“Levantar la cabeza frente al espectáculo violáceo que desplegan las jacarandas”. Foto: Cuartoscuro

Llegué al velorio de mi abuela con un sudor de horas impregnado en la ropa. Manejando desde Tepoztlán con un cristalazo en el coche y sin la maleta del viaje porque me la habían robado cuatro horas antes.
En esa maleta estaba mi computadora y el borrador de mi primera novela.

Me sentía tristísima, tan triste que no podía llorar. Había perdido a mi abuela y mi computadora con el trabajo de los últimos meses el mismo puto día.

Apenas entrar al velorio me sentí más miserable: ahí estaba el diminuto cuerpo de mi abuela, reducida a un amasijo de piel y huesos que no alcanzaría los cuarenta kilos.
Mis hermanos no habían comprado flores. Así que sólo estaba la cajita al centro de aquel horrible lugar con luz blanquecina. Una caja desoladora, desangelada, jodida.

Mi abuela era una mujer cabrona, solitaria y dura, pero tenía una pasión: las flores de su jardín.
Sus rosales. Se volvía loca de amor por ellos, les hablaba cada mañana, limpiaba las hojas con cáscaras de naranja, removía la tierra, nos azuzaba como perros para que nos fuéramos a otro lado si nos acercábamos a sus espléndidas flores. Ay de quien le trozara una rosa, echaba maldiciones que todavía hoy nos dan miedo y, entre risas nerviosas, mis hermanas y yo repetimos para tratar de conjurarlas.

Mi tristeza se convirtió en furia. Me regurgitó un fuego de dragona con el que hubiera querido incendiarlos a todos por ordinarios. ¿De verdad nadie había pensado en comprarle flores a mi abuela el día de su muerte?
Fue una mujer rasposa, como he dicho, poco dada a los mimos, pellizcona, apaleadora, hija de la dureza de principios del siglo pasado; egoísta, madre ausente de mi madre.
Aún así. Todos tenemos derecho a la belleza.

Hace más de veinte años que compro flores y las pongo en el centro de mi mesa. Yo escribo con flores y ventana. Ese es mi paisaje constante, a donde vaya, puedo crearlo.
Me desarma la sensibilidad de quienes regalan flores, el sutil homenaje a la brevedad de la belleza que eso entraña.
Y es que no dejo de asombrarme ante su milagro: la obscenidad de las lilys, el aroma fiero de las casablancas, la delicadeza de los tulipanes, la elegancia demoníaca de las orquídeas, el espíritu combativo de las rosas.

Al día siguiente, de regreso al velorio, llevé flores. Y café. Y galletas de todos los colores, sabores y tamaños. Y menté madres y luego tuve que disculparme con una de mis hermanas por haber dejado salir el fuego del dragón.
Luego, por fin, cuando enterrábamos a mi abuela y comenzó a caer una lluvia fina, pude llorar por ella y por mi novela perdida, por mi madre y mis hermanos, por todo.

Me desespero cuando la gente pasa de largo sin levantar la cabeza frente al espectáculo violáceo que desplegan las jacarandas por estos días, me deprimo cuando las sacuden con desprecio de las carrocerías de sus automóviles sin detenerse siquiera a mirarlas. Y es que yo, profanando a Hamlet, diré que podría estar encerrada no en una cáscara de nuez pero sí en el pliegue de una orquídea y sentirme reina de un espacio infinito. (Perdóname, Shakespeare. O Marlow. O ninguno de los dos).

Aunque sea por unos segundos, detengan su paso y levanten la cabeza para mirar la bóveda violácea de las jacarandas porque como dice Sanchis Sinisterra: “lo bueno de las flores es que se marchitan pronto”.
Perdidos nosotros que aquí seguiremos, turbulentamente envejeciendo.

También quería decir que me aterra pensar que el día de mi muerte nadie lleve flores.
No me vayan a hacer eso, se los ruego.
Diles, abuela.

@AlmaDeliaMC