Hay algunos productos en donde el daño al creador es mayor pero, salvo que sea un romántico comprometido con su obra o tenga un mecenas de los que ya no existen, es poco probable que el artista en turno quiera dedicar otro año de su vida para obtener una ganancia ridícula. Foto: Gabriel Pérez Montiel, Cuartoscuro.

Llevamos décadas o siglos intentando definir lo que es cultura sin conseguirlo a cabalidad. Está bien. Es uno de esos conceptos que se enriquece con el diálogo y la argumentación. Si acaso, queda claro que tiene muchas posibilidades en sus múltiples acepciones. No es lo mismo la cultura en general, que aquélla desprendida del simple hecho de ser humanos, que lo esperada para una persona, que el cúmulo de conocimientos, que la que permite extrañas divisiones entre la alta y la baja, que…

Las industrias culturales son, quizá, más sencillas de señalar. Son las que se ocupan de generar cultura, por redundante que suene, de forma tal que se inscriben dentro de un sistema capitalista. Es decir, generan cultura a cambio de una contraprestación. Aquí también caben muchas discusiones. Desde las que hablan de la perversión del arte hasta las que aplauden que se pueda vivir de ella. Lo cierto es que estas industrias no son nada nuevas y que, por una razón que descansa sobre la idea de nuestro ocio, están íntimamente relacionadas con el entretenimiento. Y sí, para qué negarlo, aun cuando un libro o un cuadro tenga miras en lo académico o en lo exquisito, siempre pueden ser vistos como formas de entretenimiento. Algo que, por alguna oscura razón, suele devaluar el concepto del arte puro. Pero quién sabe qué es el arte puro.

Hoy en día, cuando una buena parte de la población del planeta está confinada, es casi imposible no pensar en la tabla de salvación que nos han significado todos los productos relacionados con esta industria. El encierro sería muy diferente sin televisión, Internet, películas, música, libros y demás. Baste pensar en las múltiples horas de ocio que hemos ganado toda vez que ya no nos transportamos.

Curioso es, en contraparte, que se señale a la industria en general por lucrar con estos contenidos. Pues sí, cobran porque cuestan. La discusión no va en torno a quién gana más en la cadena o si es muy cuestionable la relación entre horas trabajadas al compararlas con los ingresos que genera para uno u otro arte. El asunto es que cuesta. Y eso suele cobrarse. De lo contrario, corremos el riesgo de que se acabe.

Pensémoslo en los terrenos del libro. Un sujeto invierte un año en escribir una novela. Le pagan de acuerdo con los libros que venda. Sucede que vende algunos y le gustan al público. Así que uno de sus lectores decide escanearlo. Más tarde, lo comparte con sus amigos por diferentes canales. Muchos lo leen y, claro está, lo reenvían a más personas. Este ejemplo se puede replicar en la música, en las revistas, en las películas. Hay algunos productos en donde el daño al creador es mayor pero, salvo que sea un romántico comprometido con su obra o tenga un mecenas de los que ya no existen, es poco probable que el artista en turno quiera dedicar otro año de su vida para obtener una ganancia ridícula.

¿Y eso qué tiene que ver con la industria? Que, para bien o para mal, es la encargada de volver accesibles esos productos culturales. También es la responsable de pagar a los creadores. Muchas veces, incluso es quien hace las mayores apuestas. Y sí, también tiene defectos por doquier pero, hoy más que nunca, resulta evidente la enorme necesidad que tenemos de ella.

Pensemos, si no, cómo sería nuestro confinamiento no sólo aislados sino en silencio. Si nos resulta impensable no pagar por la comida, los abarrotes o el papel de baño, que también lo sea por un libro, una serie o una película. Al margen de los niveles de nuestra necesidad, hay quien vive de ello y nos conviene que siga haciéndolo.