En los 60, en Nueva York, drag implicaba política. En nuestro país, hoy en día, es un personaje para exacerbar lo femenino. Esta es la historia de Las Vecinas, grupo que cumple una década en escena

Fotos: https://www.facebook.com/lasvecinasdelacallej

La pregunta de los 64 mil pesos: ¿Cuál es la diferencia entre el travesti y la drag?

Responde Roberto García, fundador desde el día cero de Las Vecinas de la Calle J y quien durante diez años encarnó a Rosa Vergara, la vecina naranja: “Para mí, el travesti quiere imitar a una mujer, se quiere parecer a ella y quiere que realmente la gente sepa que es una mujer. El drag, al contrario.

Una palabra que se ha vuelto favorita entre Las Vecinas, es que entendemos al drag queen como un personaje que busca exacerbar lo femenino”.

Agrega: “Por eso el maquillaje exagerado, las pelucas grandes de colores, cosas que una mujer, en su vida cotidiana, no haría. Tú en un drag queen ubicas perfectamente que se trata de un hombre”, explica.

Marco Antonio Flores, quien encarna a la vecina de color verde, Majo Guevara, añade otra variación:

“Creo que de las particularidades del travesti, es que siempre busca alcanzar ser la imagen exacta de alguien, una artista, estrella o una mujer idealizada.

El Drag Queen es la construcción de un personaje, de una imagen, de un concepto para su actividad en escena casi siempre auténtico. En los 60, por ejemplo, en Nueva York, el hecho de ser un drag que salía a la calle era ya era un performance que intentaba gritar una acción política, de ahí que la identidad de una drag es casi un manifiesto”.

WIG FIGHT

Roberto recuerda: “Mis referentes de shows drags eran Las Hermanas Vampiro y Las Divas, eso y que siempre he tenido gusto por el teatro, pero yo quería hacer algo totalmente diferente. Un día, la chica de relaciones públicas de La Victoria, aquel antro de la calle de Coahuila en la Colonia Roma en la Ciudad de México, me propuso montar un espectáculo drag de tan sólo 20 minutos, los miércoles.

Pero antes de precisar un concepto, hubo una tremenda lluvia de ideas y yo investigué en mis círculos sobre ¿qué les gustaría ver en escena? ¿Qué le cambiarías a lo que ya conoces?”

Roberto convocó a un amigo y a otros cuatro compañeros con los que en algún momento trabajó en pasadas obras de teatro. Sin proponérselo, se había armado un grupo de seis hombres, causalmente, seis futuras drags queens. Si la competencia se había apoderado del azul y el rosa, ¿por qué no empezar la caracterización de la identidad de estas nuevas dragas, partiendo de un distinto color, quizás las que conforman la bandera del arcoíris? Así pues, cada uno de ellos adoptó un color que de algún modo definiera la personalidad del personaje.

Había que buscar un nombre, algo a la altura de Las Hermanas Vampiro o Las Divas. ¿Las amigas? No. ¿Las comadres? No. ¿Las primas? ¿Primas? Suena como a conjunto de gruperas ex conductoras de algún programa matutino, de esas que a huevo quieren ser rubias, que salen a los palenques con el rostro blanco de tanto pancake pero el cuello prieto. No.

Las Vecinas… Eso, por ahí va.

“Teníamos un amigo nuestro, gay obviamente, que vivía en la Calle J de Coapa, por atrás de la Alameda del sur, en dónde están las calles A,B,C y hasta la J. En ese entonces, quien hacía el personaje azul dijo ¿Por qué no de la Calle J?”, cuenta Roberto.

Resuelto el nombre, se tuvo que armar el primer número de Las Vecinas de la Calle J, sketches y quizás una que otra intervención musical. Apenas 20 minutos. ¿Pero cuál sería la personalidad de esta nueva cuadrilla que aún involuntariamente, estarían dando competencia a unas ya consolidadas Hermanas Vampiro y unas fuertes Divas?

Para Marco Antonio Flores: “Las Hermanas Vampiro se caracterizan por hacer mucha intervención con el público, siempre están en el clásico perreo y de alguna manera el público está esperando en cualquier momento que los insulten. En ese sentido queríamos marcar una diferencia, es decir, sí estar atentos a lo que el público estuviera dando, pero no con la intención de que ese público fuera la víctima. Desde luego hay un público que busca eso, pero lo que queríamos Las Vecinas de la Calle J era romper con esa imagen de la draga que disfrutar en sobajar y señalar a la audiencia”.

