herramientas creativas, juegos, cuestionamientos críticos al sistema de autoría y al valor de la originalidad.

La exigencia de originalidad y las distintas concepciones y valorizaciones de la copia pueden aplicarse a otras categorías que no se relacionan con la producción cultural o artística, sin embargo me centraré específicamente en las prácticas de copia, plagio y apropiación dentro del ámbito del texto y la producción literaria por ser un tema más cercano a mis inquietudes y posibilidades. En términos disciplinarios, esta investigación se sitúa en una zona de intersección. Dada la naturaleza del objeto de estudio, mi marco teórico fue necesariamente ecléctico, pues muchos de los textos que utilicé provienen de ámbitos diversos como la literatura y la crítica literaria, la estética, la filosofía, la poesía, o la historia del arte.

¿Por qué escribir sobre temas literarios y artísticos desde la antropología? Los cruces entre las disciplinas artísticas y la antropología se han hecho más fluidos en décadas recientes, sin embargo, no constituyen un tópico central. Considero que las reflexiones críticas de cuestiones como éstas, construyen espacios que apuestan por la transversalidad y el encuentro –tan necesario– de los saberes. Si bien es posible estudiar una obra y sus sentidos a partir de análisis exclusivamente literarios, comparto la reflexión de Néstor García Canclini cuando apunta que “el estudio del conjunto de operaciones mediante las cuales los objetos alcanzan apreciación estética, son rechazados, y pasan luego, de la nada al canon, piden enfoques socioantropológicos” pues “el objeto literario es, más que las obras o el acto inaprensible de la creación, el proceso sociocultural de su elaboración, su tráfico las modulaciones en que se altera su sentido” (García Canclini, 2014:79). Estos enfoques [socioantropológicos] nos han hecho ver que aquellas prácticas que tradicionalmente se han analizado como individuales, aisladas o puramente psicológicas son más bien fenómenos sociales. El acto de leer, por ejemplo, no es un hábito que se aprenda y se realice en solitario, sino que tiene un sentido relacional; así como la escritura, que como veremos a lo largo de este trabajo, tampoco es una acción individual ni su aprendizaje ocurre al margen de la sociedad.

También es clave preguntarse qué peso tienen las representaciones sociales de lo que es un artista, un lector o un escritor. Reinaldo Ladagga, en su libro Estética de la emergencia, muestra de qué manera las creencias – la idea romántica del escritor como genio que crea en solitario y por inspiración divina, por ejemplo– son suficientemente capaces de organizar de modo coherente un conjunto de prácticas, instituciones, actores, objetos, emociones y sanciones a lo largo del tiempo. Así, en todas las épocas y culturas encontramos ritos sociales y comportamientos reglamentados –junto con cuestionamientos a la regla– alrededor de las prácticas artísticas, la escritura y la lectura. Las formas en las que se organizan la producción de textos y las modalidades de acceso a ellos están social e históricamente pautadas y diferenciadas, por tanto, las definiciones vigentes de lo que es la literatura, la creación artística o el autor no son inmutables.

La cultura y el tiempo en los que vivimos nos retan a repensar los conceptos que creíamos incuestionables. Hoy en día, la comunicación entre los textos está más extendida que nunca, lo que favorece el intercambio constante de material literario entre productores, distribuidores y lectores. Así pues, en los últimos años, muchos escritores se han pensado a sí mismos como “plagiarios”, reivindicado esta condición y haciendo manifiesta la intertextualidad de sus obras. Es decir, al irse modificando las opiniones y posturas en relación a la copia, ha aumentado el interés de artistas y teóricos por investigar, experimentar y cuestionar la representación de la creación como un acto ingenioso y singular producto de un sujeto individual, al tiempo en que se replantean críticamente los procesos de producción artística.

Pretendo que esta investigación no sea un texto cerrado, sino una lectura que provoque nuevas búsquedas, saltos repentinos e interpretaciones distintas. Me gustaría que pudiera surgir ese tipo de lectura que Roland Barthes llama “irrespetuosa, porque interrumpe el texto”, que pudiera ser leída “levantando la cabeza” constantemente, como cuando el mismo Barthes nos pregunta “¿nunca les ha sucedido, leyendo un libro, que se han ido parando continuamente a lo largo de la lectura, y no por desinterés, sino al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, de excitaciones, de asociaciones? En una palabra, ¿no les ha pasado nunca eso de leer levantando la cabeza?” (Barthes, 1994).

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