Jana, Brit, Daniel y Henry no se habrían hecho amigos si no se necesitaran el uno al otro. Nunca se habrían conocido de no ser por el arte que los apasiona y los une. En definitiva, si no se amaran tanto como aman la música, el cuarteto Van Ness jamás habría existido. Su historia está en El cuarteto, de Aja Gabel. 

Ciudad de México, 15 de junio (SinEmbargo).– En esta maravillosa primera novela de Aja Gabel, la historia del cuarteto Van Ness es una conmovedora metáfora de la ambición y la lealtad de un grupo de amigos que, una y otra vez, se escogerían para siempre.

Jana, Brit, Daniel y Henry no se habrían hecho amigos si no se necesitaran el uno al otro. Nunca se habrían conocido de no ser por el arte que los apasiona y los une. En definitiva, si no se amaran tanto como aman la música, el cuarteto Van Ness jamás habría existido.

Cada uno tiene una historia que contar y un secreto que guardar: Brit es el segundo violín, una mujer hermosa y silenciosa que lleva a cuestas su orfandad. En la viola está Henry, un prodigio en la música que ha sido infravalorado porque todo le resulta muy fácil en la vida.

El mayor de todos es el chelista, Daniel, un escéptico que va de una relación a otra ignorando el vacío que siente. Y en el primer violín está Jana, su perseverante y aguerrida líder, guiando la vida del cuarteto como si fuera su obra maestra personal.

*La información anterior pertenece a Grupo Planeta. 

SinEmbargo comparte un fragmento del libro El cuarteto, de Aja Gabel. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta.

***

JANA

PRIMER VIOLÍN

Mayo de 1994 San Francisco «Es una historia de amor», había dicho el violinista famoso, y aunque Jana sabía que era así, esas palabras le daban vueltas en la cabeza cuando empezó a tocar en el escenario. Esa semana, un poco antes, el famoso violinista Fodorio había tenido un ensayo con el cuarteto, y eso era lo que había dicho al terminar un primer ensayo del «Americano» de Dvořák, aunque, según Jana, definitivamente no era una historia de amor. Sin embargo, mientras estaba ahí, en el escenario, con el cuarteto de cuerdas Van Ness en su último recital de graduación del conservatorio, durante las brillantes notas iniciales del primer movimiento, en lo único que podía pensar, en la medida en que estuviera involucrado el pensamiento, era que quizá sí se tratara de una historia de amor.

Era una carta de amor al país, según lo comprendía ella a partir de sus clases. La interpretación del campesino europeo en las canciones folklóricas estadounidenses, según Dvořák. Sin embargo, ¿cómo podía alguien pensar que fuera una historia de amor romántico? A Jana le parecía más clásico: una persona se enamora del sueño de un lugar, de la vida que podría vivir ahí, de algo que no fue pero podría ser. Se trataba del brillo en sí mismo, de esas cosas casi visibles que sobrevuelan justo por encima del pavimento caliente de la vida. Potencial, aspiración, logro. De cualquier manera, el violinista famoso que había ensayado con ellos —Fodorio, no podía decir su nombre— era una especie de imbécil, por lo menos en lo tocante a enseñar. Jana jamás se lo habría dicho a la cara, pero disfrutaba el solemne placer interior de su desdén. ¿Qué sabía él? Esto era lo que ella sabía: que el «Americano» de Dvořák hablaba de la oportunidad simple de Estados Unidos, y nadie estaba más cerca de identificarse y aprovechar esa oportunidad que ella. Para cuando entró el solo de viola de Henry, tres barras más tarde, ella ya había vuelto a tomar la decisión: no, no era una historia de amor.

