“Me pregunto si pensaré en las palabras que me escribiste”. Foto: Captura de pantalla de video

Han pasado pocos meses. Será eso lo que empuja las memorias de las travesuras que nos hacíamos con las manos. Recuerdo que los domingos nos tendíamos en la cama a beber cerveza y vino rosado y mirar series todo el día. Inmersas en tonterías del televisor, un tanto embriagadas y semidesnudas, apenas conscientes de las guerras que había saliendo de casa, o allá lejos en otras galaxias. Además nos besábamos como si Afrodita hubiera condenado a nuestras lenguas a andar sueltas –contra los muslos de la otra– para siempre. No entendíamos peculiaridades sobre sensatez porque, aleladas por propias historias vanas y de pronto sórdidas pero felices e incrédulas de que aparentemente nada nos dolía cuando estábamos juntas, lo nuestro era la ruina y el olor a fermentado. Tampoco nos decíamos algo que no fuera querernos de verdad porque era más fácil disecarnos las esperanzas que hablar de dejarnos libres. Por eso nos creíamos depredadoras de emboscada, y lo éramos a fin de cuentas: un par de gorgonas; nuestra naturaleza no toleraba rendición ni cualquier otra cosa razonable. A veces pasaba que discutíamos extravagancias sobre células eucariotas, estromatolitos, bondades invisibles como nos parecían las sirenas blancas y las chimeneas del fondo oceánico, pero comprendíamos más de cantos tristes y anocheceres zalameros. Esas eran madrugadas de salir a ver estrellas fugaces mas nunca decir —aunque de sobra saber— que éramos tú y yo. Me pregunto si es que luego de algún tiempo todavía recordaré tu andar despreocupado y tu cabello bondadoso casi deslumbrante, casi rojo. O si por caprichos míos o de la diosa de la venganza, me azotarán de repente tus mañas esas de mujer tímida. O si por cosas tuyas o de la misma diosa que ya dije, también te golpeen en seco, a puño limpio y pelado, los recuerdos esos donde soy boba y la hago de buena moza. Me pregunto si pensaré en las palabras que me escribiste cuando me fui de ti y de aquella parte del mundo poco más o menos arrumbada por ser el lugar, decías, donde se hallaban los rastros de vida más antiguos sobre la Tierra. Porque aunque no parezca, ya hay reminiscencias de este amor jodido. Lo digo sin orgullo, más bien con pesar, tal vez resignación, de saber que hay cosas que no vuelven pero tampoco, aunque una se despida, se van.