El maestro Vicente Anaya (Chihuahua, 1947) fue uno de los fundadores del infrarrealismo, movimiento literario que se rebeló contra la poesía de su época. Además, gran entusiasta de la Generación Beat, fue uno de los traductores fundamentales de esta literatura y pionero de su difusión en México.

Este poeta mexicano falleció el pasado 1 de agosto a los 73 años, luego de pasar meses hospitalizado. Que la muerte no sea un final, querido Vicente, sólo un viaje ligero, un nuevo comienzo en alguna de esas otras realidades de las que tanto hablabas. Ya nos encontraremos nuevamente en el camino.

Por Eduardo Hidalgo

Ciudad de México, 15 de agosto (BarbasPoéticas).- Conocí a José Vicente Anaya, si la memoria no me falla, en enero de 2011. En aquel entonces, yo cursaba la Licenciatura en Idiomas y estaba preparando una tesis sobre la traducción de poesía del inglés y del francés al español.

A través de un amigo en común, pude entrevistarme con él en la mítica librería Gandhi de la avenida Miguel Ángel de Quevedo, en la Ciudad de México, librería que, por cierto, fue la primera tienda de esta conocida cadena de librerías en el país.

También recuerdo que la cafetería, en la parte alta, es un lugar muy acogedor y se presta para todo tipo de charlas literarias en un ambiente rodeado de libros, propicio para hablar de letras. Supe que a Vicente Anaya le encantaba ese lugar por su café y para reunirse con sus amigos, sobre todo del gremio literario.

En aquella primera reunión de muchas que sostuvimos a lo largo de la década, charlamos sobre las traducciones que Vicente hizo de algunos miembros de la generación beat, específicamente de las versiones en español de dos libros de Allen Ginsberg: Aullido y otros poemas y Kadish. Grabé nuestra conversación y después la transcribí para que formara parte como uno de los anexos de mi tesis.

Las palabras de Vicente y su experiencia como traductor aclararon muchas dudas que yo tenía en torno al tema de la traducción de poesía y hasta el día de hoy le estoy profundamente agradecido por su generosidad, lo cual le expresé en varias ocasiones en vida.

También, en aquella primera ocasión que me reuní con él, me obsequió un par de libros: Peregrino y Versus: otras miradas a la obra de Octavio Paz. El primero es un poema de largo aliento en la misma línea de su conocido poema «Híkuri»; y el segundo, una serie de ensayos de varios autores que Vicente compiló y editó, y también una muestra de su mirada crítica a la poesía contemporánea en México, muy influida por Paz. Precisamente esa postura crítica, entre otras características, es por lo que se le recuerda.

José Vicente Anaya nació en Villa Coronado, Chihuahua el 22 de enero de 1947. Estudió sociología en la década de los sesenta en la UNAM, de hecho, participó en el movimiento estudiantil de 1968. Algunos años más tarde, se matriculó en la Licenciatura en Letras Hispánicas en la misma universidad pero, según me confesó en una de nuestras charlas, desertó de la carrera porque él buscaba, más bien, estudiar la literatura contemporánea de su época y, contrario a sus deseos, tanto sus maestros como el plan de estudios se apegaban a los clásicos.

En aquella época de cambios y revoluciones en el pensamiento en México y el mundo, a José Vicente le tocó ser uno de los fundadores del infrarrealismo, un movimiento literario caracterizado por su heterogeneidad, pero especialmente por rebelarse en contra de la poesía de su época, controlada por las mafias culturales de la Ciudad de México.

También fue autor de uno de sus manifiestos. A los infrarrealistas se les recuerda por irrumpir en recitales de poesía y por escribir sobre el gozo del sexo, el disfrute de la vida y la conexión con nuestros antepasados, entre otros muchos y muy variados temas en sus poemas.

