“La actuación de Felipe Ángeles durante la Decena Trágica está llena de incógnitas”. Foto: Especial

Se cruzan dos conmemoraciones importantes en estos días, el 107 aniversario de la llamada Decena Trágica y, el año pasado, el centenario de la muerte de Felipe Ángeles. Este último personaje ha tenido una gran revalorización histórica e histórica-política, no sin justicia, a tal grado que el próximo nuevo aeropuerto de Santa Lucía llevará su nombre. Estos son motivos más que suficientes para revisar cuál fue la actuación de Ángeles durante el episodio histórico en el que Madero fue derrocado y posteriormente asesinado.

Parto de un hecho significativo para este pasaje de la historia, el 30 de julio 1912, el Presidente Francisco I. Madero ascendió a Huerta a general de división, el máximo grado para un militar en esos años; y ese mismo día, también designó a Felipe Ángeles como jefe de la Séptima zona militar con sede en Cuernavaca. Es decir, reconoció a dos militares de distinta raigambre e ideología.

Como es sabido, el 9 de febrero de 1913 inició el intento de golpe contra Madero, lidereado por Félix Díaz y Bernardo Reyes. Al día siguiente, Madero se trasladó personalmente a Cuernavaca para traer al general Ángeles a la Ciudad de México, evidenciando que no confiaba del todo en las fuerzas armadas que lo rodeaban. Diversos expertos afirman que el combate contra Díaz y sus huestes tuvo mayor eficacia en el momento en que Felipe Ángeles llegó a la ciudad a combatir. Arribo que Huerta criticó.

Ya en la Ciudad de México, Felipe Ángeles, aconsejó a Madero autorizar al ex Presidente Francisco León de la Barra para mediar con los golpistas. Madero, quien en un inicio rechazó la oferta por no confiar en de la Barra, finalmente aprobó al ex Presidente como mediador. La intervención de Ángeles fue fruto de un encuentro fortuito con de la Barra en la legación británica, cuando el general visitaba al embajador Francis Stronge, quien le solicitó reubicar artillería que podría poner en riesgo la integridad de edificio diplomático. León de la Barra planteó su situación a Ángeles, en algún momento de esa plática hablaron sobre la posibilidad de que Huerta ocupara la presidencia, en los siguientes términos:

– Nuestra cuestión [De la Barra]se puede resolver en dos casos: sea que no renuncie el señor Presidente. Si no renuncia, la solución es más fácil. Si renunciara, tenemos enfrente dos problemas, uno militar y otro político, y como el militar es mucho más importante que el político, el sucesor de Madero tiene que ser un general.

– No tenemos ningún general que pueda ser Presidente de la República, dije interrumpiéndole [Ángeles] … entre nosotros el más prestigiado, aunque indebidamente, es el señor general Huerta, y no creo que nadie pueda pensar en él como Presidente de la República, porque sus malas costumbres bastan para inhabilitarlo.

De la Barra estuvo de acuerdo con Ángeles. Concluyó diciendo que “el general que tomara el poder debía ser amigo de Madero y elegido por el mismo Presidente.” En esta conversación queda de manifiesto que prácticamente las cúpulas políticas y militares sabían que tras bambalinas se preparaba la deposición del Presidente, incluido el propio Ángeles. Miguel Alessio Robles sostuvo públicamente que de la Barra trató de convencer a Ángeles de que se uniera al movimiento de la Ciudadela. Francisco León de la Barra lo negó y Ángeles sólo manifestó que el ex Presidente le hizo alguna insinuación.
No se sabe si Ángeles advirtió o no a Madero de la conspiración, en dado caso, el propio hermano del Presidente apresó a Huerta días antes del golpe y lo presentó frente a Madero para denunciar su confabulación, sin embargo, el apóstol de la democracia confió en el viejo general. Finalmente, el 18 de febrero Huerta asestó el golpe e hizo prisioneros a Francisco I. Madero, José María Pino Suárez y Felipe Ángeles. Diversos diplomáticos lograron que Huerta aceptara que a Madero y Pino Suárez, junto a sus familias, se les enviara al exilio. El Presidente recién depuesto pidió expresamente que Ángeles dirigiera la escolta que lo conduciría al destierro, Huerta también accedió, pero nada cumplió.

El 22 de febrero, un grupo de rurales despertó a Madero, Pino Suárez y Ángeles, para trasladar a los dos primeros a la Penitenciaría del Distrito Federal. Casi a media noche, Madero y Pino Suarez fueron asesinados; al general Ángeles se le perdonó la vida de alguna manera. Después de ese episodio se le encomendó una misión en el extranjero a la cual no acudió pues se escapó para finalmente unirse a las filas de los constitucionalistas.

La actuación de Felipe Ángeles durante la Decena Trágica está llena de incógnitas, no se distingue una acción determinante para evitar la conspiración de Huerta, de la cual se rumoraba por toda la ciudad y entre las tropas. De igual forma, al parecer Ángeles no quiso avanzar rumbo a Palacio Nacional cuando le avisaron que Madero y su séquito habían sido capturados, asegurando que era subordinado del general Huerta y no podía realizar ninguna acción armada sin órdenes superiores. Estas versiones contrastan con la visión de que Ángeles era el militar más cercano y leal a Madero; no obstante, Madero tampoco le otorgó autoridad para realizar acciones militares, Ángeles estuvo bajo las órdenes de Huerta con quien tenía diferencias de tiempo atrás, así como con otros generales de ese grupo como Mondragón y Blanquet. El papel de Ángeles y otros militares, como el secretario de Guerra y Marina, García Peña, durante la Decena trágica es un tema pendiente de profundizar en la Historia.