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María Rivera

16/11/2022 - 12:02 am

“Cazar migrantes”

“¿Es ilegal que extranjeros viajen en autobuses en este país?”

El camión seguía parado después de veinte minutos y mi molestia ya rayaba en la indignación, por todo. Foto: Cuartoscuro.

Hace un par de días viajé en autobús a San Luis Potosí, le cuento querido lector. Vine al Festival Internacional de Letras San Luis Potosí. Este Festival, que lleva a cabo el municipio de San Luis, y es curado por el poeta Víctor Manuel Mendiola,  reúne a casi una veintena de poetas de todas las latitudes.

Por motivos de salud decidí que viajaría en autobús para asistir. Todo muy bien, aunque ya sabe: gente que ya cree que la pandemia terminó y nada más subirse al autobús se quita el cubrebocas, aunque esté señalado que debe usarse en todo momento. Pero como las autoridades ya deslegitimaron su uso, pues ya está: la gente tiene carta blanca. Así, las personas que quieran o necesiten cuidarse lo tienen más difícil. Ya ni le cuento los problemas de asistir a un Festival con cubrebocas todo el tiempo, en las lecturas y hasta en las comidas y cenas… alucinante y casi imposible.

La vida comienza a lucir como antes, pero en alguna parte de nuestra mente, digamos en el backstage, sabemos que estas pausas, en el mejor de los casos, son paréntesis felices e inocuos. Eso pensaba en la madrugada anoche, en el espanto de estos tiempos y las charlas que no queremos tener en una cena: todos los que nos dejaron, no lograron sobrevivir a la noche pandémica o que quedaron lastrados por el virus: esos que viajan con una farmacia en su maleta, y el recuerdo de la fragilidad humana ¡qué poco normal el fondo de esta normalidad! ¡Qué melancolía, qué recuerdos tan nuestros nos quedan así, en el alma!

Bueno, querida lectora, le cuento también otra cosa que me ha inquietado mucho. El autobús en el que viajaba desde la Central del Norte hasta Monterrey, salía en la mañana. Planeaba un viaje apacible, dormir, y ver una película en las cinco horas de viaje, digamos, normal.

Tras hacer una parada en la terminal de Tepotzotlán, donde se subieron más personas, y de ir a vuelta de rueda toda la salida de la carretera por obras, y cuando ya parecía que por fin nos encaminábamos a nuestro destino, sucedió lo que a continuación le cuento. De manera imprevista, el chofer detuvo el autobús de la línea ETN. Sin aviso ninguno, y tras algunos minutos, se subió un hombre con pasamontañas de maneras amenazantes. Lo primero que pensé, asustada, es que podría ser uno de esos soldados del crimen organizado que hay en todo México. Busqué rápidamente en su atuendo algo que lo identificara. Mientras, el hombre ordenaba a todos los pasajeros que sacaran sus identificaciones, como si todos fuéramos sospechosos de estar fuera de lugar en nuestro propio país. Pocos minutos después logré leer las siglas del Instituto Nacional de Migración y vi por la ventanilla una camioneta de la Guardia Nacional con militares armados y una camioneta, qué digo camioneta, una jaula del INM. Ventanas con rejas, como si los seres humanos que meten dentro, migrantes, fueran peligrosos criminales. El agente, encapuchado, exigía a todos presentar identificaciones, despertaba pasajeros, intimidándolos. No se identificó como funcionario público ni dio ninguna justificación legal para solicitarnos nuestros documentos.

Mi temor, al viajar con mi hija adolescente, y mi madre muy mayor, poco a poco se fue disipando cuando comprendí lo que pasaba: era un operativo para cazar migrantes, literalmente, apenas saliendo de la Ciudad de México. Era la política de sumisión del presidente López Obrador ante la exigencia de frenar a los migrantes mucho antes de llegar a la frontera norte. Poco a poco, mi temor se fue convirtiendo en rabia: ya para ese momento, el policía que en realidad era un agente y que, creo yo, no tenía ningún derecho formal para pedirnos nuestras identificaciones como ciudadanos mexicanos dentro del país, había levantado a dos jovencitos de sus asientos y los había bajado. El chofer, muy contento, fumaba abajo del autobús, platicando con los agentes. Preguntas comenzaron a fraguarse en mi mente ¿cómo abordaron los migrantes si piden identificaciones? ¿Es ilegal que extranjeros viajen en autobuses en este país? y, finalmente, la más acuciante de todas ¿cómo sabían las autoridades que migrantes viajaban en el autobús? ¿Ese dinero que esa pobre gente pagó y que les robaron porque los bajaron del autobús llegó a las arcas de la empresa de autobuses o no? ¿Si sabían que los iban a detener por qué les cobraron a las personas para bajarlas después ? ¿Acaso solo los exploten para entregarlos? ¿A cuántos migrantes les cobran pasajes las empresas para al final no cumplirles el contrato?