En realidad Marco Antonio se integró a la compañía de Las Vecinas tres años después de su fundación, cuando éstas habían lanzado la convocatoria para audiciones en busca de la vecina verde.

Pasó la prueba, y una de las principales características de la personalidad de Majo Guevara, es que se trataba de una lesbiana, orientación poco abordada en el universo drag.

NO ES CUALQUIERA, ES TEATRERA

De aquel antro La Victoria, Las Vecinas lograron hacerse de un rincón en el B Gay B Proud, extinto café-bar ubicado en Amberes en la Zona Rosa, pero uno de los responsables de que esa calle se convirtiera en el corredor más agitado del reventón lésbico-gay en la Ciudad de México.

Para un 14 de febrero, Las Vecinas tenían planeado montar el espectáculo Cuando no hay amor, ni las cobijas calientan. Marco Antonio Flores por ese entonces trabajaba en el Instituto Mexicano de la Juventud, y aún sin ser Majo Guevara, les propuso que presentaran su nuevo título en los foros del Instituto. Las carcajadas que lograron detonar en los jóvenes que vieron su performance les hizo hacerse de cuatro temporadas. Quién iba decirlo, cuatro dragas (faltaban la morada y la verde) de pelucas del doble de tamaño que su cabeza en un escenario de verdad. “Era lo que queríamos”, dice Roberto García.

Marco Antonio Flores aún lo tiene presente: “A mí me impresionaba la capacidad de convocatoria de Las Vecinas, en un auditorio de capacidad de 160 personas, siempre hubo un lleno total, eso me parecía muy particular tratándose de un proyecto drag que siempre es más pensado para el antro”.

Para Roberto García, uno de los mejores momentos de Las Vecinas fue entre 2005 y 2006, los seis colores estaban completos y tenían mucho trabajo. Entre muchos logros, cerraron nada más y nada menos que la Marcha del Orgullo Lésbico, Gay, Bisexual, Transgénero, Transexual e Intersexual de la Ciudad de México en 2006. Cientos de miles de personas estuvieron atentos a sus diálogos y canciones, éxitos populares que reinventroncon un humor irónico y desternillante.

También estuvieron en la semana lésbico-gay del museo del Chopo.

Espectáculos como Bésame Macho y Las niñas sólo quieren divertirse fueron trancazos de risas y aplausos y reflexiones.

Poco a poco, Las Vecinas se fueron alejando del desmadre de los bares y antros; de algún modo, se sentían más cómodas en los foros teatrales, más a sus anchas. No eran unas dragas cualquiera.

Sin embargo, tal parece que no hay éxito sin malos ratos. En 2007 falleció Josué Tacuba, la vecina azul: “Fue un golpe durísimo para nosotros. Josué era un tipo súper entregado con el proyecto. De hecho, mucho de la motivación de que Las Vecinas de la Calle J sigan dando la batalla es por él, por Josué”, subraya firmemente Roberto García. Lamentablemente, Josué ya no alcanzó a estar dentro de La noche del Chacal, número que presentaron en un teatro de la Colonia Roma y quizás el último título en el que participaron sus miembros originales.

UN MUNDO PARALELO AL BLUSH Y RÍMEL

Cuando no está ocupado con, Roberto García hace de actuario para una tienda de ropa. Administra las finanzas. Después de todo, la organización es lo suyo.

Entre semana, Marco Antonio es profesor de Humanidades de teatro y danza en un Cedart, bachillerato perteneciente al Instituto Nacional de Bellas Artes. Las Vecinas nunca han sido dragas de tiempo completo, entre sus integrantes han pasado chefs, economistas, publicistas, diseñadores gráficos.

De hecho, la desintegración del numeroso grupo se dio en gran parte a que decidieron dar prioridad a sus actividades profesionales por encima de sus pelucas y plataformas de más de siete centímetros de alto, que siempre eran del mismo color que su esponjoso cabello de poliuretano.