«Es una historia de amor» no era algo que Henry recordara de la sesión de ensayo y definitivamente no era lo que le pasaba por la mente cuando inició la garbosa melodía de la tercera barra del «Americano». En cambio, lo que se removía en su interior era lo que Fodorio había dicho al darle su tarjeta mientras guardaba su viola. «Llámame si decides que este asunto del cuarteto no es para ti —le dijo—. Puedo preparar unos cuantos recitales frente a las personas adecuadas de Nueva York. Podrías tener una estupenda carrera como solista». Henry había aceptado la tarjeta sin decir palabra, la había deslizado en el bolsillo interior de terciopelo de su estuche y no la había movido desde entonces. Sin embargo, la tarjeta emitía su vibración desde ahí. «Si decides que este asunto del cuarteto no es para ti», como si Fodorio ya hubiera resuelto que no era para él y simplemente estuviera esperando a que Henry llegara a la misma conclusión. No obstante, Henry no había decidido nada. Nunca decidía nada, tan joven como era y bendecido con el tipo de talento que tomaba por él sus decisiones de vida.

Que se tratara o no de una historia de amor no preocupaba a Daniel, ya que en esos días no tenía espacio en su vida para el romance o el amor, ni para los síntomas o efectos secundarios de cualquiera de las dos cosas. No tenía espacio porque debía practicar el doble de tiempo para ir a la par del resto del cuarteto y sus enloquecidas habilidades naturales, en especial de Henry, cuyo obsceno talento rasgaba el límite del prodigio: podía tocar borracho, ciego, enamorado o sin amor. No había espacio para el amor en la vida de Daniel cuando tenía que desempeñar empleos reales además de estudiar, haciendo turnos en un bar en el Castro, aceptando trabajos en bodas cuando podía y dando clases de chelo para chicos adinerados de Pacific Heights. «Es una historia de amor»: claro, está muy bien, pero ¿qué más?

Desde luego que es una historia de amor, pensó Brit, aunque para ella todo era una historia de amor. Esta nota y aquella otra, esta melodía alegre en contrapunto, su armonía de segundo violín, el intangible colectivo, el acuerdo que podía escucharse. Su relación con Daniel, que él había segado con frialdad unos días antes. Incluso la ausencia de amor era una historia de amor para ella. Aun este dolor, este sufrimiento era útil. Sin embargo, imaginaba que un día no necesitaría ese conocimiento, o fantaseaba con volver a vivir su vida y empezar de cero, de manera que no tuviera que saber eso, o alimentaba la idea de una Brit paralela que vivía en un mundo en el que no había necesidad de dar sentido al hecho de que un hombre se levantara y se marchara cuando estaba a punto del amor, a que la gente se levantara y se fuera, a una vida entretejida con esas pequeñas ausencias; pero se sentía triste por esa Brit paralela, una tristeza más vacía que la que en ese momento experimentaba por sí misma. Todas eran historias de amor.

Y aunque nadie lo habría admitido explícitamente, aquello —ya fuera amor u otra cosa— era completamente asunto de Jana: dependía de la manera en que ella tomara un respiro silencioso, agudo y al tiempo preciso en un ascenso antes de la primera nota, en la presión de su ataque en esa primera nota, en el espacio que dejaba entre la primera y la segunda notas, en el grado, la longitud y la resonancia del vibrato que aplicaba al mástil del violín. Definitivamente, en el comienzo de la pieza, si no es que también después, dependía de sus movimientos más diminutos. Incluso la manera como cerraba los ojos, si los cerraba, si había un temblor en sus pestañas o un gesto duro en su entrecejo; todo eso determinaba lo que estaba por venir. El trabajo de Jana como primera violinista era conducir, pero en esos días su liderazgo se había expandido más allá de lo físico. Sus decisiones corporales y tonales, una tras otra tras otra a lo largo de todo el programa de cuarenta minutos, ahora constituían un liderazgo emocional. El poder era al mismo tiempo benevolente y perverso, y Jana lo sentía perfectamente natural. Siempre había querido liderar verdaderamente un grupo, y, más aún, conducir un grupo hacia la grandeza. Tenía que ocurrir, ocurriría; que ocurriera en el futuro la definía. Y ¿en qué parte de esa narrativa de grandeza había espacio para una historia de amor? No era una historia que le hubieran contado.

