Signos de estos tiempos. Pintura de Tomás Calvillo Unna.

Lo que debería de enseñarse en la escuela

es saber encontrar nuestro centro;

el lugar dentro de cada quien

donde se articula la complejidad

de la conciencia en uno.

 

Esta unidad primordial desde muy temprano

suele ignorarse y destazarse de forma rutinaria;

alejándonos del territorio más vital

de la propia condición humana:

su innata pertenencia a la Tierra,

al circuito del universo de nuestro propio planeta,

de sus pulsaciones más sutiles y contundentes.

 

Remplazamos la Visión al convertirla al ritmo de nuestros antojos;

los sentidos dislocados en su extravío nos consumen;

el imán de afuera también es un desgarramiento.

 

Exploramos la tierra y los cielos y nos distanciamos

de los otros caminos del conocimiento;

este se fragmenta y encasilla

se separa y subordina.

Emociones y razones disputan, confrontan,

condenando al cuerpo a una guerra inútil

arrojando sus instintos a la hoguera:

una fractura solidificada: la paradoja

de tradiciones convulsionadas; estertores

de desdichas: los sexos cremados

en la ignorancia.

El sometimiento se confunde con el orden.

 

La virtualidad nos absorbe en sus fantasías

que toman el lugar de la propia experiencia.

Pretendemos alejar así el silencio

y colmar el vacío.

Tenemos un gran temor a reconocer nuestra desnuda soledad;

a ser este soplo de vida en la inmensidad de la noche,

el murmullo de los dioses antiguos que se alejan.

 

Si tan siquiera reconociéramos nuestro lugar dentro

Y pudiéramos comenzar a callar

y escuchar el viento lejano que perdura

y nos estremece,

en este océano oculto que llevamos.

 

Contemplar sin tomar.

Contemplar sin pensar.

Solo estar ahí en la palabra

que respira en nuestros poros;

antes de retornar a lo invisible

y sabernos misterio.