Adaptación de la obra del Premio Nobel de Literatura en 2015. Una aproximación casi pictórica a los horrores de Chernóbil. Planos de una belleza sobrecogedora acompañados por las voces de los supervivientes de la catástrofe nuclear.

Ciudad de México, 15 de julio (SinEmbargo).- No hay cuerpos deformados. Ni siquiera cuerpos disolviéndose en una materia como luz, esa radiación que desde hace tiempo ocupa las conversaciones de los habitantes de Chernóbil.

Tampoco hay mujeres ni hombres llorando. “Ya no puedo llorar”, dice una de las actrices al comenzar la película de Pol Cruchten, quien también dirigió La suplicación y Never Die Young.

Voces de Chernóbil es una adaptación del libro que tanto nos conmoviera de Svetlana Alexievich. Fue sin duda el primer libro que leímos cuando nos enteramos de que la periodista bielorrusa había ganado el Premio Nobel en 2015.

Son las voces de los sobrevivientes, en un estado como mortal, porque decir que los habitantes de esa zona están vivos es ser demasiado exagerados.

“No respeto a la Rusia de Stalin ni de Putin”, dijo la Premio Nobel 2015. Foto: efe

¿Es necesario evocar los horrores de Chernóbil a través de imágenes impactantes? ¿O se puede, al contrario, hablar de las secuelas de la más terrorífica de las catástrofes nucleares a través de secuencias límpidas y luminosas, que no hagan sino amplificar los alucinantes testimonios de las víctimas?

Es esta segunda vía la que ha elegido el cineasta luxemburgués Pol Cruchten para poner en imágenes, en su documental Voices from Chernobyl.

LAS PALABRAS A LOS CIENTÍFICOS Y NIÑOS

La película da la palabra a científicos, educadores, periodistas, parejas y niños que asistieron al colapso de sus vidas cotidianas, causado por una improbable catástrofe. Pero antes que presentar las lamentaciones de estos hombres, mujeres y niños mediante los planos tipo entrevista de los documentales convencionales, Alexievich y Cruchten invitan a los espectadores a embarcarse en un sorprendente viaje espiritual y lírico hasta el corazón del horror.

Algunos quedarán sin duda impactados por la yuxtaposición de frases que se dicen en voz baja y sin cólera, relatando los atroces sufrimientos de las víctimas del accidente, con imágenes de un esteticismo particularmente trabajado, inspiradas, según el cineasta, en la obra de Andréi Tarkovski.

Una fotografía austera y aplastante. Foto: Especial

El director de fotografía habitual de Pol Cruchten, el polaco Jerzy Palacz, ha filmado estas secuencias inéditas en Ucrania, en los mismos sitios en los que el tiempo se detuvo el 26 de abril de 1986. Paisajes industriales post-apocalípticos alternan con la naturaleza que, treinta años después de la catástrofe, sigue en proceso de recuperarse, en una tormenta de imágenes que son impactantes, sí, pero por su belleza fulgente.

Los voces de las víctimas, que han perdido a tantas víctimas y que seguirán perdiendo en las miles de personas que nacerán a 30 años de la tragedia, forman una súplica larga, terrible, pero necesaria, que atraviesa fronteras y nos empuja a cuestionar nuestro status quo.

“En mitad de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vió: ”Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto.” El relato de la esposa de Vasia, un joven bombero, abre este impactante libro y película sobre las secuelas que la catástrofe de Chernóbil dejó en personas que lo vivieron y de la manipulación de la información por parte de las autoridades soviéticas.