Hubo una recepción en la gran antecámara de la sala de conciertos de la facultad, y el cuarteto, incómodo, estaba de pie junto al muro del fondo. Jana se tocaba la costura lateral del vestido, donde podía sentir que se secaba y endurecía el sudor de la presentación.

—No deberíamos pararnos juntos así —dijo Jana—. Parecemos idiotas.

—Creo que deberíamos permanecer juntos para que nadie me confunda con Daniel —respondió Henry, sonriendo.

—Nadie te va a confundir —murmuró Daniel—. En principio, soy quince centímetros más bajo y además…

—No terminó de decir cuál era la segunda razón.

—Todavía no te vayas —dijo Brit a Jana, haciendo un gesto hacia la sala—. Ahí viene ese tipo; me da escalofríos.

Fodorio caminaba hacia ellos abotonándose el saco y sonriendo. Jana se enderezó. Era un imbécil, ya lo sabía, pero un imbécil con talento y éxito, y estas eran dos cosas a las que ella nunca daba la espalda.

—Ferrari —dijo Daniel en voz baja.

—Fodorio —lo corrigió Henry.

—¿Desde cuándo te acuerdas de los nombres? —preguntó Brit a Henry mientras Jana extendía la mano para apretar la famosa mano del famoso violinista.

—Los Van Ness —dijo con su acento pesado. ¿De dónde era? ¿De alguna parte del Mediterráneo? Jana lo había olvidado. El violinista ignoró la mano que ella le había extendido y la abrazó. Jana inhaló su esencia: moho, tabaco, mujeres. Ella le sonrió sin energía—. Veo que nuestra sesión de ensayo sirvió mucho a todos —dijo Fodorio moviéndose hacia Henry, cuya mano tomó entre las suyas.

—Ya nos estaba yendo bien desde antes —respondió Daniel.

—Está bromeando —dijo Jana y lanzó a Daniel una mirada desesperada. Habría sido muy oportuno si hubiera dejado de comportarse como imbécil en ese momento.

—¿Estoy bromeando? —dijo Fodorio guiñando un ojo. ¡Guiñando un ojo! Ahora abrazaba a Brit, que se le resistía y cuyo largo cabello rubio caía sobre sus hombros como pasta. Pasta de cabello de ángel cuando se derrama sobre el suelo de la cocina. A Jana le molestaba que nunca se lo recogiera para los conciertos; así, era lo único que el público veía en el escenario. La dotaba de una belleza accidental; cabello hermoso y dorado que crecía y crecía como si no pudiera evitarlo.

Era verdad; su recital había salido bien. Sin embargo, Jana estaba plenamente convencida de antemano de que así sería. Todos se habían preparado, se habían imbuido de las cantidades adecuadas de miedo y seguridad. Sin embargo, esa no había sido la verdadera prueba. Aunque era su presentación de graduación y aunque sus maestros estaban entre el público, calificándolos, y aunque un número selecto de buscadores de talentos y representantes de RCA y Deutsche Grammophon también habían ido a escucharlos, realmente había sido un calentamiento para la verdadera prueba: la competencia de cuartetos de cuerda de Esterhazy en las Rocosas canadienses, que tendría lugar una semana después. Si ganaban u obtenían un buen lugar ahí, sería el comienzo de una carrera de toda la vida que Jana deseaba con pasión para sí misma y para el cuarteto.

No podían darse el lujo de arruinar la oportunidad y Jana jamás permitía que esa certeza se desvaneciera en su mente.

Casualmente Fodorio —el violinista famoso, el imbécil, el que guiñaba el ojo, el solista de gira— también era uno de los jueces de la competencia de Esterhazy de ese año, hecho que Jana había advertido tácitamente pero con firmeza desde el comienzo de su residencia de una semana en el conservatorio.

