Cata ya no sabe si los estragos en su persona son por la pandemia o por la edad. Se le olvidan las cosas, los nombres sobretodo”. Foto: Especial.

Cata va a cumplir 85. Después de más de un año de encierro, su único deseo es vacunarse. No lo ha pasado mal, por lo menos no contrajo el virus, lo que ya es ganancia. Aunque vive sola, su hijo Andrés está pendiente de ella; le pasa el mercado y sus medicinas. Claro, no la visita. Las llamadas diarias han logrado reemplazar un poco la sensación de soledad y aislamiento. Este año le ha parecido el más largo de su vida. Bromea diciendo que, a su edad, un año es como de perro, o sea siete veces más largo. Cata ya no sabe si los estragos en su persona son por la pandemia o por la edad. Se le olvidan las cosas, los nombres sobretodo. Últimamente va del cuarto a la cocina por algo y, cuando llega, se le olvida a qué iba. Ya no ve noticias porque siente que la deprime la situación del mundo. Desde luego, la nacional está para vomitar. Llora con las series que ve en la tele, su favorita es “Outlander”. No lo confiesa, pero le encantan las escenas cachondas.

Cuando Cata se enteró de que iban a vacunar a los mayores de sesenta sintió que la vida le regresaba al cuerpo. Una sensación de libertad y renacimiento inundaron su cuerpo. A Cata le ha dado por ser rezandera en estos tiempos; bendijo a los santos, a las once mil vírgenes, a los doctores y a AMLO. Ruega por Gatell, ¡que ya no diga burradas dios mío! tan buen chico que parecía. Es que no puede dejar de verlo como a uno de sus nietos y le duele que lo insulten, pero más le duele que la riegue cada vez que abre la boca. Cada uno de los doctores y enfermeras merece un rosario. Luego Cata se aflige porque se le junta el “quehacer” entre rezo y rezo.

Entrar al internet para la inscripción fue una de las cosas que pusieron a Cata los pelos de punta. Su pasaporte es una reliquia, expiró cuando aún había Unión Soviética. La del IFE está vencida, ¡y con esto de la pandemia! No encuentra la tarjeta de los viejitos, como le dice. No quiere pensar en una crisis ontológica, pero a esta edad, ¿no tener identidad? Como si fuera presa de Lecumberri, fue registrada por su hijo Andrés a través de la reja del garaje: “Ora sí, encomiéndate a tus santos madre, a ver para cuándo la vacuna”. Cata, pidió permiso a toda la corte celestial. Concentró sus oraciones para que la vacuna llegara “sana y salva” a su brazo.

Las cosas que ha escuchado son espantosas: es un chip para manipular a la humanidad; a los viejitos no los van a vacunar, ya son muchos y sobran; que la Sputnik hace hablar ruso y la AstraZeneca causa trombosis; la Pfizer provoca reacción. “Santo cielo, Andresito, ¿a mis años tengo que preocuparme por esas pendejadas?”. Andrés la miró asombrado. De la boca de Cata jamás había salido una mala palabra. “Es que, pinche coronavirus”. La información falsa y el agandalle han hecho su agosto, “¿qué tal lo de la vacuna sin vacuna?” A Cata le han llegado volantes de gente que trafica con el oxígeno, las pruebas y las vacunas. Ella, incólume, se sostiene; no permitirá que nada interfiera con el día en que la llamen los Siervos de la Nación. Pero, no sabe ni cómo ni cuándo será. Aunque Claudita, nuestra alcaldesa, se lleva las palmas por lo bien que ha organizado, la cosa va lenta.

Una de esas tardes el sonido del teléfono devuelve a Cata de su siesta. Esa voz es la mismísima virgen que bajó del cielo: “le llamamos para decirle que le vamos a llamar para decirle la fecha que le toca la vacuna”. “¡Ay, señorita, bendito sea Dios!”. “Esté pendiente, tenga su identificación, su CURP y una constancia de domicilio”. Cata no atina a confesar que no tiene esos documentos. Respira. “Señorita, es de que no tengo mi IFE, ni mi pasaporte, ni mi CURP, ni mi tarjeta, esa de los viejitos”. El silencio es su purgatorio. Tranquila señora, usted está en la lista. Cata entiende a Moisés cuando se le abrieron las aguas. Cree escuchar aleluyas y salmos responsoriales. “Adoremos al señor Gatell”. “¿Perdón?”, “no nada señorita”.

Los minutos se vuelven horas y días interminables. Durante el sopor del mediodía, el teléfono suena. Cata despierta: “¿dónde estás maldito chunche?” Desesperada, busca en su mesita de noche, levanta todos los cojines del sillón, se tira de hinojos, suplica, aprovecha para revisar bajo la mesa, “no dejes de sonar, te lo ruego”. Clama como Job. Por fin lo encuentra, ha dejado de sonar. Con el teléfono aferrado espera lo peor.

