El proyecto de López Obrador es difícil de definir porque sus contornos precisos solo están en su propia cabeza. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro.

Se suele decir que el Gobierno de López Obrador es una de las expresiones del populismo ascendente en nuestro tiempo. Sin embargo, el término populista se ha convertido en un saco donde cabe de todo, con tal de que exista un líder que se pretende encarnación de la voluntad general sin intermediaciones. Creo que, para ser eficaz, el término populismo requiere precisiones y acotamientos y que la clasificación de lo que el actual Presidente pretende construir entre las ruinas de sus demoliciones sin ton ni son exige mayor perspectiva y elaboración. No estoy seguro de que las categorías existentes en la ciencia política clásica sirvan para describir el fenómeno que estamos enfrentando. El proyecto de López Obrador es iliberal, sin duda, pero no creo que quepa tal cual en clasificaciones como estalinista o fascista, para citar dos calificativos que se le han llegado a endilgar, incluso por parte de analistas tan inteligentes como Mauricio Merino.

Me parece que más que tratar de colocar al actual Gobierno en una casilla preestablecida, bien haríamos en tratar de identificar sus concreciones, sus rasgos específicos, entender su lógica como objeto político específico, más que ubicarlo en una lógica predefinida. Sin embargo, resulta más sencillo establecer qué no es el Gobierno de López Obrador que definir lo que sí es. Me queda claro, en primer lugar, que no se trata en absoluto de un proyecto de izquierda democrática. Sus clamores justicieros y su retórica plebeya no lo convierten tampoco en un movimiento de carácter comunista, como lo han querido definir sus antagonistas más acerbos. Pero, a pesar del tono redentor de su discurso, de su proclividad a las alusiones religiosas y del apoyo que tiene entre ciertas comunidades cristianas, no es, tampoco, una expresión de la tradicional derecha religiosa mexicana, al estilo del sinarquismo de los años cincuenta.

El proyecto de López Obrador es difícil de definir porque sus contornos precisos solo están en su propia cabeza. A pesar de los panfletos de los que se dice autor, no ha producido un cuerpo de doctrina bien articulado que lo delimite. El proyecto lo van delineando sus intuiciones y sus ocurrencias; su arrastre radica precisamente en su falta de concreción, por lo que pueden sentirse identificados con él lo mismo los evangélicos que antiguos izquierdistas anticlericales. Todos caben bajo el manto del líder redentor y es su ambigüedad lo que le otorga la amplitud que ha convencido lo mismo a unos que a otros.

Así, deberíamos refinar las herramientas analíticas para comprender a cabalidad lo que significa el lopezobradorismo y esa comprensión es indispensable para elaborar los antídotos que nos permitan frenar las secuelas malignas de su irrupción. Su carácter destructivo es ya evidente, pero su impacto puede ser aún mayor si no somos capaces de hacerle frente atacando las causas profundas de las que se ha nutrido. Si no reconocemos las razones y sin razones del rencor que ha arraigado en la sociedad mexicana a través de los siglos y que hoy medra en la desigualdad y la pobreza, no será posible contener la desgarradura social de la que saca López Obrador su fuerza.

De lo que no me queda duda alguna es que López Obrador es un claro representante de esa forma corrupta o degenerada de la democracia que es la demagogia. El Presidente no apela a la razón para convencer de sus actos. Por el contario, constantemente apela a los prejuicios, las emociones, los temores y las esperanzas que anidan en buena parte de la sociedad mexicana y que él conoce como nadie. Como bien señaló Luis Antonio Espino en un estupendo artículo publicado la semana pasada en el Washington Post, sus homilías cotidianas no tienen como objeto informar, sino desinformar, sembrar insidias y hacer propaganda. Durante toda su campaña, López Obrador repitió un mantra: no robar, no mentir y no traicionar al pueblo. Empero, se ha dedicado a mentir a sabiendas y sus traiciones comenzaron desde antes de su toma de posesión, cuando intensificó la escalada de militarización que había prometido frenar en seco.

La demagogia es, así, el rasgo más claro de este Gobierno. La comparecencia de Hugo López Gatell en el Senado esta semana es una muestra de que se trata de una estrategia intencional: la mentira descarada y las falacias de autoridad como método de argumentación. La escuela demagógica del Presidente de la República ha encontrado en el subsecretario de Salud a su alumno más aventajado. Con una cara dura y un cinismo indignante, el encargado de frenar la pandemia se subió a la tribuna a perorar sobre lo estupendo que lo había hecho, mientras México ya está, tan solo con los datos oficiales, sin tomar en cuenta el enorme subregistro, en el octavo lugar mundial en muertos por cada cien mil habitantes. Un par de días después, el Presidente se llenó la boca de mentiras al decir que el manejo de la pandemia en México había sido ejemplar y a elogiar a su pupilo sin inmutarse.

Ya nos debe quedar claro que el objetivo de este Gobierno no es resolver los ingentes problemas que la pandemia ha generado en la salud, la economía y la vida cotidiana de los mexicanos; de hecho, sino establecer su propia versión de la realidad y lo mismo puede decirse de casi cualquier rema. Lo aterrador es que lo logra en buena parte de la sociedad.

El descrédito de los medios de comunicación tradicionales es tal que la voz del Presidente se vuelve verdad sin necesidad de contrastarla con la realidad. Un ejemplo: cientos de investigadores hemos argumentado sobre el golpe que se le asestará a la libertad académica y a la autonomía del trabajo científico con la desaparición de los fideicomisos de los centros públicos de investigación, pero para los seguidores del Salvador de la Patria basta con que él diga que los apoyos se seguirán otorgando para desacreditar cualquier argumento.

Mucho habrá que elaborar para frenar la ola destructiva que enfrentamos, pero lo primero de lo que nos debemos hacer cargo es que la demagogia campea exitosa entre nosotros, que la democracia incipiente que habíamos ido construyendo ha sido corrompida hasta el tuétano y se encuentra seriamente enferma.