Deslizó un brazo alrededor del codo de Fodorio.

—¿Podría conseguirme una copa de champaña? —preguntó. Fodorio sonrió.

—Desde luego.

—Ah, a mí también —dijo Henry. Jana frunció el ceño.

—No tienes edad suficiente para beber, Henry.

—Además, ve a buscártela tú mismo —continuó Daniel, dirigiéndose hacia la barra improvisada. Brit avanzó unos segundos detrás de él, como si estuviera atada a su cuerpo.

Fodorio trajo dos copas de champaña y se instaló con Jana en torno a una mesa alta. Henry había desaparecido. Fodorio comentó su ausencia y después preguntó a Jana:

—¿Dónde está tu familia, querida? —Ah. —Ella negó con la cabeza; no quería dar explicaciones—. En Los Ángeles.

¿La ausencia había sido tan notoria?, se preguntaba Jana. ¿Había sido evidente entre el público el espacio donde su familia no estaba? Después recordó que tampoco los familiares de Daniel se habían presentado (demasiado pobres para viajar, «no son gente que viaje en avión», había dicho Daniel), ni los de Brit (cuyos padres estaban muertos), y sintió un consuelo privado.

—Su concierto fue espectacular —dijo ella, acercándose con una inclinación. Dos noches antes había asistido a la presentación de Fodorio con la Sinfónica de San Francisco, aunque por lo general no le gustaba acudir a conciertos cuando había uno suyo tan próximo. Le enlodaba las cosas; requería un espacio sonoro. Sin embargo, asistir al concierto de Fodorio había sido una decisión táctica. Y ahora sólo mentía un poco —jamás usaba la palabra espectacular—, pero, como había dicho, la presentación había estado bien. Fodorio era el tipo de violinista que confundía su fama con el estrellato del rock, e interpretaba un concierto de Mendelssohn sintiéndose Bon Jovi en traje de gala. Jana no sabía en qué momento la había encantado Fodorio. Lo había visto desde su asiento en medio del mezanine y no quería que le gustara el concierto, aunque al final, en el último movimiento, con sus florituras agresivas y su ritmo exigente, había sucumbido a la atracción. Fodorio tenía lo suyo y sabía usarlo; el personaje que encarnaba se expandía a través de la madera tierna de su arco, sobre las cuerdas, y salía por el poste del instrumento hacia la sala de conciertos. Aunque un poco deliberada, pensaba Jana, su interpretación había sido tan magistral (y consumada con rabia) que resultaba seductora.

—Gracias —respondió él—. No me di cuenta de que estabas en el público. Debiste ir a verme detrás del escenario. Habríamos podido pasar… un buen rato.

La copa de champaña de Jana estaba vacía. Fodorio era un imán de dos caras: atractivo y repulsivo a la vez. El cabello rizado y negro descansaba encima de su cabeza de una manera que parecía azarosa, pero que con toda seguridad había sido perfectamente calculada. Mancuernillas, camisa rosa salmón, traje gris. Su contrato no le exigía asistir al recital. Había cumplido con su deber con la sesión de ensayos —«es una historia de amor»— de esa semana. ¿Por qué estaba ahí?

Alargó una mano sobre la mesa para separar los dedos de Jana de su copa vacía. Su mano era fuerte, venosa, y estaba cubierta de vellos gruesos y oscuros. Algo en la fuerza bruta de su mano atrajo a Jana, un reverso instantáneo. Qué músico, con esa mano.

—Pero, de verdad —dijo Fodorio—. Eres excelente.

—Lo sé —respondió ella—. Pero no tan excelente como Henry —dijo casi automáticamente. Siempre sentía la necesidad de reconocer el talento de Henry frente a cualquiera que la halagara, como para decir: ya sé con quién has de estar comparándome. Conozco mi estatus.

