Carlos Urzúa. Foto: Cuartoscuro

La renuncia del Secretario Urzúa nos cayó como balde de agua fría a los que apoyamos al actual Gobierno federal y que creíamos se alcanzaría la estabilidad económica gracias al prestigio y los recursos intelectuales del ahora ex Secretario de Hacienda y Crédito Público. En momentos así debemos seguir el ejemplo de Lutero.

Martín Lutero explicaba que la impaciencia era su mayor problema al impulsar sus ideas reformistas, que en un principio eran sólo una posición moral frente a la vulgaridad y corrupción que se habían desarrollado en el Vaticano pero llevaron a la gran reforma de la Iglesia Católica, y señalaba que para enfrentar lo que se venía encima necesitaba de mucha paciencia; “paciencia con el cura, paciencia con el obispo, paciencia con el Papa, paciencia con Josefina, mi vida ha sido una paciencia”, decía.

Urzúa estaba navegando en aguas difíciles y empujaba bien, aunque de repente se observaba que las decisiones expresadas públicamente por el Presidente se tardaban mucho en hacerse realidad, y muchas de éstas eran competencia de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, como el control de la actividad del SAT y, en particular, la operación hacendaria de la franja fronteriza como una zona especial de desarrollo económico, que sigue sin concretarse en todas sus partes.

Esta transformación a medias en la frontera norte genera muchos problemas, porque infinidad de negocios están obligados a cobrar sólo el 8 por ciento de IVA, sin embargo, los trámites de devolución del 16 por ciento de lo que ellos pagaron en sus compras al mercado nacional están tardando demasiado, pese a que López Obrador dijo expresamente que se agilizaría la devolución de ese diferencial.

Otro de los problemas que ha surgido a raíz de no acatar a tiempo las decisiones ejecutivas es el retraso en el pago o depósito de los apoyos que se ofrecieron desde la Secretaría del Bienestar, que ha lastimado la economía de los sectores más desprotegidos del país.

Aun pese a estos obstáculos, los parámetros macroeconómicos se estaban manteniendo firmes, la economía avanzaba hacia su consolidación en el entorno internacional y se desarrollaba una política de fortalecimiento de los negocios nacionales y de aplicación de recursos públicos para solucionar los grandes problemas sociales del país, y esto nos daba mucha confianza.

No tengo la información necesaria para discutir las causas de las decisiones personales y profesionales de los ministros que se van, porque ya son hechos consumados, y no se gana nada crucificando o santificando a quien decidió dejar de participar en el Gobierno Federal; pero tampoco se debe ignorar que la renuncia de Urzúa es una denuncia y advertencia de los riesgos que puede correr el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador si no toma cartas en el asunto, con la precisión, puntualidad y la frialdad que ha usado para separar a sus hijos de cualquier participación en el Gobierno.

No podemos esperar que los otros políticos que llegaron a puestos públicos sean tan íntegros como lo es el Presidente, y la renuncia de Urzúa advierte la presencia de funcionarios o negociantes cercanos al poder que se niegan a aceptar que el Gobierno se debe ejercer con austeridad republicana y que se deben separar los negocios de la política; muchos de ellos siguen defendiendo sus intereses viejos o desarrollan intereses ajenos al ejercicio plenamente republicano y apegado a los principios de honradez, legitimidad y justicia.

En mi opinión este es uno de los momentos más críticos que ha enfrentado el nuevo Gobierno; otras deflexiones o renuncias han sido importantes y han modificado el esquema y visión original que al parecer tenía el Presidente acerca de las vías sobre las cuales transitar el ferrocarril de la República, pero la de Urzúa de una de las secretarías estratégicas, golpea a la estructura del nuevo régimen cuando apenas se cimentaba la cuarta transformación. Afortunadamente, al ver el perfil y la historia personal de Arturo Herrera, su sucesor, recuperamos el aliento.

Yo sí creo que México necesita una cuarta transformación, y que la esencia de ésta es terminar con la corrupción, establecer un Gobierno profesional que respete el Estado de derecho y dar fin a los negocios dependientes de los fondos públicos, todo bajo el dictado de la ley con una interpretación desde la perspectiva de Derechos Humanos, según lo dispone el artículo primero de la Constitución.

Si logramos eso, habremos transformado a México y estaremos en posibilidad de brindar a todos los mexicanos opciones legales y válidas para construir su vida actual y el futuro de su familia.

Todas las transformaciones del país en su primer momento han tenido grandes crisis que se han tenido que superar con constancia y con paciencia; terminada la guerra de Independencia, surgió el Imperio de Iturbide, que pretendía restablecer y mantener los privilegios de la clase alta; tras la Reforma, los conservadores se atrevieron a enfrentar con armas al nuevo Gobierno e invitar a un Ejército y monarca extranjeros para tratar de mantener sus privilegios; la crisis inmediata a la Constitución de 1917 empezó con una hambruna en la Ciudad de México en 1918 y terminó con los homicidios de Zapata, Carranza, Villa y más adelante de quienes se quisieron oponer al grupo Sonora, incluyendo al mismo Álvaro Obregón.

No podemos esperar que la cuarta transformación transite serenamente hacia un nuevo país que haya terminado con los privilegios de los grandes empresarios-gobernantes, o gobernantes-empresarios, sin sobresaltos; estos son los primeros sustos y los que vienen pueden ser mayores. Por eso amigos morenos sólo nos queda seguir el ejemplo de Lutero: paciencia, paciencia y más paciencia.