La vida nos volvió a reunir algunos años después, a propósito del infrarrealismo. En el mes de julio de 2014, en pleno mundial de futbol, grabamos una entrevista para un programa de radio que yo conducía en aquella época: Rock y Letras. La charla se llevó a cabo en una librería de la Ciudad de México con José Vicente como invitado especial y con la compañía de mi amigo y tocayo Eduardo Prado, gran conocedor y entusiasta del infrarrealismo. No puedo dejar de mencionar la generosidad de Vicente: siempre puntual, siempre amable y dispuesto a charlar con las generaciones jóvenes.

Por cierto, en aquella entrevista, nosotros nos dirigíamos a él como «maestro», a lo que él contestaba: «¿Por qué me dicen maestro si yo nunca les he dado clases? Llámenme simplemente Vicente, como me dicen mis amigos» Sin embargo, a pesar de su respuesta y aunque efectivamente nunca le dio clases a muchas personas jóvenes interesadas en la literatura, Vicente fue verdaderamente un maestro para muchos de nosotros, ya que de él aprendimos y nos introdujimos al mundo de la literatura desde una perspectiva más real, más viva y humana, alejándonos del canon y del academicismo que, en ocasiones, no hace sino mermar la literatura, acartonarla, anquilosarla.

Me reuní nuevamente con Vicente en el año de 2016 cuando inicié mis estudios de Maestría en Producción Editorial en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. En dicho posgrado, desarrollé una antología bilingüe (inglés-español) de la obra poética de Lawrence Ferlinghetti, reconocido poeta, editor y difusor de la generación beat a través de su librería y editorial City Lights en San Francisco, a quien Vicente conoció y con quien se reunió las veces en que Ferlinghetti estuvo en México. Le comenté a Vicente sobre el proyecto y le solicité que redactara un prólogo a manera de invitación a la lectura de la antología.

Vicente, con la generosidad que siempre lo caracterizó, respondió que por supuesto, le entusiasmó la idea y de inmediato accedió a redactar el prólogo, mismo que será publicado por primera vez y de manera póstuma en esta revista, como parte del homenaje que Barbas Poéticas hace al maestro. En aquella charla, cuando puse sobre la mesa el asunto del dinero que yo le iba a pagar por su prólogo, Vicente me dijo que no era necesario, que para él sería un gusto colaborar en un proyecto de esa naturaleza, en un libro de uno de los autores de la generación beat, uno de los temas que más le apasionaba.

De hecho, también fue maestro de muchos en torno a la generación beat. A Vicente le tocó ser dueño de una generosa colección de literatura beat, y no sólo eso, también fue uno de sus traductores fundamentales en México y en general en el mundo hispánico. Fue pionero, ya desde la década de los setenta, en la difusión de este movimiento literario que tanto impacto y controversia ha causado a lo largo de los años. De no haber sido por su entusiasmo, evidente en los libros, artículos, ensayos y traducciones que dedicó al tema, poco se conocería acerca de la Generación Beat en México.

Una de las características que hermanaba a Vicente con los autores beat fue su profunda religiosidad, pero no una religiosidad entendida como alguien que reza, va a la iglesia y trata de “portarse bien”, sino más bien la de una persona que medita; que intenta vivir experiencias religiosas en el sentido más vasto del término; que comprende que el plano terrenal es pasajero y que no es la única forma de existencia; que los sueños pueden ser otras realidades como cuando afirma, en su celebrado poema «Híkuri»: Mi domicilio exacto son los sueños.

A propósito de su religiosidad, alguna vez me confesó que le hubiese gustado retirarse a algún monasterio y dedicarse a la vida monacal en su vejez. Si bien ese deseo no se cumplió, sí fue un monje citadino que compartía sus reflexiones en charlas de café con sus amigos, con sus lectores, en comidas, en sus libros, en sus poemas, en sus ensayos, en presentaciones de libros, en entrevistas, etcétera.

Que la muerte no sea un final, querido Vicente, sino un nuevo comienzo en alguna de esas otras realidades de las que tanto te gustaba hablar. Que tu viaje sea ligero porque ya nos encontraremos nuevamente en el camino.

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