—Bueno, no —respondió Fodorio, y eso la quemó un poco por dentro. Quería más alcohol, algo más fuerte que la champaña—. Tienes una gran carrera por delante en la música de cámara. Sin embargo, podrías ser mucho mejor. —Jana separó las manos de la mesa—. No, no —dijo él—. Quise decir que serás mejor. Con la edad.

Jana se disculpó para buscar otra bebida, con la esperanza de que hubiera licor. ¿Qué sabía él? Bueno, mucho, concedió. Lo suficiente para que lo eligieran como juez de la competencia más prestigiosa de música clásica del mundo. Ten eso en mente, pensó, mientras llevaba dos gin-tonics de regreso a la mesa donde él la esperaba. El torso se le calentó de arriba abajo al verlo. También tendría eso en mente.

Hubo una oleada de otras conversaciones: el director del conservatorio la felicitó; le preguntaron por sus planes para el verano (tocar y practicar, ¿qué más?) y para el futuro (Esterhazy, ¿qué más?), el grupo (Henry hablaba cada vez más fuerte conforme bebía; Daniel y Brit sostenían una conversación acalorada e íntima en los rincones), pero Jana mantuvo a Fodorio al alcance de su vista toda la noche y se dio cuenta de que él tampoco dejó de verla. Hacia el final de la velada, y tras un vergonzoso número de bebidas —después de todo era una celebración—, Jana se escabulló afuera para fumar.

Se alejó una cuadra del conservatorio, por la colina. Sacó un cigarro de su bolsa y lo encendió, asegurándose de que nadie alrededor pudiera verla. No sabía exactamente por qué no quería que se supiera que fumaba de forma ocasional, pero lo ocultaba, y se sentía bien tener secretos con Brit, Daniel y Henry. Su madre fumaba y el olor, en especial del Pall Mall, la tranquilizaba cuando el aburrimiento le provocaba ansiedad.

Sentada en una banca, balanceó las piernas y luego regresó en la dirección por la que había venido, de manera que el conservatorio apareció ante su mirada, humilde en su oscuridad. Cuando era una niña pequeña, su madre —a quien llamaba Catherine— le prometía a menudo que la llevaría a un concierto sinfónico. Nunca lo hizo. Los boletos de la Filarmónica de Los Ángeles eran caros y Catherine decía que de cualquier manera la música clásica era aburrida. Una vez, en la preparatoria, Jana fue sola con un boleto de estudiante y le mintió a su madre sobre dónde había estado. Le dijo que había ido al cine con sus amigas a ver una película taquillera con la actriz favorita de Catherine, pues era algo que entendería. Su madre trabajaba a veces y a veces no. Jana recordaba que era mesera y que atendía el mostrador de joyería de Mervyn’s (y también que la habían corrido de ahí), pero se acordaba con más claridad de los días en que regresaba a casa de la escuela y encontraba a su madre aún con su bata de seda, fumando cigarros largos y delgados en el patio trasero, practicando líneas para una audición comercial en la que no obtendría ningún papel. Una vez, a Catherine le dieron un papel de cajera en una telenovela y grabó su actuación en un casete. La cinta vhs con el título «Toma 1» en la gruesa cursiva de su madre permaneció en la mesa de centro como un arreglo de flores hasta que lo arruinó el sol y ya no pudieron reproducirlo.

Cuando Jana aplastó el cigarro bajo su zapato y se puso de pie, un escalofrío le recorrió la espalda y deseó haber llevado un abrigo. Recogió la colilla y la tiró en un bote de basura que había en la banqueta.

—Te veo. —Jana volteó hacia la voz. Fodorio estaba reclinado contra un edificio, fumándose un cigarro—. Pero no le voy a contar a nadie —dijo.

—Yo no fumo —respondió ella.

—Dije que no le iba a contar a nadie.

—Tienes el acento de una persona rica —contestó ella—. De una persona que fue a una escuela en el extranjero.

—Y ahora el descubierto soy yo —dijo.