Uno puede o no estar de acuerdo con las gestiones de Evo Morales. Foto: Graciela López, Cuartoscuro

Esta semana llegó Evo Morales en calidad de refugiado político a nuestro País. Al margen de lo bueno y lo malo que haya hecho en Bolivia, lo cierto es que México tiene una gran tradición de asilo para quienes lo han necesitado en diferentes épocas pese a que contrasta con las agresiones que se hacen a los millares de migrantes centroamericanos. Pero eso es tema de otro texto.

Lo que me llamó, de nuevo, la atención, fueron las posturas y los comentarios dentro de las redes sociales. Vayamos por partes. Uno puede o no estar de acuerdo con las gestiones de Evo Morales. Es comprensible que tenga defensores a ultranza basados en el crecimiento de la economía del país o la baja de la pobreza extrema. También se pueden entender a sus detractores. Aquéllos que hablan de atentados a la democracia toda vez que se reeligió buscando hacerlo de nuevo. Hasta aquí, dos posturas encontradas. Las dos siguientes se relacionan con asuntos ideológicos: Evo Morales representa a la izquierda populista y eso a ciertas personas les parece pernicioso. Se condicionaba, pues, la pertinencia del asilo a partir del sitio que ocupaba el sujeto en cuestión dentro de la muy desdibujada línea que va de la izquierda a la derecha. Venían, después, comparaciones poco afortunadas como aquélla que se cuestionaba por qué a Evo se le criticaba mientras a Merkel se le alababa, sin entender que sus países tienen sistemas de gobierno muy diferentes y, en todo caso, la respuesta podría estar en las propias leyes de cada nación. Una pregunta que no deja de ser válida zumbaba en el ambiente virtual: ¿quién mantendrá al presidente?, junto con sus corolarios: ¿por qué él podrá vivir seguro cuando el resto de los mexicanos no?

Me parece que, en realidad, algunas de las posturas son más que pertinentes. Ya sea por dudas fundamentales, ya por desconocimiento de los factores comparados, ya por una falta de memoria histórica, ya por simpatías o antipatías, ya porque uno tiene todo el derecho del mundo de alzar la voz como le plazca. Pese a ello, en realidad son pocos los habitantes de las redes sociales quienes conocen a fondo todos los matices de la situación política y económica de Bolivia, las partes técnicas del asilo político, las diferencias entre sistemas y derechos humanos.

De ahí que, en la mayor parte de los casos, los comentarios fueran, en realidad, simples opiniones. Algunas mejor fundadas que otras, sobra decirlo. Lo que llama la atención es que, frente a éstas, los insultos no se hicieron esperar. Todos tenemos amigos con quienes discutimos, no podemos estar de acuerdo con todas las posturas. Sin embargo, esas discrepancias son las que posibilitan el diálogo y enriquecen las perspectivas de cada una de las partes… hasta que se insultan. Entonces de poco valen los argumentos. Basta con decir algo incómodo o disonante, basta con plantear una postura nueva u otra posibilidad, entonces la andanada de insultos llegará presta.

Las redes sociales son crueles. No tienen reparos en evidenciar la aparente popularidad de los personajes en los que nos convertimos a través de ellas. Parece, no obstante, que hoy en día se adquieren más seguidores y comentarios gracias a los insultos que los encuentros que aportan algo nuevo. De ahí que no sea difícil concluirlo: en tanto todos hemos estado en desacuerdo con alguien, en tanto todos tenemos alguna postura en algún caso emblemático, siempre habrá una contraparte que nos insulte; así, todos somos idiotas. Y el diálogo, por supuesto, ha dejado de tener razón de ser.