“Mamá, si no contestas te van a llamar los de la vacuna y no te van a encontrar es la tercera vez que te marco, ¿qué haces?” Cata quiere llorar. Noticias. La hija del primo de una amiga que es conocida de su esposa tiene casa en Cuautla, Morelos. “Ah”, contesta Cata sin ánimo. “Gracias hijito, pero no quiero salir como están las cosas…”, “no má, te van a prestar la dirección. Resulta que ahí ponen la Pfizer. Nos vamos a las cuatro de la mañana para ser de los primeros. No te arregles má, que no te vean fifi, no te vayan a negar la vacuna”.

Cata no tuvo que despertar a las cuatro de la madrugada porque no durmió en toda la noche. Una hacienda del siglo XVII es el puesto de vacunación en Cuautla. Qué buen gusto de Gatell, vacunar en un sitio tan chulo. Lo malo es que ya se acabaron las vacunas. Para Cata esto se convierte en un peregrinaje a Tierra Santa.

Dos horas después arriban a una escuela pública. La fila da tres vueltas a la cuadra. Puras cabecitas blancas. “Mamá, prepárate, esto va a estar complicado, saca tu mejor personaje”. Cata siempre quiso ser actriz y este es su momento. Temblorosa, agacha la espalda y camina lento, está para el Oscar. Los ánimos de todos, caldeados, la temperatura aun más. No hay fichas, no hay números, no hay listas, no van por abecedario. Más de mil rezagados del día anterior, otros tantos discapacitados y la fila en la que está Cata tiene más de ochocientos adultos mayores. Solo hay mil vacunas. Ahora sí, habrá que acudir a la multiplicación de los peces y los panes.

La actuación de Cata es tan buena que hasta los más viejitos le ofrecen su banquito para sentarse; que si la sombrilla, alguien le embarra gel, otro le rocía desinfectante, una más le comparte su torta de tamal. La temperatura de Cuautla rebasa los cuarenta grados. Se acaban las vacunas y “es de que, no hay donde refrigerar”, dice uno de los Siervos de la Nación, eso sí, muy amable. En la eterna fila hay de todo, vendedores de quesadillas, refrescos, chicharrones, nieves de Tepoz, líderes espirituales, morales y políticos. Se escucha desde, “un honor estar con Obrador”, hasta “abajo Morena”, “arriba Toro”. No cabe duda de que el pueblo es bueno, susurra Cata.

Con la confianza que le dan sus leggins blancos, una mujer reclama a pecho batiente: “esos foráneos, que se vayan a su casa”. Pero Cata no se rinde, ¿después de este vía crucis, irse sin vacuna?, “ya de perdida nos quedaremos a ver si nos dan una ficha para mañana”. El avance es imperceptible. El polvo de los autos, asfixia. Nadie guarda la sana distancia. No hay esperanza. ¿Es el apocalipsis?

Pasan muchas horas, muchas, tantas que Cata imagina así será el juicio de los justos. Qué injusto. Lo bueno es que ya está pasando el sol, dicen unos a otros. La entrada se ve más cerca cuando asoma la cabeza lo que Cata toma por un querubín. Es un médico vestido de blanco: “Tenemos cien vacunas más. A ver hasta quién llegamos”. Cata intenta contar las cabecitas blancas delante de ella. Seguro son como cien.

Andrés alega, ella reza. A Cata la rebasa la desgracia. Una intensa necesidad de ir al baño la domina. Claro, son las seis de la tarde y su día inició en la madrugada. “Por favor, si quiera déjeme pasar al baño”, se queja en tono de Sara García en trance de infarto. “Que pase”, “sí, déjenla pasar”, “que pase, que pase”, grita el coro de rezagados. Una enfermera abre la puerta, Cata penetra como a una epifanía. Sí, es el paraíso. Todo impoluto, radiante, nada que ver con la realidad de allá fuera. Los Siervos de la Nación bailan, las enfermeras vacunan a ritmo de reguetón, los médicos apenas tocan el suelo, los vacunados sonríen agradecidos. Los chicos de la Guardia Nacional rondan rete chulos. Uno que se parece a Erik Estrada la mira inquisitivo: “¡Usted!”, aterrada, Cata se para en seco. “Le toca esa mesa para la vacuna”, ¿el arcángel Miguel? A Cata se le llenan los ojos de lágrimas. San Miguel Estrada la mira enternecido, la toma del brazo y la ayuda a acercarse. Doce horas y cinco minutos después de arribar a Cuautla, Cata tiene la primera dosis de Pfizer en su brazo.