El futuro, el que podrá constarnos, es así: una serie de cosas que nos sorprenden poco, que de alguna manera eran previsibles, que estaban ya anunciadas. Foto: Especial.

Uno cree que el futuro es una caja de sorpresas, y sin duda lo es, por más que encierre la más trillada, vulgar y fatigosa de todas las costumbres: morirse; el pasado, en cambio, no tiene desperdicio: nunca termina de mostrarnos todo lo que contiene: lo que no conocemos. Las bolas de cristal de los adivinos, por más que hurguen en el porvenir y le atinen, son extremadamente sosas y pobres si se comparan con los arcanos que aparecen en una moderada biblioteca. Qué de misterioso pueden contener las líneas de las manos, los asientos del café, los mensajes de las runas celtas, las infinitas combinaciones de un mazo del tarot… porvenires adocenados donde figuran mujeres rubias y hombres morenos; enfermedades temibles, traiciones, tropiezos; días propicios, amores esquineros, negocios prósperos… bagatelas, en suma, si se miden con la historia de los hallazgos de la química, de la filosofía, de la astrofísica; con los poemas que no conocemos, con las obras de arte que no hemos visto nunca y que están desde hace siglos atesoradas en los viejos museos…

El abismo más rico es el pasado: es vastamente hondo y, sobre todo, visitable. El abismo del futuro, en cambio, es pobremente breve, es una cordillera de mañanas y pasado mañanas que no llega muy lejos, pues no contamos con suficiente tiempo para atestiguar ni siquiera lo que ocurrirá dentro de un siglo: el siglo XXII se nos escapa a todos los presentes. Los siglos anteriores, sin embargo, están ahí, yacen en documentos ya cribados, en monumentos que no tienen precio; contienen lo mejor que fue, pero que para nosotros todavía no ha sido porque lo ignoramos.

Ir al pasado es un ejercicio activo, gramo a gramo uno puede llegar a levantar toneladas de páginas de libro; es una acción ardua que requiere de grandes facultades atléticas. Para viajar al futuro, en cambio, no se tiene que hacer nada, uno se tumba en la poltrona y pasan y pasan los días y llegamos al viernes, al sábado, al domingo. Así, sin ningún esfuerzo, aunque con mucha resistencia, hemos llegado al día de hoy. Los viajes al futuro son lentísimos, ocupan la vida entera y, sin embargo, cuando se llega a un año que parecía muy remoto se tiene la impresión de que tardó un segundo. El futuro, el que podrá constarnos, es así: una serie de cosas que nos sorprenden poco, que de alguna manera eran previsibles, que estaban ya anunciadas. En el pasado, por el contrario, hay cosas que de veras estremecen, vidas que uno puede mirar de cabo a rabo: hay música de Vivaldi y de Bach que todavía no escucho, melodías majestuosas que serán nuevas para mí; hay ideas y propuestas matemáticas que no sólo no conozco, sino que ni siquiera he sospechado y que, muy seguramente, son filones de oro puro que están ahí esperándome. Lo sé porque hace muy poco no había leído a Montaigne y fue una hecatombe en mi vida. Ha de haber un poema con el que no he dado, un poema de un poeta antiguo que fue escrito para mí; un poema que no barrunto, que incluso puede estar ahí, en mi librero, en la hoja a la que no he llegado.

El futuro da sorpresas, no lo dudo, me ha dado muchas gratas y muchas, desgraciadas; pero si de sorpresas se trata, si de novedades deslumbrantes se trata no hay como las que nos reserva el pasado. Quién me lo iba a decir: el pasado es la dirección de la verdadera aventura y el único viaje en el tiempo con el mayor número de sorpresas garantizadas.

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