“La mujer que amo dice –a veces creo que con algo de superioridad moral– que soy una romanticona”. Foto: Nick Fewings

Me he enamorado de muchas maneras, sobre todo sin piedad. Me he enamorado como aprendí en casa y como leí en los libros, por eso siempre ha dolido tanto, porque además he llevado todo a las últimas consecuencias. Como mis padres. Como Shakespeare. Porque si no hay drama, nadie creerá que es amor –es más, ni yo lo creería aunque fuera mi propia historia. Pero todo, como es natural, va cambiando. Nuestros huesos, nuestra dieta, nuestras ideas políticas, nuestras reacciones ante la muerte –de cualquier cosa–, nuestras opiniones, nuestro deseo de placer o venganza o poder, nuestras esperanzas, nuestros intereses, nuestro cuerpo. Nuestra concepción del amor. Todo lo que conocíamos sobre el amor, todos los poemas, cartas, películas, novelas, historias orales, memorias, mentiras, flores entregadas, lloriqueos y promesas. Todo lo que veíamos como un algo rebosante y esperanzado, se vuelve algo más cauto y chillón del pasado. Aunque eso sí, hay una cosa que el enamoramiento engendra: hacerte decir en voz alta que tienes toda la intención de pasar el resto de tu vida con una persona. Y bueno, quizá eso sea lo único que no cambie, se me ocurre, por dos cosas: porque el romanticismo también vino a jodernos la existencia y porque cuando creemos –así, a secas– nos volvemos dioses. La mujer que amo dice –a veces creo que con algo de superioridad moral– que soy una romanticona. No creas, me parece lindo y toda la cosa, dice, cómo para ti es el fin del mundo cuando nos tambaleamos por el precipicio, también dice. Peleamos, naturalmente. Le llamo arrogante. Me grita soñadora. Dice que ella sabe de otras cosas. Me llama simplona. Yo pego un grito sequísimo en el cielo. Me hiere, asumo, porque le digo que ella sabrá de física cuántica, de cómo fue creado el universo, pero que no ha aprendido a amar. La hiero. Dice que hay que aprovechar los días donde nada duele, aunque también hay que poner atención en por qué nada sana. Y sale a caminar. Cuando ella vuelve a casa, yo la espero bebiendo bourbon –tal como un personaje de un libro muy querido. Le digo que en su ausencia llegué al fondo de nuestra galaxia, que llegué, incluso, al momento donde explota la vida y nace el amor. Me abraza serena. Francois La Rochefoucauld escribió: “hay personas que jamás se habrían enamorado si nunca hubieran oído hablar que existía tal cosa”. Y da miedo pensar que sí.