No es que haya habido malos entendidos, o un comezón que hiciera escozor en una de Las Vecinas por empezar a arrancar una carrera en solitario, como lo haría la llamada “chica dorada”, por ejemplo. Fue sólo que entre los análisis financieros, las cocinas, las juntas, no había mucho tiempo para que el resto de Las Vecinas pudieran coincidir en un ensayo. Digamos que la realidad y su pulso cotidiano y esos oficios que dan para comer, se encargaron de separar a Las Vecinas.

El año pasado se intentó montar un nuevo espectáculo de Las Vecinas de la Calle J, aunque ya sólo sobrevivían tres, la vecina amarilla, la verde y Roberto, la anaranjada.

Hubo un momento en que los cinco llegaron a coincidir a pesar de sus apretadas agendas, pero algo no cuajaba.

“A principios de este 2012 le dije a Marco, no hay que soltar a Las Vecinas y lo que teníamos pensado hacer el año pasado”, cuenta Roberto. “Pero nos dimos cuenta que no éramos escritores; sin embargo, percibíamos que había algo que tenía que suceder. En este tiempo que Las Vecinas estuvieran en reposo, me metí mucho más al mundo académico del teatro, estudie muchos diplomados, sobre todo de dirección. Quería dirigir. Se puede decir que quizás yo fui director de las anteriores temporadas de Las Vecinas, pero eso de dirigir y actuar al mismo tiempo, es complicado. Para mí era ya una necesidad bajarme del escenario para poder dirigir”.

Por su parte, Marco también tenía la inquietud de apoderarse hasta cierto punto de las coreografías, pulirlas, refinar la presencia escénica.

Para lograr lo anterior, no había de otra, tenían que bajarse del escenario, quitarse la peluca, el rímel, desmaquillarse. Pero con el escenario vacío ¿quién podría ocupar el sitio de las coloridas vecinas que ya habían marcado el terreno con tremendas personalidades muy bien definidas?

Por medio de las redes sociales, lanzaron una convocatoria: ¿Quién quiere ser una vecina de la calle J? No fue un asunto sencillo.

MISMOS COLORES, NUEVA GENERACIÓN

Hoy es la última noche de Dragatró[email protected] en Onírico Espacio, un foro levantado sobre un amplísimo piso en el segundo nivel de un edificio, justo en la esquina de 5 de mayo y Bolívar en el corazón del Centro Histórico, en el DF.

Rodolfo, Rodrigo y Fabián están dibujando sus estrambóticas cejas frente a pequeños espejos. La línea debe estar llegando hasta poco debajo de las sienes. “Cuatro funciones y todavía no me sale del todo bien la ceja”, dice Rodolfo.

Alguien hace pruebas de luces de los reflectores mientras otros ajustan las mamparas del escenario. Unas chicas, lesbianas ellas, están besándose pegadas al vidrio que da a la calle de 5 de mayo. Atardece. Al departamento entran y salen jóvenes con instrumentos musicales. Te da la sensación como si estuvieras en la Factory de Andy Warhol con gente enviando y recibiendo mensajes de texto.

Para Rodolfo Ávalos Jasso, actor y cantante, esta es su primera experiencia drag. Lleva ya un par de años en el teatro, sobre todo en el rubro de la comedia musical, pero nunca se había puesto tacones tan altos.

Rodrigo Sáenz y Rodolfo Ávalos se conocen de haber trabajado juntos en el musical La Tiendita de los Horrores, además Rodrigo ha trabajado en otras obras y ha grabado un disco, estudió comunicación y psicoterapia, pero no ejerce ninguna de las dos, sólo se dedica a la actuación y al canto. Estudió dos años con Robert McQueen en Broadway. Tiene 32 años.

Fabián Varona tiene 24 años, es egresado del Cedart y de la Escuela Nacional de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes, y siempre ha hecho teatro. “Ésta, la Fabián, es la letrada de nosotros tres”, dice Rodolfo.

Un twitter por ahí, anunciaba que Las Vecinas de la Calle J estaban haciendo audiciones.

“Yo pensé: ¿Las vecinas de la calle J? Seguro debe ser una jotería, pero especificaba que buscaban actores muy completos, que cantaran y bailaran muy bien, había algo raro ahí,” dice Rodolfo. “Te pedían que improvisaras un monólogo con un material que ellos te mandaban”, cuenta Rodrigo Sáenz. “Y al leer el monólogo, te dabas cuenta que era muy interesante, divertido en extremo, pero altamente reflexivo. Implicaba un reto actoral. Y la forma en como estaban buscando a las nuevas vecinas bufaban profesionalismo, no era un simple cabaret”.