El camión seguía parado después de veinte minutos y mi molestia ya rayaba en la indignación, por todo. Pensaba yo en mi voto por la izquierda con total rabia: en medio de la cacería de personas que migran de sus países, en la total indefensión y de los que la corrupción y violencia mexicana se aprovechan, hasta la ignominia. Decidí bajar al piso de abajo del camión a investigar qué ocurría, de manera intempestiva. Después de todo, recordé, ese agente intimidante, con pasamontañas era un funcionario público mexicano y no tenía ningún derecho a intimidarme de ningún modo.

Tampoco los militares de la Guardia Nacional con su arsenal, que para eso sirve: para intimidar aún más a personas migrantes y a ciudadanos comunes . Qué rabia, decepción e impotencia, querido lector. Abajo, se encontraban alrededor de seis personas, una familia completa parada y escuchando lo que el agente les decía, ya había otra agente mujer. Le pregunté al agente que por qué usaba un pasamontañas y le pedí que me indicara la ley que lo faculta para pedirme mi identificación. Me dijo que lo usaba “porque hacía mucho calor” y cuando comencé a decirle lo vergonzoso de la política gubernamental de criminalizar a los migrantes, la otra agente comenzó a decirme que no tenían derecho a estar en el país y que los estaban “protegiendo” de las redes delincuenciales: se aprendieron bien la retórica que esta administración usa para  cazar personas “por su bien”. Hágame usted el favor.

Yo solo podía decirles a las personas “México no es este país, créame, me avergüenza”. El agente me ordenaba, además, que si iba a pasar al baño, me apurara, como quien dice no esté metiéndose en lo que no le importa. Al final, subieron a toda esa familia, de seres humanos indefensos, que habían sido robados por la empresa de autobuses, en la jaula. Sí, querido lector, en esa camioneta adaptada como cárcel, con barrotes en las ventanas. El intercambio fue rápido y en un santiamén ya el autobús se alejaba de esas personas que viajaban en el mismo camión que nosotros. Sus asientos quedaron vacíos y quedamos los que nacimos en México: el espantoso alivio que da no ser víctima de una injusticia y de no ser tratados como criminales, sin serlo, o como animales peligrosos, mientras le sucede a otros, iguales a nosotros. El alivio de ser “legales” y la vergüenza de ser mexicanos.

Se suponía que era de izquierda y no debía ser el cadenero de Estados Unidos, este gobierno.

Una vez apaciguada por la impotencia solo pude recordar que viajaba a un encuentro de poetas y que yo había escrito sobre las vidas de muchos de ellos, que se perdieron en este país víctimas de la colusión de agentes del Estado y la delincuencia en el sexenio de Calderón, con amargura.

No puedo olvidar sus caras de estupor, la mirada de la mujer que era la madre, y el par de jóvenes; la sensación de que nadie, nunca, en ninguna parte debe ser tratado así, mucho menos nuestros hermanos centroamericanos, para satisfacer a los gringos.

Luego, pensé que frente a esa familia, y de manera inevitable esa política y esos policías, esas jaulas formaban parte de algo que los mexicanos todos permitimos, y frente a los que tenemos responsabilidad, de allí la impotencia y la vergüenza.

Y es que, vamos, querido lector, somos tan iguales, tan esencialmente hermanos, que los cazamigrantes no logran distinguirnos: necesitan que una ficción estatal, una credencial, les confirme qué no somos iguales y que algunos merecen ser metidos en jaulas.

Impotencia, vergüenza, qué digo, la palabra es indignidad. La nuestra, querido lector, la nuestra.

María Rivera
María Rivera es poeta, ensayista, cocinera, polemista. Nació en la ciudad de México, en los años setenta, todavía bajo la dictadura perfecta. Defiende la causa feminista, la pacificación, y la libertad. También es promotora y maestra de poesía. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (FETA 2000) Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005), Los muertos (Calygramma, 2011) Casa de los Heridos (Parentalia, 2017). Obtuvo en 2005 el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes.
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