“Don Dinero”. Foto: Cuartoscuro

Todos sabemos que el dinero es en el presente la gran meta, el sentido de la vida, el valor más alto para la mayoría de las personas; y también, todos sabemos o, al menos, hemos oído que en la antigüedad el honor era uno de los valores que más se estimaban. Lo que quizá no todos hayamos hecho es pensar en lo que esto implica: en el clima ético que trae aparejado el que suscribamos uno u otro valor, pues la clase de mundo en que se vive depende del valor que persiga la mayoría.

Conozco un par de ejemplos que iluminan ese antiguo mundo donde privaba el honor por encima de todos los demás valores: el primero aparece en la Ilíada de Homero y el otro, en los Ensayos de Montaigne. En uno se trata de ese pasaje en el que Aquiles, habiendo sido informado por su madre, una diosa del mar llamada Tetis, que su suerte y la de Héctor están encadenadas y que, por lo tanto, no debe matarlo. Aquiles responde que prefiere la muerte antes que el deshonor. Con lo cual muestra que por encima del valor de la vida está el honor. Y el segundo caso es el que cuenta Montaigne acerca de unos soldados romanos que repudian el reconocimiento de gloria que el Senado otorga a su capitán, pues aunque a ellos, dicho reconocimiento podría haberlos beneficiado con dinero y promoción de rango, no permitieron ser premiados porque la victoria no se debía a las estrategias del capitán, sino que habían ganado por suerte, por tener la fortuna de su lado. Estos soldados tienen tan en alto el honor que no van a traicionarlo por la oportunidad, por mucho que ésta les dé cosas valiosas. Respecto del presente es ocioso mencionar ejemplos, pues todos los conocemos, si no es que hasta nosotros mismos creemos en que el dinero es aquello que mueve nuestra vida.

Lo que sí quisiera mencionar es que cuando un valor se admite por encima de todos se acompaña de un apellido en la práctica. Es el honor “cueste lo que cueste”, es el honor “caiga quien caiga”, es el dinero cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Son dos visiones del mundo cimentadas en valores diferentes con consecuencias diferentes. El honor levanta un mundo; el dinero, otro. Aquiles da la vida por el honor y con ello levanta un mundo de dignidad y, en cambio, las personas de ahora dan la vida por el dinero y edifican un mundo que, para definirlo con pocas palabras basta decir que es un cenegal inmundo.

Al final de cuentas, uno siempre da la vida por aquello en lo que cree, por aquello a lo que entrega su vida, por lo que coloca en la cima de sus valores y dependiendo lo que encumbre elige su vida y, por ello la vida no hay otro modo de pagarla más que con la vida. En el final final todos mueren. Muere Aquiles, muere el narcotraficante, muere el empleado que se esmera por su salario, muere el ladrón que se enriquece: el final es el mismo para todos; los que sí es distinto son los mundos que los valores crean, lo que cambia es ese tramo llamado “a lo largo de la vida”. El mundo en el que estamos es la consecuencia de haber erigido el dinero como lo más valioso. La culpa es de todos, pues siempre somos las víctimas del valor supremo que adoptamos.

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