Armar un nuevo grupo de vecinas partiendo del anonimato total no sería fácil. No sólo sustituirían al personaje, de algún modo, estarían ocupando el lugar de los viejos amigos. Después de todo, entre vecinas podían despedazarse, pero jamás se harían daño: “Una nueva vecina tenía que poseer una actitud para cómo estábamos contemplando a Las Vecinas de la calle J, como una compañía en las que todos los actores cantaran, bailaran, y tuvieran una formación actoral, no simplemente el gusto por estar en un escenario.

Esas mitades de “medio baila” o “medio canta” ya no nos podían funcionar. Y muy importante, tenían que tener un sentido muy claro de la fraternidad”, explica Roberto.

Pero la convocatoria no sólo buscó vecinas, se concentraron en la caza de escritores, compositores, músicos, diseñadores de vestuario, escenógrafos que lograran consolidar una propuesta teatral seria, sin perder el espíritu original Las Vecinas de la Calle J.

Con Dragastró[email protected] Las Vecinas de la Calle J celebran 10 años desde aquel 2002 en que empezaron apenas con 20 minutos. 10 años de carcajadas filosas, pero sin llevarse al público entre las patas.

El casting sólo dio para que de las seis vacantes, sólo tres fueran ocupadas. Para esta ocasión, el personaje azul resurgió como Cathy Perrioni (interpretado por Rodolfo Ávalos), Salomé Terán Tieso en la posición roja (Fabián Varona) y el anaranjado reencarnó en Adorada de la Vega Smith (Rodrigo Sáenz). Los mismos actores escogieron el nombre de sus personajes.

A diferencia de sus anteriores montajes, [email protected] es un puesta en escena ubicada más en el terreno femenino. La identidad drag, sin bustos falsos ni nalgas, y sin tratar de agudizar una voz evidentemente masculina, se convierte en un recurso para contar seis historias de mujeres, de prostitución, aspiración social, sexo, y por supuesto, el infaltable desamor con esos hombres que sólo piensan en sexo entre gol y gol. Como no podría ser de otra manera, lo hacen basado en un guión cargado de un humor estridente que a nadie deja indiferente.

NO ES TEATRO GAY, BABOSA

Las Vecinas de la Calle J han decidido una cosa: empezar a presentarse en espacios más alternativos y que no precisamente sean teatros concebidos desde el circuito LGBTTTI.

Roberto García explica: “Las Vecinas ya no es teatro gay. Nació en la comunidad, nuestro primer show fue en un antro gay, pero ya no más. En esta ocasión, desde el momento en que decidimos incorporar escritoras, el concepto se volvió algo universal, y algo diverso. Hay gente buga trabajando en el proyecto, por ejemplo. Estamos manejando la figura del drag queen, que es una figura de la comunidad gay para tocar temas que atañen a todo mundo, con el que probablemente las mujeres se identifiquen pero los hombres, bugas, salen salpicados. Ahora, lo más probable es que Las Vecinas tengan una identidad más queer, trasgrede el género en la escena, y eso es otra cosa, no lo específicamente gay”, agrega Marco Antonio.

Y Las Vecinas, ¿qué opinan del teatro gay que se hace en México?

“Híjole…”, silencio por parte de Roberto. Marco Antonio es quien habla: “Como que se remite y explota el aspecto meramente sexual. El asunto gay es igual a sexualidad. Y también agitan esta bandera que para nosotros, ya está en franco desuso. La bandera de gritar la aceptación y la reivindicación. Creo que nuestra generación gay es el resultado de los luchadores de los 70 y 80. Ya estamos inmersos, somos parte de la economía. Lo que siempre me gustó de Las Vecinas es que nunca se quejaban, de que cuando eran niños se burlaban de ellos por ser afeminados. No caían en la victimización del típico gay.

“El teatrogay es incapaz de superar lugares comunes como: el artista (actor, pintor, escultor, bailarín, lo que se te ocurra), que por ser famoso y gay le da Sida. Hay como poca visión para reinventar la condición gay. ¡Ya! ¡Pasemos a otra cosa!”, concluye Roberto Gracía.